El “Romancero sureño” de Faneque Hernández (2/3)

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Faneque Hernández: Romancero sureño (Mercurio Editorial, 2014)

Prólogo: Francisco Tarajano Pérez

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo.

 

PÁGINA IMPAR

DE LAS ARTES
· Manifiesto primigenio
· Soneto de los cuatro poetas
· Agüimes en palabras
· Juglar del viento sureño

· Diana y Acteón
· Oda a Mark Rothko
· Retrato del vencedor
· Retrato de la dama blanca
· Icono mitológico

DE LAS PATRIAS
· Archipiélago.

Patria chica I. El Hierro
· El ocaso del Garoé
· Mapa de El Hierro

Patria chica II. Agüimes
· Romance de Agüimes
· Templo de San Sebastián
· Las caras del Aguayro

PÁGINA PAR

DE LOS AMORES
Notas del diario
· Retrato de Nayra
· Retrato de Aitami
· Alfar
· Bautizo de trucha
· Río grande
· Añorándote

Elegías a la muerte de mi madre
· América redescubierta
· Voladores de esperanza
· Día aciago
· Epitafio
· Soneto a la última princesa de Gáldar

Rebeldías
· Naufragio de la vida
· Cuento infantil solidario
· Desafío y muerte de Doramas

 


[Ir a la primera parte del preliminar]

 

Los contenidos…

Te pido ahora, por favor, que vuelvas nuevamente sobre tus pasos y que mires con más detenimiento la tabla de contenidos de este libro. Deja al margen la entrada referida al preliminar y conserva en tu memoria la existencia de un precioso prólogo, firmado por el maestro de maestros Francisco Tarajano Pérez, que deberás leer tan pronto como hayas terminado con la lectura de estas páginas que te dirijo y que, con todo el derecho del mundo, podrás calificar de fatigosas. No te preocupes. Entiendo a la perfección tu calificación; la entiendo y la asumo con beatífica resignación, en buena medida gracias a la tranquilidad de conciencia que da el saber que las evidentes carencias como juntaletras que poseo no desdoran la verdad que subyace en estas páginas. Prosigo, pues, con la paz en mi ánimo, ya que las amarguras preliminares serán diezmadas por las dulzuras prologales.

Atravesadas las fronteras que anteceden al poemario, verás una relación de composiciones distribuidas en cuatro grandes bloques: De las artes, De las patrias, De los amores y Rebeldías. Tienes toda la razón del mundo cuando reclamas, a tenor de lo dicho con anterioridad a propósito de los elementos/columnas, la falta de un epígrafe que pueda denominarse De los tiempos y cuando, según lo expuesto hasta ahora, percibes que aparece uno identificado como “Rebeldías”. Mas esta ausencia/presencia o trueque de una expresión por otra no son el resultado de ninguna incompetencia a la hora de fijar las denominaciones, sino de un propósito claro que toma, por un lado, el elemento que nos falta, el tiempo, como aquello que está presente en todo momento en nuestro romancero, pues todo en él es evolución vital, camino, ruta, trayecto…; dicho de otro modo: mensajes elaborados en un escalón temporal concreto y que, en su deambular literario por las permanentes reescrituras de su autor y nuestras relecturas, se han transformado en muestras poéticas ancladas en la intemporalidad. El infinito también es una unidad de medida cronológica donde mora la poesía.

Por otro lado, surge en nuestro señalado propósito el espacio para las rebeldías, el compromiso con la conciencia social que debe llevarnos al mejor de los mundos posibles; lo que nos permite ligar el presente (“Naufragio de la vida” y “Cuento infantil solidario”) con el pasado (“Desafío y muerte de Doramas”). Esta circunstancia autoriza a que sus títulos anteriores (La reina de Canaria y Cantos de mestizaje), situados en el pasado, puedan volver a gozar de una posición de referencia en la actualidad.

El tiempo lo es todo en la vida y, en consecuencia, está presente en la de nuestro anfitrión, quien nos agasaja con una conexión entre el ayer y el hoy que, ingerida por nuestro entendimiento, nos debe capacitar para la asunción de un pacto con ese mañana que edificamos cada día.

La página impar de nuestra tabla de contenidos está compuesta por las artes y las patrias, que son el sustento formativo e inspirador sobre los que, en la página par, serán reconocidos como los amores y las rebeldías. El arte, en sus expresiones literarias y artísticas, se adquiere, se analiza, se planta en el jardín donde germina la estética intelectual; luego, se riega y se deja que al calor de los estímulos broten los mensajes. Las patrias, por su parte, determinan la identidad, las raíces que nutren los floridos contenidos en la sempiterna primavera de las convicciones.

Una vez que se poseen las esencias de las artes y de las patrias, el autor ya está en disposición de reconstruir con palabras lo que ha construido con el pensamiento, y todo ello desde el tiempo y con la esperanza de que lo hecho acceda a la órbita de la intemporalidad. Es así como se transcriben “los hechos emocionales”, constituidos en nuestro poemario sobre las parcelas representadas por los amores y las rebeldías. De esta manera, en una equilibrada disposición de los contenidos, logra nuestro autor transmitir la sensación de coherencia hacia la finalidad de ofrecernos el orden interno de su universo personal.

 

… de la impar

Mas adentrémonos en el templo, pues su arquitectura bien merece la pena que se tenga en cuenta, ya que es uno de los aciertos más notables de la obra que nos ocupa. En la primera parte De las artes, el autor declara algunas de las que deben concebirse como adhesiones literarias particulares, gracias a las cuales logrará configurar su lenguaje poético. La primera de todas es la que tiene con el insigne Jorge Manrique (1440-1479), quien le dará su copla de pie quebrado y el símbolo universal del tiempo que pasa (el río que desemboca en el mar). Así nace su Manifiesto primigenio, donde declara que algo mayor y sin destrezas se adentra en el arte de componer, y donde fija una analogía entre la creación de poemas y la propia vida: «Casar con rima vibrante, / tensar la justa medida / de los versos / es en sí apasionante; / como lo es la propia vida / con sus riesgos».

En Soneto de los cuatro poetas se consolida un término clave para el ideario creativo de Faneque: libertad. A través de las menciones a los cuatro poetas apuntados en la composición (Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti y Gabriel Celaya), nuestro autor, en un soneto, hace una escueta y precisa antología de piezas que para él son significativas: de Lorca toma el “Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla”, presente en su Romancero gitano (1928), una obra que sirve como referencia complementaria al título de nuestro poemario (que nace primordialmente sobre la base del romancero medieval); de Miguel Hernández, su «Me tiraste un limón, y tan amargo» y su abrumadora “Elegía a Ramón Sijé”; de Alberti, “La paloma”, a la que acompaña en su búsqueda del camino adecuado, que terminará hallando en el cuarto poeta, Celaya, de quien asume como propio su poema más conocido: “La poesía es un arma cargada de futuro”. Cuatro poetas en busca de la palabra libertad desde una posición de lucha (importante matiz) y un poeta que la halla en la aprehensión del término que da sentido a su soneto.

Agüimes, el lugar donde ancló su alma y dio fin a «la eterna singladura / de un errante», una de las dos patrias chicas de nuestro autor, como suele apuntar, es tierra de notables literatos que también han ejercido una importante influencia en Faneque. Es Agüimes en palabras, ante todo, un canto de gratitud al pueblo que lo recibe; a sus gentes, que lo acogen; y, por la parte que nos ocupa ahora, como versifica nuestro creador, a quienes «me guían como un faro», o sea, a sus hombres de letras. A saber: Joaquín Artiles (1903-1992), del que destaca su faceta de destacado medievalista; Orlando Hernández Martín (1936-1997), de quien recuerda su celebrado Auto sacramental de los Reyes Magos (1956) y Francisco Tarajano Pérez (1924), a quien reconoce, en su Juglar del viento sureño, la última composición de adhesión literaria de nuestro romancero, como «dilecto maestro poeta».

La figura del maestro Tarajano merece un apunte especial, pues cabe identificarlo, en la metáfora de faro, como la luz más brillante del camino literario guiado. De él asimila una parte de su estilo literario, aquella que se caracteriza por el uso de versos cortos, ingeniosos en lo conceptual, musicales en lo formal; poemas elaborados para que sean accesibles a un gran público y con una visión comunitaria muy evidente. Uno de los mejores ejemplos del peso que ejerce el ingeniense en este cuarto título de la BCL quizás quepa situarlo en “Cuento infantil solidario”.

Aunque los enumerados, con excepción de Manrique, son autores contemporáneos, Hernández es, ante todo, un gran deudor de esa literatura que se amarra a los cabos extendidos por el Romancero Viejo y por ese romancero que procede de raíces indígenas y que ha sido objeto de magistrales trabajos por parte del profesor Maximiano Trapero, a quien se nombra en La reina… Este espíritu de los romances, presente en todas sus composiciones y que lo entronca, en una parte de su estilo (lo acabo de apuntar), con el maestro Tarajano, se complementa en la otra por unas elevadas maneras expresivas que vinculan a nuestro escritor con unas muy bien traídas formas del culteranismo y conceptismo del siglo de oro español: de la primera, uso del hipérbaton y léxico muy cuidado; de la segunda, metáforas complejas y profusa simbología. Esto es perceptible en el segundo apartado del conjunto “De las artes”, donde Faneque da cuenta de las que podríamos nominar como adhesiones artísticas: “Diana y Acteón”, “Oda a Mark Rothko” o “Icono mitológico”. En estos poemas podemos apreciar las peculiaridades barrocas enumeradas. También son detectables en “Archipiélago”, un poema compuesto por versos esdrújulos que sirve de homenaje a uno de nuestros más célebres poetas áureos, el grancanario Cairasco de Figueroa.

Conviene resaltar en este Romancero sureño la perfecta conjunción de las partes expuestas, pues reflejan el extraordinario desarrollo sobre un mismo plano expresivo de un estilo bimembre que transmite al lector la certeza de que está ante un ejercicio literario maduro, firme, con personalidad propia. Aun cuando declara su vínculo al maestro Tarajano, de quien toma la esencia del romance como composición hecha para el pueblo por alguien del pueblo, nuestro autor sabe imprimir su propio sello estilístico de modo que sea posible fijar los márgenes de su ideario poético, compuesto, en líneas generales, por versos de arte menor, siempre asonantes, de esencia narrativa con el uso frecuente de encabalgamientos, con una predisposición al uso de aliteraciones y con un bagaje léxico que, tal y como expuse al principio de este preliminar, se nos muestra muy intenso en su carga cognoscitiva y con una singular capacidad para depositarse en el entendimiento del lector formando un sólido sedimento de sensaciones.

La exposición sobre la lengua poética de Faneque era necesaria porque, siguiendo la ruta trazada por la tabla de contenidos, representa el acceso de nuestro autor al estado donde se constituye su razón de ser literaria. La palabra aprendida se aprehende y se consolida una vez que ha sido cotejada con la de los otros referentes a los que ha accedido, en un primer estadio, como lector. En el horno de las lecturas se forjan los hierros de la creación literaria. Así, con los martillazos de la voluntad y el esfuerzo, se da forma al estilo. En la primera parte “De las artes”, nuestro autor nos ofrece algunas pinceladas de su nacimiento en la autoría literaria; en la segunda, en la mentada sobre las adhesiones artísticas, calibra para nosotros su sensibilidad compositiva.

Diana y Acteón es la más elocuente muestra de la conexión de nuestro autor con la literatura áurea española. Se trata de un poema basado en el mito clásico del cazador, Acteón, que es convertido en ciervo por la diosa Diana tras verla desnuda. Pero la composición de Faneque no se basa tanto en el episodio que narra Ovidio, entre otros autores que se han hecho eco del tema, como en la explicación de un cuadro de Tiziano en el que se representa la escena mitológica. Este cambio de punto de vista es determinante a la hora de fijar la posición del creador frente al objeto creado, ya que la belleza de este impresionante poema se articula en torno a una situación contemplativa y no frente a una posición narrativa. No importa tanto el relato del suceso, como la visión del cuadro en el que se relata el suceso.

Esta posición contemplativa se mantiene en la Oda a Mark Rothko. Del mismo modo que en las adhesiones literarias es perceptible el salto cronológico entre autores (del medieval Manrique se pasa a los contemporáneos y se consolidan partes del estilo en algunos escritores del siglo de oro), en las artísticas también se produce un desplazamiento en el tiempo, pues se va del corte clásico que representa Tiziano al expresionismo abstracto de Rothko. La pregunta ahora es inevitable: ¿Qué significado tiene, para la coherencia del Romancero sureño, estos cambios temporales? La respuesta solo puede venir ahora de otra pregunta: ¿Recuerdas cuando te hablé del tiempo y de su omnipresencia en nuestra obra? Las indicadas “posiciones” señalan el dominio espacial del autor frente al elemento inspirador; la conjunción de lo clásico con lo contemporáneo, su dominio del tiempo, lo que conduce a la intemporalidad de los mensajes: todos se mantienen siempre vigentes en la conciencia del lector.

El mejor ejemplo de conjunción espacio-temporal en las adhesiones artísticas está en los retratos ajedrecísticos, el del vencedor y el de la dama blanca: el primero, se construye sobre la mención a cuatro escultores modernos (Barlach, Boccioni, Smith y Gallardo); el segundo, hace lo propio con seis pintores de los siglos XVI y XVII (Rubens, Velázquez, Rembrandt, Murillo, Zurbarán y Valdés Leal). Arte eterno para unos versos llamados para la eternidad…

El último poema del grupo “De las artes” es muy especial porque toma como referente a un pintor singular, Alberto Lacave; un excelente artista con quien nuestro autor mantiene una relación de hermandad. Así lo declara en Cantos de mestizaje, obra que le dedica y que contiene sobresalientes muestras de su quehacer artístico. Con Lacave mantiene Faneque un compromiso que, en una estrofa preliminar de Cantos…, se formaliza en estos términos:

[…] Inspirando sus afanes
en la buscada ruptura
del esquema
que supone el mestizaje
de Poesía y Pintura
por sistema,
se dedica el poetastro
a escribir las desventuras
de un pincel
y a pintar el tiznacuadros
los desvelos de la pluma
y el papel […]

Icono mitológico es un poema que toma como eje una obra de Lacave; «que pinta como un Andy Warhol», nos dice su autor. El intenso cromatismo que desprenden los términos utilizados («Ensueño multicolor», «pájaro azul del amor», «en amarillo y en rojo», etc.) y el efecto erótico de la evocación literaria conducen al lector a una suerte de composición elaborada sobre patrones hedonistas tan del gusto de los escritores modernistas de finales del XIX.

ŸEl mundo de las impresiones que marcan las artes se ve complementado en la poética de nuestro autor por el de las expresiones que la naturaleza de las patrias le aporta. No es posible entender la poesía de Faneque dejando a un lado la influencia que ejerce el paisaje y paisanaje de sus patrias: la “grande” es la que reconoce en Canarias, a la que dedica el poema Archipiélago, todo un prodigio en esdrújulos que, repito, sirve para homenajear al primer poeta canario, Bartolomé Cairasco de Figueroa (1538-1610).

En ocho composiciones (una de introducción y una por cada isla mayor), nuestro autor sintetiza, a través de bellas pinceladas textuales, algunas peculiaridades de cada territorio. Su atadura formal a los dictámenes poemáticos del renombrado siglo de oro español no logran constreñir el profundo amor que destilan los versos de este “Archipiélago” hacia nuestra tierra, sentida en el ideario poético de Faneque desde lo más hondo.

Las dos patrias chicas son, por un lado, la isla de El Hierro y, por el otro, Agüimes. A la primera dedica dos poemas: uno de corte mitológico, El ocaso del Garoé; el otro, Mapa de El Hierro, el cual, gracias a la ligazón que mantiene con el tema de la inmigración, antecedió a “Naufragio en vida” en una primera versión del poemario. En la que ahora tienes en tus manos, aparece desligado porque la esencia de “Mapa de El Hierro” trasciende los límites específicos del tema en cuestión, ya que sus versos beben de una simbología que aúna la circunstancia geográfica, en la que el Atlántico está presente, con la representación de los sueños de progreso truncados. Es cierto que «el camino de Venezuela» o la tormenta que destroza la barquilla conducen al lector a que asuma que es el tema de la inmigración el leitmotiv del poema, pero yo lo concibo más como la expresión de un fenómeno histórico presente en la isla: su deriva con respecto al curso del trayecto que siguen los otros territorios canarios.

No debemos dejar de tener presente que nuestro autor es historiador y geógrafo, dos ciencias de las que se vale para configurar buena parte de los contenidos de nuestro Romancero sureño. El hecho de ser esta isla el finibusterre del Viejo Mundo y la preciosa e imaginativa representación que Faneque, en el privilegio de una conversación privada, compartió conmigo y en la que me mostraba El Hierro como una barca cortada por la mitad, situando la quilla en la Punta de la Restinga y, según cómo se mire, estribor en la Punta Norte y babor en Punta de Orchilla, consolidan esta visión de nave desviada de su trayecto con respecto al resto de las Islas Canarias.

Agüimes ocupa en el corazón de nuestro poemario y en el de su autor un lugar muy especial, puesto que representa su segunda patria chica. En los versos a este bello municipio grancanario, como en el indicado “Canto infantil solidario”, es donde más se evidencia el magisterio inspirador del gran Tarajano. En Romance de Agüimes, Templo de San Sebastián y “Las caras del Aguayro” hallamos versos en los que, a pesar de la sencillez de sus formas, se destila una intensa querencia por la tierra que se habita y en la que se ha asentado el hogar familiar.

La sombra del maestro está más presente que nunca en Las caras del Aguayro, cuatro composiciones que representan un ingenioso juego lingüístico con el lector, puesto que toma de las tradicionales adivinas la asociación de los accidentes geológicos del macizo agüimense con animales. Consciente nuestro autor de que algunas analogías pueden ser complejas de detectar, complementa sus composiciones con fotografías del Roque Aguayro desde cuatro posiciones diferentes, las denominadas “caras”.

Estamos ante un pasatiempo lingüístico similar al que de niños solíamos realizar cuando veíamos las nubes y apreciábamos en sus aspectos figuras imaginarias que el viento terminaba deformando hasta que, desaparecidas, se transformaban en otras, como si en el cielo se proyectase alguna secuencia continuada de esculturas algodonosas. La ubicación de este entretenimiento literario obedece al propósito de que sirva de preludio al tercer bloque elemental de nuestro poemario, el primero de la página par de la tabla de contenidos: “De los amores”.

[Ir a la tercera parte del preliminar]

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