Alicia Llarena, la poetización de la palabra

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Años ha, estimado lector, asistí en la Casa de Colón a un acto organizado por la Academia Canaria de la Lengua (que no Academia de la Lengua Canaria, osadía de algún colega aular). Cuando saludé a su presidente en aquel año, el filósofo de la lengua (y sabio, de paso) don Ramón Trujillo Carreño, le hablé sobre un trabajo de investigación que iba a empezar dirigido por una docente de la Universidad de Las Palmas, doña Alicia Llarena. Su reacción fue inmediata: Alicia, me dijo, había sido uno de sus mejores alumnos (el género no marcado es muy importante en este caso). Y como yo conocía las prudencias de don Ramón, interpreté su comentario no como loa o alabanza a una exalumna, en efecto, sobresalientísima, matriculahonorísima: aquello fue casi su canonización, sublime otero en los altares del sacro templo de la palabra.

Foto de Alicia LarenaPorque Alicia Llarena fue precozmente invitada a la palabra casi desde los iniciales inicios de sus nigérrimos rizos, cuando las páginas de Diario de Las Palmas reservaron un güequito para una alumna de Bachiller que se iniciaba en las cosas del verso. ¿Qué había pasado? Yo más bien preguntaría que quiénes habían pasado por sus manos, quiénes habían abierto las ventanas que ella misma un día –años después- cerraría ante Ulises, un amor del que surgieron seres abismales, presagios y anuncios de ocasos… (Pero ese futuro vendrá después, cuando ella empiece a caminar su viaje hacia sí misma y haga sendas y veredas para volver a su patria, ella misma.)

¿Que quiénes habían pasado? Dos hechiceros de palabras fascinantes, dos maestros de lo que ella llama “Realismo Mágico”, “Lo Real Maravilloso” en su imprescindible ensayo sobre “una cuestión de verosimilitud”, literatura hispanoamericana, su cátedra universitaria. En recodos de versos y párrafos esperaban a aquella niña de inocencias y ternuras un poeta, el Pablo Neruda surrealista de Residencia en la tierra (donde hay pájaros de color azufre) y el fecundador de Macondo en Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, porque de haber sido un Aureliano Buendía se habría convertido en su fundador.

¿Qué aprendió con ellos? Pues, estimado lector, lo que dijo el lorquiano gitano cuando lo interrogó la Guardia Civil: “Aquí pasó lo de siempre”. Pero lo de siempre, siempre, fue aquello que en los años del BUP y del COU capacitó a muchos de nuestros alumnos, por suerte: acertaron a descubrir que las palabras pueden crear (más: re-crear) un lenguaje poético sin necesidad de rimas forzadas, modernistas metáforas, aliteraciones impuestas. Incluso, que el lenguaje puede fascinar desde su primer estadio y llegar a convertirse en experimentación, juego lúdico, fantasía.

Por eso, porque fui del aula, siento hoy día muy cerca de mí a la Generación del COU, aquella gente –José Luis Correa, Francisco Quevedo, Alexis Ravelo, Santiago Gil, Victoriano Santana, un desconocido para ustedes, Ricardo Lagares… y Alicia Llarena- que leyó a Kafka, a Morales, y supo de Gabriel Miró, Pérez de Ayala, mientras gitaneaba por tierras granaínas con el Romancero o sabía de las entrañas vanguardistas de Espinosa, García Cabrera, y palpitaba su desánimo existencial con los cadáveres madrileños de Dámaso o entraba en el mundo juanramoniano para llegar a Tiempo de silencio, como me recuerda y evoca Alicia, Llarena, Llanera, a veces mejicanizada mujer cuyo mundo es más ancho que el de Ciro Alegría, aunque nunca ajeno.

Cuando mira directamente a los ojos –la excepción es lo contrario- uno sabe que ella sabe lo que está diciendo. Y aunque entre nosotros hay años de diferencia –a veces, por suerte para mí, hasta años diferentes- aprendo de su palabra, porque Alicia no habla de manera distinta a como lo hace en el aula (sé de lo que hablo), sino que siempre está en el aula porque en ella camina por caminos naturales. Por eso, cuando intento ubicarla en una generación e identificarla con escritores canarios entre cuarenta y cincuenta años, ella reacciona serenamente, jamás una palabra con más fuerza o intensidad que otra, pero sí son voces cargadas de rigor, estudio, sereno análisis, reflexiones.

No, hoy el concepto generacional se ha perdido, por suerte, porque cada escritor muestra su personalidad individual, como en Canarias, afirma. Y me pone un ejemplo: ¿son, acaso, generación, los escritores arriba nombrados –Correa, Ravelo, Quevedo, Gil…- a pesar de notables coincidencias como, por ejemplo, toponimias, insularizaciones, amistad personal, narrativa? No, en absoluto: cada uno es una individualidad, una tendencia, incluso un estilo. Bien es cierto que hay coincidencias temporo / espaciales porque todos coinciden en que hay Macondos en Gran Canaria, Canarias, pero más nada. (Sí, algo más, y muy importante: la diversidad enriquece, y nuestros narradores de hoy son de distintas naturalezas, aunque sus relaciones sean exquisitamente naturales.)

Le pongo en duda la calidad de la poesía que hoy se hace en Canarias. Y Alicia deja caer otra cuestión ya casi atemporal: ¿para qué es la Poesía? Y no ceja aquella mujer que sorprendió a José Hierro, Francisco Brines, Eugenio Padorno y Andrés Sánchez Robayna con una obra cargada de ternura, hambre de conocimientos, traiciones a sus ventanas abiertas y desnudeces interiores cuanto más se aleja de un ser que fue una vez amado: defiende la oralidad poética, hoy tan presente entre gentes que quieren ir a escuchar y a oír sus propios sentimientos…

Pero a pesar de todo -insiste en el bisbisear de las verdades- hoy no se lee, por más que todos quieren ser escritores. Y cuando le recuerdo que entre las lecturas obligatorias de mis alumnos de COU había veintiún títulos (incluida La increíble y triste historia de la cándida…), se deja ver la sonrisa anhelante de la profesora de hoy, aquella que en Fauna para el olvido desnudaba su interioridad cuanto más se alejaba de Ulises. (Por cierto: ¡qué torpe Ulises! Nunca supo entrar en las zonas vírgenes de una exquisita poeta, o poetisa, da igual. Nosotros salimos ganando.)

Foto por dschmiedinghttp://www.flickr.com/photos/36238268@N03/8515254226/in/set-72157632875198617

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Categoría: Gran Canaria, Literatura, Nicolás Guerra Aguiar, Opinión

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