El valor de las cosas

“Adiós – dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien, sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”  (El Principito de Antoine de Saint-Exupéry)


No he tardado más de doce horas en sentarme a escribir esto que leen. En realidad, podría haberlo escrito en esta tarde de sábado festiva, mañana domingo o, quizás, a lo largo de los próximos días. Pero quería hacerlo ahora, cuando aún el paraninfo sigue incandescente y emitiendo lo que todos los humanos sabemos que tenemos y que sólo en determinados momentos y lugares se muestra desnuda, sin filtro: la increíble capacidad de solidaridad, la energía de un organismo global formado por múltiples organismos individuales…, la esencia humana…, en suma, el Punto ÁRGIDO.

Decía Abraham Lincoln que una gota de miel caza más moscas que un galón de vinagre. Y en esta dulce efectividad se encuentran dos de las horas más fecundas que haya vivido un servidor en mucho tiempo.

El previo prometía: la presencia de Arístides Moreno, Ginés Cedrés y Domingo Rodríguez “El Colorao”, junto con la Orquesta Universitaria Maestro Valle de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (OUMV), además de la inmediatez del Día de Canarias como excusa, ya eran suficientes. El motivo aportó la otra condición, la necesaria: el concierto iba a ser a beneficio de la Fundación Eidher, canalizadora de la lucha de Eidher para que en Boston se empiece a conocer el motivo de que en su ADN el cromosoma 3 se alterara y sufriera una trisomía parcial. Esto es algo que él no eligió, pero esta involuntariedad le ha convertido en el vórtice de una energía que se extiende más allá de nuestra tierra y que fundamenta eventos como el de anoche.

Si a esto se suma la colaboración desinteresada de mucha gente relevante (como el caricaturista Jesús Morgan; los compositores/arreglistas de talla nacional e internacional: Laura Vega, Marcos Pulido, Germán Arias, Ernesto Mateo, Víctor Landeira, Manuel Bonino, Blas Sánchez, Peter Hope o el propio José Brito; los técnicos de sonido: Hilario Benítez, Jesús Mendoza y Blas Acosta; y el escritor Alexis Ravelo), nada podía quedar por debajo de la expectativa creada.

No tenía que ser alquimia, en la que el oro sale de una aleación sin valor, pues eEl preciado metal estaba ya en el crisol, sólo faltaba la chispa y el calor para fundirlo.

Y comenzó el concierto.  El primer minuto nos hizo olvidar nuestra carga, “deslastrarnos”… Eidher se mostró en el regazo de su madre mirándonos desde aquella pantalla, diciéndonos y dejándonos claro que estábamos allí por algo, y que él nos lo agradecía muchísimo.  Esa mirada marca; les aseguro que marca.

La tradición llegó de mano de las imágenes del Rancho de Ánimas de La Aldea, mostrando en segundos una historia de siglos, un rito atemporal que pervive gracias a la inquietud de unos pocos.

El ritmo irregular de siete partes, presente en este rancho, es el leitmotiv de la obra de José Brito “Harimaguada”, creada como música incidental de un documental estrenado este 2015 en honor a Martín Chirino y con factura de Oswaldo y Víctor Guerra. Como música descriptiva, funde perfectamente diferentes escenarios sonoros, idealmente ordenados, en el que resalta sobremanera la presentación del tema ranchero aldeano en sonidos de flauta y cuerdas. Todo un descubrimiento musical.

El director de la OUMV, José Brito, se anticipó en sus palabras al agradecer a todos nosotros la asistencia, así como a los implicados en el desarrollo del evento, manifestando la suerte que tiene la citada orquesta de poder aunar y catalizar el esfuerzo desinteresado de tanto artista y colaborador y, al mismo tiempo, la fortuna de disponer de un público entregado.  La presentación de Alexis Ravelo, un escritor sobresaliente con gran desparpajo y soltura como conductor del acto, dio lugar al desarrollo del resto del concierto.

La “Rapsodia para Timple y Orquesta” de Blas Sánchez, de la que se estrenaron dos movimientos en el concierto, supuso la aparición en escena de Domingo “El Colorao”, el mago del rasgueo y del pizzicato.  Junto a la Orquesta Universitaria, interpretó el Rancho de Ánimas y Pascua. La percusión inicial de los miembros de los diferentes Ranchos activos aún enraizó con el pasado, con la historia, y los acordes de la guitarra y del timple también mezclaron creencia con existencia. Una obra para escuchar detenidamente en la que la sonoridad tradicional nos envuelve y nos ancla al terruño, a los ritmos irregulares en los que la intemporalidad encuentra su motivo.

El timple permaneció como protagonista con “Aires de Tambor”, una obra musical creada por el propio Domingo Rodríguez para su disco Aulaga y que sonó cristalina, pura, con una transcripción y arreglo de Marcos Pulido que dejó inteligentemente el espacio vital al timple y el arropamiento de una orquesta que siguió sonando maravillosamente con todas sus secciones al completo. El ritmo ternario, el rasgueo, el punteo…, todas las habilidades del timple en cuatro minutos de música de raíz.

La primera canción de la noche llegó con “Pacto de Amigos” de Los Coquillos, interpretada por Ginés Cedrés.  La visión de Laura Vega como arreglista fue increíble, con una reinterpretación (dirían los afamados seguidores de los programas culinarios actuales) de la introducción del “Danubio azul”. Laura lo lleva por donde quiere y se dirige al sitio que desea, con armonías novedosas sobre lo clásico, dejando paso a la voz de Ginés en un vals de dulzura para una canción en la que se pretende hacer un pacto con el diablo, si es que eso puede tener algo de almibarado.  En un excelente compás a cuatro partes, incisivo, vuelve toda la crudeza de la canción original y la propuesta de Cedrés de realizar el pacto toma forma.

Apareció en escena Arístides Moreno con una muestra de su visión aparentemente simple de las cosas, pero que rasga en los sentimientos humanos como quizás ningún otro lo hace. Su inédita canción “Alerta por Amor” avisa de lo acogedor que puede resultar el abrigo de un corazón y del amor para cualquiera de nosotros. Los segundos en los que versionó el tema de Bob Marley “Is this love” fueron sublimes, como lo fue también el arreglo de Manuel Bonino.

La segunda interpretación de Domingo “El Colorao” fue la “Saltona del Cotillo” de Blas Sánchez, incluida también en la “Rapsodia para Timple”.  Fresca y vitalista, de principio al final los dedos de Domingo pasearon por las cinco cuerdas a la velocidad del viento de Sotavento, pero con la ternura y belleza de una playa de El Cotillo, limpia… cristalina…

“Punto azul” fue la canción con la que Arístides Moreno nos dejó definitivamente tocados. En su pieza, referida a nuestro planeta Tierra, el “corsario de la biosfera” nos habló de este punto azul, de este mínimo dentro de un máximo que es el universo, y de que es lo único que tenemos.  La genialidad de Daniel Roca en la composición, además de dar forma a un arreglo sinfónico increíble, estableció una sonoridad para un hermoso rap en el que Arístides nos dice: “Soy la esperanza de que una humanidad consciente siempre avanzará…”. Así sea…

La posible urbanización y posterior paralización edificatoria en Veneguera de los años 90 fue el origen de la canción de Los Coquillos “Nuestra Casa”. La voz de Ginés Cedrés responde exactamente al dolor que se siente cuando se conceden licencias de construcción y otras para el desarrollismo desmesurado a costa de un territorio tan frágil como el nuestro. No existe arbitrariedad: cuando el beneficio económico supera al social, es premeditado, y ese “olor a metal” fue muy fuerte (y sigue siéndolo). El arreglo de Germán Arias fue solemne, casi épico, en la aventura que supuso la derrota de la incoherencia a favor de la preservación de un espacio, santo y seña de Gran Canaria.

En anteriores artículos he hablado y comentado mi opinión sobre el diamante y sus aristas por pulir que supone la Orquesta Universitaria. Anoche crearon otra cara brillante de su corta historia con una interpretación de “Sorondongo”, música tradicional arreglada por Peter Hope, que supuso uno de los momentos cumbres de la noche. La orquesta se entregaba nuevamente a su público sin solistas, en estado puro, como son. La obra resultó de una calidad increíble, con excelentes fagotes en inicio, velocidad y pulcritud en las cuerdas, y con un motivo central desarrollado por el oboe solista de una emotividad manifiesta. La reexposición fue ágil, creciendo en prestancia hasta el maravilloso final que Hope creó para esta obra, vibrante y enérgico.  El aplauso que el público ofreció a la orquesta fue la confirmación de que sentimos a la orquesta muy nuestra, que la queremos así, conscientes de su aprendizaje, pero con respeto y admiración por su trabajo, calidad e implicación.

Las folías han formado parte de la tradición popular del folklore canario. Llegan al alma desde sus primeras notas y acordes porque sabemos lo que expresan. La “Folía del Porvenir”, de José Brito, empezó diferente. Empezó con armonías no esperadas, no habituales en este género. Esta aparente situación de visión contemporánea se fue transformando a medida que el timple comenzó a mostrar acordes rasgados, encajados en la tradición, y que sirvieron de preámbulo para que la voz de Ginés Cedrés pusiera en el aire las letras creadas por Ramón García y José Brito para esta magnífica obra. En ellas se abarca toda una vida, desde el pasado hasta el futuro, con un presente por vivir y con un recuerdo siempre a nuestros predecesores, ya ausentes.  La folía terminó como empezó, con los acordes inesperados, pero con la idea de que lo que queda por venir será eso: porvenir.

La recta final fue el colofón a una gran noche, una fiesta.  Las veladas que se precian comienzan de menos a más; y, ya instalados en el “más” de todo el concierto, el “Borracho hasta el amanecer” fue también de menos a más.  Increíble adaptación sinfónica de Ernesto Mateo. Planteada como una balada, armónicamente desarrollada con todas las secciones, la voz de Ginés Cedrés nos recordó a la original, con frases recitadas y cantadas, y con la intervención del magnífico coro participativo en una embriaguez musical total. Tras mostrar la capacidad sinfónica de la orquesta en un tiempo lento lleno de melancolía, la vitalidad del arreglista al mostrar el ritmo de la canción original fue el detonante de la alegría.  Empezó en ese momento el “Borracho hasta el amanecer” conocido por todos, con un Ginés liderando las voces y un público entregado.

Tras agradecer a todos los asistentes e implicados en el espectáculo, con el detalle de la ilustración de Morgan del cartel firmada por cada uno de los tres artistas “árgidos”, llegó el momento final de “Felicidad”, con arreglo de Víctor Landeira. Aunque conocida por todos, volvió a reflejar el punto de vista humanista de Arístides Moreno al hablar de “esa cosita chiquitita y transparente”. Fue disponer de “Felicidad” en su grado máximo.

La Orquesta Universitaria Maestro Valle prosigue su línea ascendente, continúa mostrando aristas de una calidad que la hacen merecedora de su proyección a otros niveles, porque aseguran un espectáculo de calidad, entretenido y al mismo tiempo riguroso. Son estos conjuntos y proyectos los que precisan de apoyo real, no desde el “ni una mala palabra, ni una buena acción”. La calidad cultural de una isla como esta, e incluso de una comunidad como la nuestra, debe estar soportada por pilares, y uno puede ser esta orquesta.  A su nivel de proyecto social, el público no siente que malgaste el tiempo que empleamos en asistir a sus espectáculos; al contrario, agradecemos que durante esas dos horas nos aislemos y cambiemos nuestra situación hacia el placer y el disfrute.

Se comenta que la recesión ha terminado, que ya se atisba el final de la crisis.  Es cierto que ya las actividades culturales comienzan a resurgir en diferentes espacios creados en esta época austera, con nuevos proyectos sin la visión anterior de que todo ha de ser subvencionado, impensable con los recortes habidos. Ahora bien, la inexistencia de subvención no implica que el dinero público haya de ser malgastado por la propia administración y, sobre todo, en base al desarrollo de proyectos que implican saltarse y ningunear la producción local, de mucha calidad y de múltiples espectros y áreas.  La reciente publicación en prensa de la cancelación del musical “Evita”, dada la escasa venta de entradas, es congruente con no continuar con un proyecto al que se le auguraba una nula rentabilidad, pero el problema surge cuando desde el inicio se plantea disponer de estos espectáculos tan costosos para los que intentar que sean rentables implica un gasto de ciento cincuenta mil euros en este caso, desperdiciados, sin retorno.  Se debe hacer una política seria en estos aspectos, e igual que se apostó por traer ese espectáculo y la probabilidad inclinó la balanza hacia la cancelación, debe aplicarse el mismo criterio hacia la producción local, para las que el riesgo debe ser el mismo, aunque dudo mucho que proyectos locales dejen de poner el trabajo y la ilusión necesarios para triunfar y hacer rentable cada iniciativa.

Mi percepción de este Punto ÁRGIDO es que en muchas ocasiones se hace más con menos, y que una cosa es el precio de las cosas y otra su valor. Probablemente, el acto de anoche hubiera supuesto un desembolso importante para la producción del espectáculo, dadas las características materiales y artísticas presentes, pero cuando se habla de calidad humana, el precio deja de existir para transformarse en valor: un evento de este tipo es grande porque grandes también son quienes lo conforman, desde el público que asistimos a él hasta el elenco de artistas, colaboradores, arreglistas, compositores y orquesta.  Y lo de ayer fue, seguramente, un arduo trabajo de producción y realización, pero también supuso la alineación de todos bajo el abrigo que suponen las pequeñas manos de Eidher.  Como siempre ha reflejado Juanka, padre de Eidher, en sus múltiples apariciones y declaraciones, Eidher nació para hacer felices a todos. Su existencia da sentido a la reunión de voluntades del Punto ÁRGIDO. Su vida nos hace ver realmente el valor de las cosas.

Autor: Juan Crisóstomo

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Categoría: Concierto, Geográfico, Gran Canaria, Música

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