De libros, utopías y funiculares

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(Sepa el lector que lo que va a leer ha perdido temporalidad, pero no vigencia)

Todavía colea mi artículo sobre el proyecto de teleférico al Roque Nublo y parece que algún político sigue empecinado en su ignorancia, sosteniendo que el proyecto seguirá adelante, se oponga quien se oponga, degradándolo de categoría y denominándolo como “funicular” e, incluso admitiendo, que si, al final del proceso, se viera que los cables molestan, pues se quitarían y ya está, o si no lo reconvertirán en telesilla… (al tiempo)

Me asusta la simpleza e ignorancia de los argumentos. Hace muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados del oeste de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero y hoy se llama la pequeña Venecia en folletos turísticos.

Aquella explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán, con la sensación de haber sido testigo de un hecho crucial para la historia reciente de Canarias.

Aquella polvareda permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnado el basalto, con muchas toneladas de material caídas sobre el veril.

Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte kilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento y más ilusión, sobre todo, la ilusión de que el mundo podría ser modificado; cambiado desde la escuela y la educación. Por eso me había hecho maestro. La voladura de los acantilados de Mogán quebró algo más que muchas toneladas de basalto de la serie uno. Para mí aquello significó la pérdida de la inocencia.

Para explicar esto debo llevar al lector a un viaje al pasado y hablarle de algunas personas y acontecimientos relacionados con lo que narro:

Empezaré citando a Víctor Grau Bassas i Mas, que nació en Barcelona en 1847, pero vino a Gran Canaria a la edad de cuatro años ya que su padre decidió instalar una farmacia en la calle de La Pelota de la capital insular. Estudió en el colegio de San Agustín –donde también lo hicieron otros próceres insulares, como Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós, el Doctor Chil y Naranjo. Posteriormente volvería a Barcelona para estudiar Medicina.

Grau Bassas regresó a la isla en 1860, donde pronto se vería atraído por la Villa de Teror, donde fijó su residencia y consulta, representándola en la Diputación. Asimismo, debido a su empeño, se levantó una cruz en el lugar donde estuvo el pino en el que en el siglo XV se apareció la imagen de la Virgen. También se le debe a Grau Bassas la instalación en Gran Canaria de la Cruz Roja, en 1874.

Pero fue en el Museo Canario donde desarrolló la labor más importante de su vida. Fue el primer conservador de la Institución, en colaboración estrecha con el doctor Chil y Naranjo, fundador del Museo. Organizó expediciones arqueológicas a yacimientos indígenas, encontrando numerosos restos prehispánicos que enriquecieron las vitrinas del Museo y escribió varios libros sobre ellas. Destacan:

-Usos y costumbres de la población campesina de Gran Canaria (1885-1888), Editado por El Museo Canario en 1980, y reeditado de forma digital recientemente.

-Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria El Museo Canario 1980 (facsímil de la obra de 1886)

En 1884 naufragó en la Baja de Gando el buque francés Ville de Para.  A continuación ocurrió un confuso episodio en el que se vio envuelto el médico y explorador. Aparentemente, los pescadores de Gando arriesgaron sus vidas para salvar a los náufragos y como recompensa les fueron regalados los fardos que flotaban sobre el agua. Varios de ellos fueron vendidos a Grau Bassas. Enterado del hecho el responsable de Marina, acusó al médico de apropiación indebida. De nada sirvieron las explicaciones del ilustre personaje.

La acusación siguió adelante sin que nadie tuviera interés en descubrir la verdad, lo que obligó a Grau Bassas a recluirse en Teror. Cansado y desilusionado al ver que su honradez quedaba en entredicho, decidió emigrar a Buenos Aires dejando en Gran Canaria a los suyos.

En América lo esperaba un modesto empleo en el Museo de la Plata. Tras revalidar su título de médico, su familia se reunió con él. Falleció en Argentina en 1917.

Nuestra atención se concentra en la segunda obra mencionada, “Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria”  Esta obra fue editada en facsímil por  El Museo Canario en 1980 y reproduce la obra manuscrita original de 1886. Es ésta  una obra repleta de dibujos, esquemas y explicaciones ilustradas acerca de los materiales y las características de las construcciones en los asentamientos de los antiguos canarios de Gran Canaria. El manuscrito puede verse en Internet en el siguiente enlace:

http://fundacionorotava.es/pynakes/lise/graub_viaje_es_01_1886/27/

He reproducido dos páginas de la expedición a Mogán de este libro, donde he intentado interpretar en letra impresa la caligrafía del explorador, donde se citan los parajes a los que me he referido desde el principio. Son las páginas consignadas como 5 y 5v.

“(…) La figura (   ) representa la punta de Mogán en la cual señalada con puntos aparecen las cuevas señaladas en esta expedición y la cueva donde en 1879 se encontraron tantos (¿?) objetos (a). Esta punta tiene la misma formación geológica que las lomas del Barranco de Mogán (véase el croquis de la localidad recorrida) fig.  ) traquita y luego …ach (¿?) alternado con fonolitas laminosas y de fácil destrucción.

Es este un risco imponente de más de trescientos metros, cortado a pico sobre el mar muy profundo a su pie; en este risco han ya encontrado la muerte unos desgraciados enriscadores, un hijo de José Díaz, un hermano de Francisco Rodríguez, y el padre de éste- en este risco me avasalló el miedo y hube de renunciar a pasar por el andén.

Pasé muy malos ratos con Francisco Rodríguez, pues si bien es un valiente, le conocí en la cara, cada vez que se colgaba, que recordaba a su hermano y a su padre, cuya tumba tenía a sus pies.

Sólo el deseo de no quedar desairado me obligó a continuar la exploración en condiciones tan excepcionales. Por mi parte, la Punta de Mogán queda explorada.

Hay un paso que llaman Paso del Rey; dicho paso tiene de ancho como una cuarta, se halla a menos de 200 varas sobre el mar, de allí abajo es el mar tan llano como un plato y perfectamente vertical. De allí arriba tendrá cien varas y, contando de la misma manera; no se puede pasar de frente, hay que pasar de espaldas contra el muro.

El paso es corto, tendrá dos o tres varas (de largo), dicen que (¿?) al que le falte la serenidad que no pase.

Me aseguraron que pasan por este sitio hasta de noche. No sé porque le llaman el Paso del Rey, muy bien pudiera ser entre los canarios un paso de prueba, lo que sí puedo afirmar es que el que lo pase sin miedo merece una corona.

Yo lo he visto desde el mar a trescientas varas de distancia y confieso que da miedo. En la cueva (d) al principio del andén encontré una resinita roja que considero un ejemplar de grande estimación.

Como hago la consideración de que el fin de las exploraciones no debe limitarse a buscar objetos procedentes de los antiguos canarios, ni aquellos tienen valor alguno si se les considera aislados, he procurado estudiar la zona recorrida geológica y orográficamente, añadiendo nombres que no se ven en el mapa y rectificando alguna equivocación que se notase. (…)”

A continuación le ofrezco al lector el texto que me sirvió para presentar el libro “El anillo del pulpo” editado por Anroart  y presentado en el Gabinete Literario el 31 de marzo de 1995. Como quiera que nada ha cambiado, y si lo ha hecho no ha sido para mejor, sigue estando vigente, ahora en los tiempos del teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo.

Foto de la 'linea del cielo' del Roque Nublo

DE GLOSARIOS Y CORSARIOS, DE LIBROS Y DE UTOPÍAS

“El anillo del pulpo” es un libro de aventuras que alguna vez quise presentar a un concurso de literatura juvenil. Esto no quiere decir que esté exclusivamente destinado a ese público Los libros más leídos de la literatura universal han sido catalogados como “juveniles” por la costumbre del siglo XX de reducirlos y ofrecerlos en ediciones abreviadas para las lecturas escolares. Cualquiera de los asistentes a este acto recordará con agrado aquellos libros leídos en la infancia y la juventud: Julio Verne, Alejandro Dumas, Hermann Melville, William Dafoe y otros, han hecho inmortales a muchos caracteres y arquetipos que todos reconocemos. Pero ninguno de sus autores hubiese  estigmatizados sus creaciones como “literatura juvenil”.

Este libro que hoy les presento, además, tiene una historia aventurera y azarosa como los caracteres que la pueblan. Fue escrito y publicado hace más de una década; pero nunca llegó a  distribuirse en su ámbito natural: en Canarias. Se convirtió en un libro fantasma: escrito y editado, perdido y vuelto a encontrar; pero nunca distribuido al público.

Después de una década, mi amigo Jorge Liria ha conseguido convencerme para volverla a la vida, rehabilitando al pirata Van Venlo, y ofrecerla a los lectores de Canarias. Llega de nuevo a la luz en un tiempo donde lo que la novela describe se ha hecho realidad, superada, corregida y aumentada, a lo ancho y largo de nuestra geografía. La destrucción de la costa se ha extremado en estos pasados años, la especulación gobierna en Canarias, los valores tradicionales desaparecen con las influencias externas y el materialismo erosiona paisajes y personas.

El origen de este libro se remonta a muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, cuando vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero. La explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán. La nube explosiva del aquel medio día terrible permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnando el basalto, con muchas toneladas de material sobre el veril.

Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte quilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento más ilusión, sobre todo, la esperanza de que el mundo podría ser mejorado; cambiado desde la escuela, la educación y la cultura. Por eso me hice maestro. La voladura de los acantilados de Mogán, créanme, quebró algo más que muchas toneladas de la serie basal. Esa voladura se llevó por delante mi inocencia.

En junio, dos meses antes de la voladura de los negros riscos de basalto, había estado con otros dos entusiastas amigos, Javier Gil y Francisco Peinado, buscando la “Cueva del Rey”, con el manual de don Víctor Grau-Bassas i Mas, “Viajes de Exploración a Diversos Sitios y Localidades de la Gran Canaria”, bajo el brazo, buscando el estrecho paso que nos llevaría a la Cueva. Éramos tres jóvenes que apenas alcanzábamos la veintena, pero estábamos en forma y curtidos por múltiples pateadas buscando yacimientos arqueológicos, playas fósiles o insectos extraños a lo largo y ancho de la Gran Canaria.

Jesús Cantero Sarmiento –sabedor del destino de los acantilados- nos había hablado del texto de Grau Bassas y nos animamos a buscar el Paso del Rey, después de leer el libro.

Cuenta el explorador catalán como un pastor de Mogán le había llevado en siglo XIX hasta la cueva colgada sobre el acantilado, diciéndole que el rey de la isla debía mostrar su valor llegando hasta la cueva por una estrecha vereda, de un pie de ancho, caminando unos trescientos metros pegado al risco y a más de 50 metros sobre el mar para recoger un gánigo de barro. Esa era la prueba que debían superar los reyes de la Gran Canaria para mostrar su valor.

Una mañana de Junio de 1982, tres jovenzuelos inconscientes: Javier Gil, Francisco Peinado y yo buscamos el “Paso de Rey” bajo un torreón aborigen situado encima de las casas del Puerto de Mogán. La línea de voladura se encontraba algunos cientos de metros más hacia el oeste. Los operarios llevaban algunas semanas perforando barrenos al borde de los acantilados y algunos de sus vehículos estaban como vigías cerca del mismo. Había muchas veredas de cabra que zigzagueaban por la ladera. Después de un rato dimos con un camino estrecho que se perdía en la pared del acantilado en dirección al oeste. Nos pareció el más adecuado conforme a la descripción del libro.

Había cagarrutas de cabra y parecía ser transitable. Caminamos uno tras otro con inconsciencia y cierto cuidado mientras nos adentrábamos en la vereda. Al principio el camino permitía un paso cómodo por una senda de medio metro de ancho. Según se adentraba en el acantilado sobre el mar se estrechaba por momentos.

Estábamos en el tercio superior de los acantilados de basalto y ya habíamos avanzado unos cien metros desde el inicio de la vereda. Veíamos el mar a nuestros pies, rompiendo con suavidad contra base de los paredones de basalto, formando un veril cubierto de aguas verdosas. El sendero mostraba algunas cuevas de pardelas excavadas en el risco y con cada metro que avanzábamos se estrechaba cada vez más. No había viento y el sol caía directamente sobre nosotros. La vista estaba limitada por la típica formación columnar del basalto, no pudiendo columbrar mucho más allá de un par de metros. Empezamos a preocuparnos porque no llevábamos material de escalada que nos permitiera asegurarnos en caso de perder pie. Cuando estábamos empezando a dudar de nuestra cordura y de la oportunidad de haber emprendido el “Paso del Rey” sin medidas de seguridad, nos encontramos que el camino desaparecía tras un recodo.

Un poco más allá no había nada sino una fuga directa hasta el mar que lamía el pie del acantilado. Un derrumbe –quizás procedente de los barreneros- había hecho caer el “Paso del Rey”. No pudimos salvar el espacio y retrocedimos lentamente con la frustración, no sólo por no haber podido alcanzar la cueva donde el rey de la Gran Canaria debía probar su valor, sino a sabiendas de que todo aquello que pisábamos iba a desaparecer para siempre unas semanas más tarde.

Sin haber podido encontrar argumentos para evitar la destrucción de los acantilados, la voladura fue inevitable. En cinco minutos cayeron toneladas de roca, arrastrando la Cueva y el Paso del Rey de la Gran Canaria. La nube que rodeó los acantilados nunca se ha disipado del todo de mi vista. Procuro evitar el Puerto de Mogán en mis recorridos por la isla. A veces he dirigido una mirada furtiva desde lo alto de la Cañada de los Gatos en dirección al torreón aborigen que sobrevive entre antenas de televisión y telefonía móvil mirando un puerto que algunos llaman la Venecia Canaria. Yo lo llamaría de otra manera, pero me lo callo.

“El anillo del pulpo” recoge muchas vistas de la costa moganera antes de la caída de los acantilados, ciertos caracteres de personas que alguna vez conocí, algunas visiones submarinas de Fuerteventura , donde me fui algo más tarde y el mar por doquiera; el mar en el recuerdo del exilio. La luz transparente de Canarias en la memoria del invierno de Europa.

Todo ello se encuentra en el manuscrito, fundido con la preocupación creciente por el futuro del territorio, la perplejidad por la política a porcentaje, la irritación por la destrucción de valores en personas y paisajes. El anillo del pulpo es un libro naïve, lo reconozco. Tiene la inocencia de la juventud perdida. Tiene un final feliz; pero es un final donde los seres humanos ya no intervienen. Sólo la naturaleza: una tormenta, un maremoto y la erupción de un volcán, la explosión del volcán que yo llamé Van Venlo en honor a la ciudad limburguesa que fue mi hogar durante seis años, es quien pone fin a la desesperada lucha de quienes defienden el medio frente a los especuladores. Sólo la naturaleza le pone coto a los especuladores en mi libro.

He vivido lo suficiente para darme cuenta del ritmo de degradación del territorio. Cada año que pasa estas islas atlánticas donde vivimos se ven mordidas en su originalidad paisajística. La costa está sepultada y perdida en gran medida, el mar muestra  crecientes señales de esterilidad, el asfalto y el cemento zigzaguean por doquier en dirección al último rincón de cada isla. Los recursos hídricos fósiles – a pesar de la bondad del pasado invierno- están esquilmados. Y además seguimos vertiendo al mar el agua que usamos. En suma, el suicidio ecológico programado.

El debate de la nacionalidad canaria, celebrado esta semana, no menciona prácticamente la situación del medio ambiente en Canarias. La mayoría de los políticos eluden referencias o pronunciamientos a temas claves sobre extracciones petrolíferas en nuestras aguas próximas o maniobras militares que matan a los cetáceos. Las moratorias turísticas aceleran la construcción como cruel paradoja de las leyes al servicio de los negocios y no al servicio de los ciudadanos. Las energías alternativas sólo sirven para que las concesiones se las lleven los amigos que crean empresas ad hoc. La lista es inacabable.

Nadie quiere ver que nos estamos devorando a nosotros mismos. Estamos hipotecando nuestro territorio, dando mordidas a nuestros barrancos – (tenemos los mejores skylines del hemisferio. Cada ladera de nuestros barrancos forman líneas del cielo, horizontes únicos, maravillosos en las tonalidades de la primavera canaria, cubiertos de tabaibas y cardones) -,  estamos sepultando la costa. Ya no quedan los barrancos que yo anduve en mis soledades juveniles: Mogán no existe más allá de Lomo Quiebre. El Medio Almud no sirve para medir granos. Taurito está lleno de agujeros de golf y urbanizaciones, Amadores está pintado de blanco granuloso. Mejor no sigo.

Todavía queda Veneguera amenazada por los amigos de algún político que ha pasado por casi todos los partidos y todas las piedras, buscando indemnizaciones multimillonarias…

En fin, no quiero cansarles, me está saliendo un discurso pesimista que no quería; solo presento un libro de literatura juvenil, casi pasado de moda, muy naïve, de final feliz. Esperemos que nuestras islas no pasen de moda también. Que nos demos cuenta y reaccionemos a tiempo. Vivimos en un territorio finito que no soporta nada más que un número finito de personas con sus infraestructuras correspondientes. La época de los negocios desarrollistas y especulativos tiene que concluir ya y ser substituidos por políticas de modelos conservacionistas y de desarrollo sostenible.

Este es el debate crucial: el de nuestra supervivencia armónica con el medio. No podemos esperar que unas erupciones volcánicas nos solventen los dilemas. Debemos, todos, tomar conciencia de la gravedad del problema y crear las condiciones sociales y políticas necesarias para que los próximos debates sobre la nacionalidad canaria incluyan la protección integral de nuestras islas.

Cuando decidimos volver a editar el libro que hoy les presento, alguien opinó que el libro tenía muchos términos “raros” y me aconsejó que hiciera un glosario para aclarar a los lectores de esta supuesta novela juvenil lo que significaban palabras como nasa, apnea o farallón. Estuve un par de días dándole vueltas al asunto e, incluso, me puse a escribirlos.

Después de un par de páginas de glosarios y de corsarios me di cuenta que este libro es algo más que una novela para adolescentes; este es un libro para aquellos que todavía no han olvidado la juventud, aquellos que creen y luchan por ideales que otros dieron por perdidos. Este libro va dedicado a aquellos que creen en un mundo mejor y en las utopías. Aquellos que se arriesgan cada día a buscar los “pasos del rey” ocultos en la brega diaria. Y esos no necesitan de glosarios, esos saben leer entre líneas, averiguar lo que dicen las palabras y lo que callan los silencios. A ellos dedico este libro.”

Amen.

Ha pasado el tiempo y hemos seguido “progresando”. Las infraestructuras insulares han mejorado mucho. Hemos construido autopistas, túneles, viaductos, puertos deportivos, centros comerciales y urbanizaciones de “alto standing” que facilitan las comunicaciones y el desarrollo turístico, haciendo irreconocible muchos de nuestros paisajes tradicionales.

Se ha apostado todo -o casi- a estas cartas. Las consecuencias están a la vista. Parece que los políticos no entienden de otras alternativas ni modelos de vida. Algunos pocos se han enriquecido en el proceso y la mayoría se ha conformado con los placebos de la sociedad de consumo.

La última vuelta de tuerca parece ser el teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo. Quieren destruir la última frontera: la línea del cielo.

Espero que al final impere la cordura entre los políticos y los ciudadanos, pudiendo evitar la catástrofe paisajística. Si no, sólo quedaría invocar a Guayota (o al pirata Van Venlo) para que se vuelvan a abrir las profundidades de la tierra para cubrir todos nuestros desmanes con lava ardiente  (y ojalá nos dé tiempo a evacuarnos).

 

Foto Mogán de Wikimedia y foto Roque Nublo de Enrique Mateu

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Categoría: Gran Canaria, Antonio Cabrera Cruz, Cultura Popular, Literatura, Opinión

Comentarios (6)

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  1. ricardo ripa dice:

    no son utopias, aca en Argentina asi se empezò y ahora los mejores lugares a la vera de rios y valles estan privatizados y prohibido el acceso,se vendieron tierras a extranjeros en proporcion mas que la ley permite y ahora hay hasta rios que quedaron en tierras privadas y montañas en la cordillera que hasta el limite con Chile quedaron con acceso vedado…Continua con tu prèdica que con tu estilo coloquial sigues llegando a donde hay que llegar,abrazos de tu amigo argentino,Ricardo

  2. Juan Tejera dice:

    Esta publicación comienza con el recuerdo de otro artículo sobre el proyectado telesférico del Roque Nublo que algún político sigue empecinado en continuar, con el cual tanto el autor como el que suscribe, no estamos de acuerdo.
    Continúa con su recuerdo de la voladura de los acantilados del Oeste de Mogán, en Agosto de 1982, hecho que le produce estremecimiento cuando entra en la cuenca de Mogán. También recuerda su apariencia personal, con menos peso y más pelo.
    Analiza el tiempo pasado, citando a Victor Grau Bassas, primer conservador del Museo Canario, que en colaboración con el Dr. Chil, fundador de dicho museo, organizaron expediciones arqueológicas a yacimientos indígenas, con lo que fueron llenando las vitrinas del museo con los restos encontrados. También escribió varios libros entre los que destaca “Usos y costumbres de la población campesina en Gran Canaria, así como las vicisitudes que por las que pasó el Sr. Grau Bassas, que dieron lugar a que emigrara a Argentina.
    El autor de esta publicación también hace alusión a la expedición a la Punta de Mogán en 1879, donde se encontraban muchos objetos y al Paso del Rey de una cuarta de ancho y del que advierten que el que le falte serenidad que no pase.
    Termina este apartado manifestando su interés no sólo en localizar objetos procedentes de los antiguos canarios, sino en estudiar con recorridos geológicos y orográficos.
    A continuación nos presenta el texto que sirvió de presentación del libro el Anillo del Pulpo.
    Termina haciendo una especie de resumen sobre las infraestructuras que se han realizado en las islas que hacen irreconocibles los paisajes tradicionales, así como la actitud de los políticos sobre estos temas. Muestra su inquietud porque algún político se salga con la suya con el proyecto de teléferico o cualquier otro nombre al Roque Nublo y su esperanza de que al fin impere la cordura entre los políticos y ciudadanos, pudiendo evitar la catástrofe paisajista.
    Un excelente trabajo, que nos puede hacer reflexionar entre compatibilizar el progreso con los paisajes tradicionales.

    • Antonio Cabrera Cruz dice:

      Juan,
      Muchas gracias por tu interés y atenta lectura. Es un honor contar con lectores como tú.
      Un fuerte abrazo.

  3. He leído con sumo interés su escrito. Estoy en esa línea de pensamiento. ¿Cuál es el próximo Paso del Rey a destruir? El mar y el aire están -como bien dice usted- amenazados (prospecciones y teleférico) y nosotros solo pensamos en no perder un empleo de cada vez menor calidad y remuneración. ¿Amén?

  4. Antonio Cabrera Cruz dice:

    Miguel,

    Muchas gracias por tus palabras. Me temo que la destrucción de nuestro medio no va a parar fácilmente. Quizás el siguiente paso sea la urbanización de la costa de Barlovento de Jandía, a la que han “descendido” de categoría de protección natural a instancias de Lopesan…

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