El “Ciudadano Yago” de Nacho Cabrera (3/3)

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Nacho Cabrera Gvedes: Ciudadano Yago (Mercurio Editorial, 2014)

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Versiones inglesa e italiana: Angela De Siena

Composición, recopilación y edición musical: Rubén Sánchez Araña

Fotografías (versión española): Víctor M. Muñoz Arocha

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo


[ir a la segunda parte del preliminar]


CIUDADANO…

El título es siempre determinante para mí. Siempre empiezo por él porque, de alguna manera, tengo que saber cómo se va a llamar la criatura. Luego, puede que cambie, pero necesito tener un nombre al que agarrarme.

En primera instancia, iba a llamarse En auxilio de Otelo. Sabíamos que todo el trabajo iba a girar en torno a un monólogo sobre la obra de la vieja bestia errante. En este sentido, no fue difícil determinar cómo se iba a desarrollar la obra, pues contábamos con el mejor actor para defender el texto, Miguel Ángel Maciel. Cada día me convenzo más y más de que es imposible imaginar a Yago al margen de Maciel.

Sigo. A medida que iba escribiendo la obra, percibía cómo se desataba una batalla interna entre el propio Otelo y Yago. En la primera versión, tuve que tomar una decisión en el cruce de caminos más jodido que nos planteó el texto: si escribíamos desde la perspectiva de Otelo, si lo hacíamos desde la de Yago o si, por el contrario, volvíamos a hacer el Otelo de siempre, pero contado por una sola persona.

Dejamos que fluyese la lectura original hasta que la intuición le fue dando voz propia a Yago…

(como el fantasma de un condenado que vuelve para reclamar justicia, pienso)

…, quien, a partir de ahí, fue libre para que el propio personaje se manifestara. Así nació el siguiente título: Yago.

Finalmente, nos acabamos decidiendo por Ciudadano Yago. No porque fuese, por sí mismo, un título atractivo…

(…y con atractivas connotaciones, como apunto al principio de este preliminar)

…, sino porque a lo largo de todo el proceso de escritura y creación se desencadenó una batalla sobre lo que históricamente se ha dicho de este personaje. Esto que nos condujo a la esencia del montaje.

Veamos: siempre nos hemos guiado por lo que el propio Shakespeare y el resto de los personajes de la obra original han dicho de Yago, pero nunca se ha atendido a la versión de los hechos del afectado, el referido Yago.

Atendiendo a lo que consideramos un derecho inalienable, surge en esta situación la necesidad de preservar los derechos y deberes de cualquier individuo ante un juicio y ante la opinión pública. Yago, así visto, deja de ser un personaje literario más de la galería shakesperiana para convertirse en un símbolo. Por eso quise que el concepto que encierra un término como “ciudadano” quedara patente desde el minuto uno.

Finalmente, que sea el público el que decida sobre la culpabilidad o inocencia de nuestro Yago. Nosotros no lo juzgamos, sino que le aseguramos el derecho de cualquier ciudadano a que tenga la oportunidad de defenderse.

Esta reivindicación de una justicia independiente, imparcial y competente surge en la esencia del texto como un grito desgarrador en un momento histórico tan convulso como es el que vivimos: una etapa en la que asistimos a un retroceso muy preocupante de los derechos civiles y, por extensión, humanos en Europa y, sobre todo, en España. Aunque sea aquí, en España, donde esta involución está siendo más dañina, pues representa la vuelta al fascismo soterrado de la derecha política y mediática, donde el ciudadano ha pasado de ser un poso de derechos y deberes a un sospechoso permanente al que se le recortan libertades.

El Yago de nuestro texto no es solamente un personaje, un hombre, una sombra; ni una posición activa para conseguir fines al precio que sea. Yago también son los que se han posicionado en el lado pasivo de la vida y piensan que lo malo pasará, como cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies a causa del terremoto. Yago es una manera de ver el mundo y una manera de actuar.

Hoy en día, Yago es la aplicación del pragmatismo en cada momento de nuestras vidas. Yago es permanecer impasible ante un desahucio, ante el robo del erario público pensando que es un mal menor, ante el acomodo de una justicia a la carta para que los de siempre y sus hijos se vayan de rositas.

Yago es una marca simbólica donde se refleja el desmonte de lo público bajo el pretexto de un mejor funcionamiento desde lo privado; es la contemplación pusilánime del infame trasvase de dinero desde la caja de todos a la caja de unos pocos. Yago es la degeneración de todos y cada uno de nosotros cuando nos empecinamos en trazar argumentaciones imposibles para justificar inverosímiles actos.

A pesar de todo eso, a pesar de la desgracia que supone esta imagen de Yago, los ciudadanos reconocemos en el personaje la igualdad de su condición con la nuestra; de ahí que proclamemos la “presunción de su inocencia” y hagamos una firme defensa de sus derechos, por muy atroz que haya sido su crimen.

En cada uno de nosotros anida un “Yago” que pugna por una salida silente y discreta. Por eso, nuestro objetivo no es otro que mostrar cualquier puerta donde el espectador pueda ver el letrero luminoso de exit, con independencia del espacio al que se llegue traspasado el umbral. Las puertas no son respuestas, sino preguntas.

Cualquier tipo de montaje de Teatro La Republica busca remover el interior del espectador y en Ciudadano Yago esta alteración de la tranquilidad proviene de la perturbación que debe anidar en la conciencia de los humanos cuando saben que la vida de un semejante está en sus manos.

Nos gustaría que cada uno de nuestros espectadores fuera consecuente con el derecho que este texto le otorga a la hora de emitir el veredicto final del espectáculo que acaban de ver. Debe tener en cuenta que el clímax de la representación no se halla en ningún final catártico o en punto álgido alguno donde se resuelva un nudo argumental, no, ahí no ha de hallarlo; ni tan siquiera en el posible placer de oír las palabras de Miguel Ángel y la música de Rubén, y premiar la audición con aplausos al finalizar el espectáculo. Tampoco ahí se encuentra la cima de nuestro Ciudadano… Quizás algo haya de ese punto culminante cuando, frente a la urna, deba emitir su voto de inocencia o culpabilidad. El apogeo de nuestro Yago está en la soledad de una reflexión sobre el voto emitido, fuera de los límites del teatro, bajo un techo donde mora la cotidianeidad. Ahí es donde la obra adquiere la fortaleza con la que ha sido compuesta a partir de una justa convicción. Ese es el auténtico desafío que nos hemos trazado: el ser una bomba con espoleta de retardo que debe estallar en el intelecto del espectador mucho después de haber contemplado la obra.

…LA REPÚBLICA

Detrás de la estructura social, cultura y de empresa que representa la compañía, hay una visión concreta de nuestro mundo y del arte teatral.

Teatro La República no es un nombre aleatorio que pusimos porque nos gustaba su sonoridad. No. Detrás hay toda una declaración de intenciones que va desde la Res publica romana hasta la visión más política y actual de confrontación con cualquier tipo de monarquía; contra la sinrazón de las monarquías y, con ellas, la lógica de la elección de los dirigentes que queremos que lleven las riendas de nuestro pueblo.

Teatro La República nació con un ideario perfectamente definido. Literalmente, la república es una forma de gobierno en la que el pueblo ejerce la soberanía directamente o por medio de delegados elegidos. También es un tratado platónico de filosofía política donde se expone un modelo de régimen ideal, a partir del análisis de las nociones del bien, la justicia y el alma.

Quizás, dentro de muchos años, aparecerá también en las enciclopedias el término de “La República” para referirse al grupo de teatro canario que trató de romper, en la medida de sus posibilidades, con un régimen dictatorial de cultura escénica, donde sólo se primaban determinados modelos que respondían a cánones preestablecidos y poco beligerantes con el “anestesiante” sistema cultural predominante.

El reto es ilusionante porque siempre ha sido ilusionante. El inicio se fragua en diciembre de 1995. En la soledad de los ensayos y de años de preparación en la oscuridad de distintas salas de trabajo entre Agüimes e Ingenio, surge La República. Nos guió entonces la misma idea que sigue presidiendo nuestra razón de ser: poner en escena, si no un teatro nuevo, sí, al menos, distinto. De esta manera, toman sentido para nosotros las palabras de Francisco Nieva en Nosferatu (1961) y que nosotros parafraseamos aplicándolas al hecho teatral canario:

Estamos en la Canarias fatal del expresionismo. Cientos de barrancos la cruzan irremisiblemente. Cielo de estuco abullonado. Patria de la mala ley bajo el orden. Urinarios góticos, teatros mesopotámicos y periódicos en el viento con noticias de política cubista.

En junio de 1997, La República estrena su primer espectáculo, asistiendo así al nacimiento de la única compañía de teatro contemporáneo en Canarias que, a día de hoy, sigue con una labor continuada en el mismo campo.

De nuestros orígenes conservamos casi todo: la rebeldía escénica, la osadía para afrontar textos de vitrinas, el descaro para jugar con el teatro que nos sobrepasa en peso y tamaño, etc.

¿Del porvenir? Del porvenir lo esperamos todo: lo malo y lo bueno, el éxito y el fracaso. Ni una cosa ni otra nos harán perder el norte. Seguiremos de frente mientras nuestro proceso creativo siga teniendo una finalidad y nuestras conciencias trabajen libres y sin intoxicaciones.

Muchas veces miramos el camino recorrido y nos sobrecogemos. Qué lejos queda el inicio y cuánto ha recorrido esta República, nos decimos; cuántas piedras sorteadas y cuántos pétalos recibidos, mas cuánta rabia e impotencia al contemplar que nuestro camino se halla rodeado de mar. Para las ansias de proyección que nos envuelven, qué corto ha sido el trayecto y, lo peor, qué corto nos parece que es.

La memoria nos reconforta con el recuerdo de los inicios en aquel lejano 1995 o con la participación, representando al teatro canario, en el Festival de Palma del Rio en Córdoba; nos agrada pensar en todos y cada uno de los buenos momentos pasados, el cariño recibido, el seguimiento entrañable de nuestros fieles, pero la nuestra, ante la vida, no puede ni debe ser una actitud contemplativa.

Por eso, nos aguijonea el alma muchas invitaciones recibidas que no fraguaron por culpa de la desidia institucional. Pienso ahora en una gira programada por Nueva York, Washington y Miami que nunca apoyó el Gobierno de Canarias; o la invitación del CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral) para recorrer todo el cono sudamericano, que también desechó nuestro máximo organismo cultural, y eso por señalar dos eventos importantes para la compañía y, por extensión, para lo que representa.

Y nos aíra ver en qué ha quedado el buen propósito que guió la sala de teatro “La República”, inaugurada el 23 de abril de 1998 con la idea y el espíritu de mantener un espacio permanente de encuentro de distintos grupos canarios. Un recinto este donde han actuado grupos de la Península, cubanos, chilenos, etc., y que, por causa de la desidia del Ayuntamiento de la Villa de Ingenio, hoy solo es un recuerdo de lo que pudo ser.

Pero, frente a las adversidades, la entereza de ánimo. Seguimos en la brecha fortaleciendo el trabajo directo con los mejores autores españoles contemporáneos: Juan Mayorga, Yolanda Pallín, Borja Ortiz de Gondra, Rodrigo García, Javier Yagu¨e, Itziar Pascual, Antonio Morcillo, etc.

El público en general y los que saben del quehacer teatral, tanto de nuestra tierra como de fuera de ella, tienen referencias claras sobre nuestra labor. La prensa de Canarias y diarios como El País se han hecho eco de nuestros trabajos; al igual que un buen número de revistas especializadas en cultura y en teatro, como Anarda, Disenso, ADE Teatro, Masteatro, Primer Acto, etc. Todas, en mayor o menor medida, son las mejores notarias que tenemos para dar fe del trabajo que hemos realizado a lo largo de todos estos años.

¿Que qué vamos a hacer? Que no quepa ninguna duda al respecto: vamos a seguir alimentando nuestro teatro con todas aquellas experiencias que provengan de la cultura y de todas las facetas artísticas a las que seguimos vinculados.

Desde esta atalaya donde se otea el, a veces, desierto panorama teatral de las islas, La República prepara entre horas de ordenador nuevos trabajos, nuevos proyectos que tarde o temprano saldrán de nuestros talleres para verse materializados en montajes que, esperamos, estén acordes a la calidad que de nosotros se espera.

También, desde esos mismos talleres, la investigación teatral y la búsqueda de nuevas formas y métodos de training aglutinan parte de nuestro esfuerzo, un esfuerzo creador que nos mantiene en vilo, en guardia, y que nos permite ser absorbentes a todo lo que nos sitúe de frente y en continua evolución. Nunca hemos perdido (espero y deseo que siga siendo así) nuestra vieja costumbre de dar una vuelta de tuerca más a nuestro cada vez más amplio currículo [La compañía teatral ha puesto en escena las siguientes obras: Chatarra (1997); Olé, torero (1998); Lista negra (1999); El hacha (1999); Dedos (2001); Cuando las mujeres asaltaron los cielos (2003); Nano (2003); NWC (No War Cabaret) (2006); Hamelin (2009); A quemarropa (2012) y la que nos ocupa, Ciudadano Yago (2013)].

El futuro de Yago se escribe ahora desde tu visión, mi dilecto lector. El Yago de Nacho, el de Teatro La República, vive en estas páginas una transición para convertirse en tu Yago y, con él, en la responsabilidad de juzgar los prejuicios que el tiempo ha sedimentado en el personaje como metáfora de una sociedad anquilosada en el propósito de evolucionar a pasos cortos para, luego, involucionar a través de grandes saltos.

Este Ciudadano Yago que nace en tu biblioteca también debe hacerlo en otros escenarios y con otras direcciones. Es normal que así sea, va en el género. A diferencia de los poemas o las novelas, que suelen mantenerse incólumes con el paso de los lectores (salvo, claro está, que a un inconsciente le dé por tunear un clásico), los textos teatrales son, por lo general, generosos en su disponibilidad para que sean llevados al escenario atendiendo más, en ocasiones, a los criterios del adaptador que a los del propio autor. Es normal que así sea («el teatro escrito como tal no tiene sentido; su último fin es la representación y la puesta en escena», dice Nacho); es normal, pues, repito, que para que perviva una obra teatral haya en los autores cierta voluntad de liberar su texto para que se amolde a la cosmovisión de quienes lo vayan a recrear a su manera para que perviva nuevamente.

Sobre ese otro Ciudadano Yago que espera, desde estas páginas, a revivir en otros escenarios a través de otras manos, Nacho señala: «Del mismo modo que cuando leo una obra con intención de montarla, lo primero que hago es borrar cualquier acotación o didascalia que me pudiera condicionar, yo le propongo a cualquier director que quiera y pretenda montar este texto que se sitúe ante él de manera libre y sin condiciones. Es, sin duda alguna, una experiencia muy enriquecedora el ver también cómo otros han interpretado tu obra y cómo se han posicionado ante los limpios renglones que en nada quedarán llenos de carne de interpretación. Lo único que le pido a ese director imaginario es que mire a Yago con ojos de juez imparcial, y que le deje expresarse libremente y sin ataduras. Que proponga mil variantes e infinitos argumentarios a ese público que, espero, llegue a este espectáculo lo más virgen posible».

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Última escena

España, mañana…


Véase: “Justicia en el Guimerá para el Ciudadano Yago” [en Siribariby | en Canarias Cultura]

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Categoría: Artes Escénicas, Biblioteca canaria de lecturas, Especiales, Geográfico, Gran Canaria, Humanidades, Literatura, Opinión, Victoriano Santana Sanjurjo

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