El cenicero V

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Francisco del Rosario Acosta

Allí estaba, sobre la mesa caoba de madera, en un rincón del salón, junto al viejo sillón de cuero, ya desgastado por el uso y los años, viendo pasar la vida de aquella familia, viendo pasar la vida del señor, como le llamaban. Claro que ese no sería su nombre, se decía a sí mismo.

Llegó allí, a la casona, una mañana de verano, cuando su hija, la mayor, que había regresado de uno de sus viajes, se lo regaló al señor. Y sí, era cierto, tal y como ella le contaba tan animadamente: lo compró en un pequeño mercado allá, en Méjico. «Ten», le dijo, «para que no andes dejando las cenizas de tus cigarrillos por el suelo».

Y desde entonces, día tras día, eran aplastados sobre su frío cuerpo de cerámica, donde ya apenas se podía leer con dificultad “Recuerdo de Méjico”, las colillas de los pequeños asesinos, que lentamente estaban acabando con la vida del señor y que con tanta devoción él fumaba día tras día, uno tras otro.

Foto de Víctor M. Muñoz  Arocha

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Categoría: El cenicero, Especiales, Literatura

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