El cenicero I

Foto de una bicicleta en el Juncal

Rosario García Molina

Fui testigo sin quererlo, por una de esas raras decisiones del destino, de múltiples reuniones familiares y de negocios, fiestas y sermones del coronel a su primogénito. El joven Daniel se negaba a seguir las instrucciones de su padre con respecto a su vida. Siempre fue algo rebelde, pero esa rebeldía había crecido con él y las discusiones eran casi a diario.

La esposa del coronel sufría mucho por ello, pero en silencio apoyaba a su hijo al cien por cien. Era su ojito derecho. Daniel no quería seguir la carrera militar de su padre; su vida era el mar desde pequeño y quería recorrer mundo, ver todo lo que había leído en los libros y en su aventura no había hueco para instrucciones militares ni nada por el estilo.

Yo también apoyaba a Daniel en su sueño y desde mi estática posición observaba cada una de sus discusiones.

Llegué a esa casa en forma de regalo y me mantuve en el tiempo por la carga de compromiso que contraje. Ni siquiera al coronel le parecía bonito y eso que aprovechaba bastante mi utilidad, pero en eso yo no tenía la culpa. Todo se agravaba con la antipatía que se profesaban el coronel y el cónsul de Kenia, quién me había traído a modo de presente al que nadie era ajeno.

El cónsul me presentó como una gran pieza, muy valiosa, tallada en madera. Al momento, los presentes me miraron con gran admiración y me di cuenta de lo ridícula que puede ser la naturaleza humana. Efectivamente, fui tallado; pero me tomaron como trofeo caprichoso en una de las habituales visitas del cónsul a las chozas del pueblo para saborear a las jóvenes a las que se dejaba ya entrever las curvas de la adolescencia.

Ella me había tallado con mucho cariño y en mi imperfección se veía su inocencia, su esfuerzo. Yo fui su primera pieza y la última con su infancia intacta. A partir de mí, nunca talló otra igual, nunca después de aquella noche. Lejos de sentirme orgulloso, me asqueaba presentarme en forma de regalo de aquél que la había destruido así.

Así fue como pasaron los años y desde mi rincón fui observando el día a día de la casa, los nacimientos, las muertes, las alegrías y tristezas; y el día que murió el coronel, el día en que un ataque al corazón le arrancó la vida, en apenas unos minutos. Casi no le dio tiempo a pensar. Una gran pesadez y todo desapareció ante sus ojos. Rondaba los setenta y solo unos pocos sintieron su pérdida. Era un tirano.

Ese día supe que me quedaba poco en la casa. No sabía cuál sería mi próximo destino, pero ese era el fin de esa etapa. Quién sabe si me esperaba un cálido hogar o un frío rincón olvidado.

Foto de Víctor M. Muñoz  Arocha

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