Agustín Espinosa y la memoria surrealista del franquismo

Agustín Espinosa

Dibujo de Agustín Espinosa realizado por Juan Millares Carló

En algunas conversaciones familiares escuché varias piezas del guión de una vida dramática y kafkiana. En ella, la víctima era una persona metamorfoseada en insecto social mediante un proceso sumarísimo al escritor, que firmó su sentencia de muerte por publicar “obscenidades” surrealistas. La Causa era contra la metáfora libre personificada en Agustín Espinosa y estaba promovida por la ambición personal, disfrazada con hábitos de fe cristiana, capaz de obrar el miserable y dudoso milagro de convertir la ignorancia en odio asesino en nombre de Dios y la moral. Los recuerdos -dramáticos- de aquellos secretos en familia revivieron en mí al saber que el Día de las Letras Canarias 2019 estará dedicado a la figura y la obra de Agustín Espinosa, catedrático de Instituto que compartió docencia en Arrecife y la capital grancanaria con su colega (mi abuelo), Juan Millares Carló, quienes serían depurados por sus ideas republicanas y su “contaminadora influencia” para el alumnado. Un efecto que en el caso de Espinosa era moralmente más pernicioso para la zona controlada por las tropas sublevadas -situación que padece desde el primer segundo Gran Canaria-. La reacción militar había impuesto la persecución de las organizaciones políticas y sindicales y actuaba con toda su fuerza contra la cultura, la educación krausista y, en este ejemplo, contra la libertad creativa de un intelectual surrealista como Espinosa, incluso infiriéndole daño físico que pudo provocar o adelantar su muerte. Y así fue. Perdieron la vida académica (en el caso de Juan Millares Carló el puesto -hasta 1955, a sus 60 años- y el sustento para una familia con 9 hijos) y los aislaron socialmente como apestados.

Los episodios de persecución, sufrimiento y ensañamiento fueron contados como un secreto doloroso. Una historia que inconscientemente callamos porque todavía se silencia la realidad de quienes padecieron la guerra y la muerte en vida durante la dictadura como ‘mutilados de paz’ (título que da Manolo Millares a una serie de pinturas y grabados dedicados a su padre).

El libro ‘El faro y la noche’ (Selena Millares, Ed. Barataria. 2014), escrito tras publicar los cuatro tomos de las obras completas de su abuelo Juan Millares Carló, narra de forma novelada los encuentros entre los dos profesores. Es como volver a oír lo que escuchamos a nuestros padres y abuelos sobre aquel escritor desde el primer destino en el instituto de Arrecife en 1928 donde conoció a “un lunático maravilloso” del que sabía por su hermano (Agustín Millares Carló), que lo había conocido en Madrid. Era Espinosa, catedrático de Literatura que deseaba volver a Madrid, donde trabajó en el Centro de Estudios Históricos, con Menéndez Pidal, Américo Castro, y Agustín Millares, pero la capital era un destino muy difícil de lograr.

Selena lo describe en la voz de nuestro abuelo como un soñador inagotable, que iba sacando de la manga y del sombrero toda su locura abisal. Se alojaban en la fonda de don Claudio, la única en Arrecife, y pasaban muchas veladas juntos hablando de aquellos tiempos, de arte, y de poesía. Él estaba entusiasmado con el arte nuevo, y por esa época andaba preparando el libro ‘Lancelot‘, donde fabulaba sobre Lanzarote como caballo marino dispuesto a saltar hacia África; una isla con nombre de caballero andante. También solían hablar sobre Unamuno, que había estado desterrado en Fuerteventura -en 1924, ya sexagenario-.

Fue una corta pero intensa relación que interrumpe el hecho insular. En 1935 Juan Millares recuerda la intensa actividad del grupo surrealista de Tenerife, impulsado por el inefable Espinosa y también Óscar Domínguez, un “pintor espléndido y tan olvidado”, que desde París impulsaba el puente con la órbita de Bretón. Espinosa había vivido esa atmósfera pensionado en París unos meses por la Junta de Ampliación de Estudios.

El nuevo reencuentro se produce en el Instituto Pérez Galdós donde los estudiantes -incluyendo a los hijos mayores de Juan Millares, que fueron alumnos suyos- adoraban su locura y el embrujo de sus clases. Lo llamaban cariñosamente ‘Medio Juicio’, y realizaban con él en la revista ‘Hoja Azul’; según Espinosa, el nombre aludía a la isla, vista como una mariposa frágil entre dos azules, el cielo y el mar. Ahí los animaba a escribir sobre el océano o sobre el cine, a leer a Lorca Valle-Inclán, y hasta a Góngora… y Espinosa les contaba el mito de Pigmalión, que había resucitado estatuas, y lo comparaba con la República, que al modo de Pigmalión, había puesto a caminar un cadáver, un país sin esperanza.

En esos años culminaba un libro de prosas deslumbrantes y turbadoras que tituló ‘Crimen‘. Era el diario de un loco sobre el amor y sus peligros. Y con él había firmado, sin saberlo, su sentencia… También por esos años se produjo el gran escándalo de las exposiciones surrealistas en estas islas, que eran un páramo de mezquindad. Primero la de Óscar Domínguez, en las dos capitales, con un fracaso total. Un par de años después, el grupo de Gaceta del Arte organizó la gran exposición surrealista en el Ateneo, con la presencia de Breton y Péret. No se vendió nada, ningún Dalí Miró a mil o dos mil pesetas, ni Chirico y Picasso. Fue una catástrofe económica para los organizadores. Breton al irse dejó ‘La edad de oro‘ de Buñuel, pensando que con la ganancia se podría cubrir algún gasto, y llegó lo peor: los sectores reaccionarios se movilizaron para impedir la proyección, y lo consiguieron. Acusaron a la película de judaísmo y de masonería, y de presentar a Cristo en un cabaret, y la campaña fue devastadora. El grupo de Gaceta de Arte protestó, invocando la libertad de expresión y la tolerancia, pero no logró los permisos para la proyección.

El tiempo nuevo de infamia y degradación que irrumpía de pronto había de arrebatarle a algunos incluso la vida, como a Espinosa,“todo nervio y pasión, sacrificado, humillado con tu corona de espinas, tú que eras sólo un ángel rebelde, ángel al fin, y que sólo sabías volar al son de tus palabras. Con qué saña habían de quemar tus libros, cómo te acorralaron como si fueras un asesino, tú que nunca supiste de política más que como una pose romántica, y ahora estabas en manos del verdugo, que te persiguió, te hirió, te desterró lejos. Así te dibujé, en el homenaje que se te tributó tras tu muerte: alejándote de espaldas, hacia poniente, como en aquellas películas de Chaplin que tanto te gustaban. Con tu sombrero ladeado, y tu traje casi vacío sobre el cuerpo desencuadernado, y tu carpeta de poemas y papeles bajo el brazo. Pero la muerte te llamaba como el faro a la noche… [título de la novela de Selena Millares].

 “Al poco de la fecha fatídica del levantamiento, alguien llamó imperiosa e impacientemente a la puerta de casa. Me incorporé sobresaltado, con el peor de los presentimientos, en esos días en que los registros domiciliarios eran algo cotidiano. Me asomé a la ventana antes de abrir, y vi que era Espinosa, así que bajé corriendo y salí a saludarlo. Estaba completamente desencajado, ojeroso y lívido, más delgado que nunca, si cabía, y muy tembloroso; parecía como si hubiera envejecido de golpe diez años. Balbució que quería hablar conmigo en privado, así que salí con él, y nos echamos a andar hacia el instituto, una ruta que habíamos frecuentado muchas veces como compañeros de trabajo que éramos, y que nos permitía tener una respuesta si nos daban el alto.

– Juan, vengo a prevenirte, no te confíes, estamos en medio de una verdadera caza de brujas -me decía- hay que convertirse, como en los tiempos del Santo Oficio. Hay que hacerse falangista, Juan, o acabaremos en la hoguera todos quemados como herejes.

Discutimos mucho sobre esto, yo no podía comprender ni aceptar lo que me proponía. De hecho a él esa solución no le había de servir de nada, aunque no lo sabía. Me contó que los primeros días tras el golpe lo habían avisado de que lo buscaban, y de que se estaban haciendo hogueras con los ejemplares requisados de ‘Crimen’. Él había logrado hacer esconder los que conservaba en el sótano del hotel Aguere, en La Laguna, y después se había refugiado en casa de su tío, en Los Realejos. En cuanto tuvo oportunidad se desplazó a nuestra isla, donde las actividades del grupo surrealista habían sido hecho menos mella, y pensaba que todo sería menos violento, pero no fue así. Muy al contrario, había recibido en su casa constantes anónimos con amenazas de muerte, apenas podía salir de su domicilio sin recibir todo tipo de insultos y humillaciones de aquella jauría que pululaba por las calles, y desde la prensa católica se jaleaba a esos galgos contra él. Hasta que fue detenido y llevado a comisaría para ser interrogado brutalmente, y también torturado de la manera más vil que se podía imaginar para él, tan débil y enfermizo, que padecía desde siempre del estómago, con un mal crónico que lo hacía vivir entre dietas y médicos. Y porque lo sabían, lo habían obligado en esa comisaría, esas hienas miserables, a comerse, pedazo a pedazo, las páginas de ‘Crimen’.

Lo miré sobrecogido mientras me narraba, con un hilo de voz entrecortada, esos acontecimientos atroces. No necesité más para comprender las razones de su estado físico ruinoso, y esa manía persecutoria que ahora lo dominaba. Miraba todo el tiempo hacia todas partes, estaba convencido de que estaba siempre vigilado -y sin duda lo estaba-, se sentía perseguido y amenazado a cada instante, y sólo pensaba en huir en cuanto pudiera a México, con su mujer y sus hijos. ¿Acaso no había logrado huir Unamuno desde Fuerteventura a París? Él también había de conseguirlo, lo decía una y otra vez.

…Cuando nos despedimos lo abracé, y lo sentí más delgado y más frágil que nunca, era como una hoja al viento. Ésa fue la última vez que lo vi, pero me siguieron llegando noticias suyas, cada vez más desoladoras. Supe que había ingresado en Falange, y que lo habían hecho Jefe Provincial de Deporte. Qué escarnio, al pobre Espinosa, que era justamente la antípoda del músculo… Había escrito colaboraciones en Arriba España para demostrar su lealtad; unos textos, la verdad, tan difusos y ambiguos como sólo podría hacerlo él, un mago de las palabras. Apareció después en ‘Acción’ un artículo que lo acusaba de llevar a sus clases del instituto su libro prohibido, y de ser un laico hedonista, y hasta ultraísta, todo un pecado recién inventado y a la medida, por aquel ejército de analfabetos. Aquí, sí, definitivamente, vi la huella del cura Manuel Socorro… todos los rumores coincidían en nombrarlo como responsable de las depuraciones de los docentes republicanos que aplicaban la ley del momento: “¿Quién es masón? Quien está delante de ti en el escalafón”.

Espinosa había respondido por la misma vía, en un artículo de prensa, defendiéndose de las acusaciones contra su libro y contra su intento de proyectar ‘La edad de oro’ de Buñuel, e invocando antecedentes como Boccaccio, Cervantes o Rabelais. El pobre no se daba cuenta de que sólo añadía más leña al fuego de aquellos ignorantes, los mismos que habían gritado “muera la inteligencia” en el paraninfo de la Universidad de Salamanca contra Unamuno, aquellos que sólo habían de responder con la mezquindad que les era propia: ahora eran poderosos, se sentían muy fuertes, era su turno y lo iban a aprovechar hasta el final.

A los pocos meses, Espinosa estaba suspendido de empleo y sueldo, y por más que recurrió, argumentando su conversión falangista, lo único que logró fue que le conmutaran la pena por la de destierro al instituto de La Palma. No pudo ocupar su cargo, estaba demasiado enfermo. Lo operaron del estómago pero no sobrevivió y murió antes del fin de la guerra” (párrafos extraídos de ‘El faro y la noche’)

Así fue, ambos profesores fueron ‘desterrados’, ya enfermos, a La Palma, mientras el perseguidor consolidaba su puesto como director a perpetuidad del Instituto Pérez Galdós, paradójico nombre de escritor para esta historia. Esperamos que este Día de las Letras Canarias sirva, además, para reconocer la Memoria Histórica de los docentes represaliados por la dictadura.

(El expediente de depuración sobre Espinosa se encuentra en el Archivo General de la Administración: 18469-30) 

Agustín Espinosa

D. López Torres, Peret, Eduardo Westerrdhal, Jacqueline Lamba, Breton, Espinosa, J.A. de la Rosa y Pérez Minik

Artículo de Michel Jorge Millares publicado en Islas Bienaventuradas

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Categoría: Michel Jorge Millares

Comentarios (1)

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  1. Magnífico retrato sobre la terrible situación de los principales actores de la cultura en Canarias durante el golpe de Estado de Franco.

    Dentro de 100 años el Gobierno de Canarias homenajeará a los que ahora persiguen o ningunean.

    Esperemos que algún día las administraciones aprendan y se preocupen más por los jóvenes que por los muertos.

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