El viaje en el tiempo

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Hoy he disfrutado un viaje en el tiempo. Soy un afortunado, lo reconozco. Y he vuelto para contarlo, como corresponde, porque no todos los días uno se convierte pasajero de un original y personal “anacronópete”.

el viaje en el tiempo

Convengamos que cada día es más fácil viajar en la dimensión espacial: uno se sube a un avión de esos que las líneas aéreas han creado para embarcar el mayor número posible de personas, denominándolos “low cost” y queriendo decir “low comfort”, y ¡zas! después de varias horas, uno llega a otro aeropuerto con las piernas hinchadas y el malhumor proverbial causado por las apreturas.

El turismo de masas es la droga del momento. Viajeros de toda condición y edad cruzan los cielos en busca de mundos perdidos, de ciudades exóticas y playas con olor a crema solar, evadiéndose de esa oscura oficina de Londres, aquella fábrica gris de Rüsselsheim o la granja verde de Brabante por unos días.

Confieso que alguna que otra vez  yo también me he embarcado en alguna de esas naves de tortura de meniscos lesionados rumbo a Madrid, Roma o París, buscando cultura y civilización.

Soy otro viajero más y mis andanzas por ahí son poco singulares.

En cambio, mi viaje en el tiempo merece su crónica. Pero antes les pongo en antecedentes:

El “Anacronópete” que mencionaba en el primer párrafo es una máquina de viajar en el tiempo, inventada en 1887 por el escritor español Enrique Gaspar y Rimbau, quien describe los viajes en el tiempo de una máquina construida a tal fin. El nombre del artilugio viene del griego “Aná”, que significa atrás, “Crono”, el tiempo y “Petes”, el que vuela.

En la novela, con formato de zarzuela y estructurada en tres actos, se habla de un científico español, Sindulfo García, que presenta en la exposición universal de París de 1878 una máquina, el “anacronópete”, capaz de viajar en el tiempo, merced al fluido denominado García.

El libro de Gaspar se adelanta en ocho años a la publicación de H.G. Wells, “The time machine”, donde el escritor de ciencia ficción habla de una máquina de curiosas similitudes a la de Gaspar. Podemos afirmar que el invento de la máquina del tiempo es español.

Los seres humanos hemos fantaseado desde siempre en poder viajar al pasado o al futuro, para curiosear, para cambiar algunos acontecimientos personales o históricos e, incluso, para evadirnos de nuestro destino final.

El difunto empresario José María Ruiz Mateos atesoró durante su vida una considerable colección de relojes desde el siglo XVI hasta el XIX, que hoy se pueden contemplar en Jerez, junto con una colección de bastones y otros artículos personales.

Son valiosos ejemplares dignos de palacios reales y casas nobiliarias. El empresario y político fue empresario modelo durante el franquismo y después autor de escándalos sonados, quiebras de negocios y de pleitos legales (casi callejeros) con el antiguo ministro socialista Miguel Boyer.

El empresario se dedicó durante su periplo terrenal a coleccionar -entre otros artículos- los aparatos medidores del tiempo hasta llegar a 302, como si su posesión le pudiese librar del paso inexorable del griego Cronos.

Hoy día ambos contrincantes, Ruiz-Mateos y Boyer, han pasado a la Historia, sin haber podido detener el tiempo y sus relojes se han quedado atrás para medir el tiempo de otros.

El viaje en el tiempoConserva mi madre un reloj de sobremesa que perteneció a mi bisabuelo, José Cruz Tejera. Ese viejo artilugio cruzó dos veces el Atlántico en el tránsito del siglo XIX al XX, protegido por una caja de cañas en las manos de mi bisabuela materna, María Luisa Rodríguez Hernández. El reloj no tiene siquiera marca. Su maquinaria es muy sencilla y algunos de sus engranajes han perdido dientes y la precisión de antaño. El muelle de la cuerda está roto y habría que fabricar una reproducción para que volviera a marcar las horas y las medias.

Como muchos otros emigrantes canarios, el matrimonio viajó hasta Montevideo en Uruguay a bordo de un vapor que hacía la ruta desde Canarias hasta el Mar de la Plata, buscando mejor futuro.

Mi bisabuelo tenía alguna experiencia previa como agricultor y jardinero,  pero sobre todo poseía una curiosidad innata y muchos deseos de aprender. Después de algunas experiencias poco motivadoras en Argentina, consiguió empleo en la vecina Uruguay, como jardinero en una gran estancia del sur del país, propiedad de un terrateniente norteamericano.

Allí perfeccionó sus conocimientos sobre floraciones, injertos, polinizaciones y semilleros. Esta etapa coincidió con el florecimiento de la jardinería ornamental del país, la inauguración del Jardín Botánico de Montevideo y el auge de la economía de la República Oriental del Uruguay.

A pesar de que las cosas le iban bien, mi bisabuela María Luisa no terminaba de aclimatarse a aquellas tierras húmedas y le pidió a su esposo regresar de nuevo a Canarias. Y así lo hicieron. El matrimonio Cruz Rodríguez volvió a Gran Canaria en la primera década del siglo XX, sin olvidar el querido reloj.

Los conocimientos adquiridos en la República Oriental le resultaron claves para conseguir el puesto de jardinero mayor en los alrededores del Hotel Santa Catalina. Los propietarios ingleses necesitaban quien mantuviera los jardines alrededor del primigenio edificio de madera y los conocimientos de maestro José fueron esenciales para mantener las rosaledas y arboledas, los olivos y las palmeras. Al poco tiempo los propietarios ingleses decidieron promover a mi bisabuelo al puesto de jardinero mayor, poniendo a su disposición una pequeña casita situada a medio camino entre los tres olivos centenarios y los estribos del estanque. Allí crecieron los cuatro hijos del matrimonio hasta que empezaron a emanciparse. También fue la primera casa de mis abuelos maternos y el lugar donde nació mi madre un día de abril de 1928.

Cuando la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria adquirió la propiedad del hotel y los jardines adyacentes, también mantuvo el empleo y la casa del maestro jardinero hasta su fallecimiento. Cuando visito el actual parque Doramas no dejo de observar los rosales, las palmeras altivas y los olivos centenarios de troncos retorcidos, sentado en los muros de una pequeña fuente de cabeza de león. Allí, entre el rumor del agua y del viento a través de las hojas, laten los recuerdos del tiempo de mi bisabuelo, mejor que en el más precioso de los relojes hechos por la mano del hombre.

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Categoría: Gran Canaria, Antonio Cabrera Cruz, Literatura, Opinión

Comentarios (1)

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  1. ¡Qué historia más linda, Antonio! me imagino donde estaba esa casita en el Parque Doramas. Fue el principio de ese emblema que es hoy, aunque venido a menos pues recuerdo verlo como un vergel. Date cuenta que lo conocí en 1953 y aquello tenía otra cara, menos moderna pero más jardín y más natural. El confort no hace la belleza, naturalmente. Esta historia de jardinero me recordó a tu Tío Pepe, que también fue de la profesión y que también hizo sus pinos en el mismo lugar, si no me equivoco. Me ha encantado y me ha llenado de recuerdos y nuevos conocimientos que te agradezco. Muchas gracias por esta joya.

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