EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

Muchas son las leyendas y mitos de la antigüedad que se relacionan con las Islas Canarias en diferentes culturas. Entre todas ellas, merece especial mención el calificativo de Islas Afortunadas o Islas de los Bienaventurados, lugar donde, según la mitología griega, las almas virtuosas gozaban de un reposo perfecto tras la muerte a semejanza del paraíso en diversas religiones.

El Jardin de las Hesperides

A este lugar se le atribuía una ubicación muy concreta de difícil acceso para épocas pasadas: el océano Atlántico, más allá de los confines occidentales de Libia (nombre que la civilización griega daba al continente africano).

En la misma senda se han situado en nuestras islas otros lugares como la Atlántida y el que ocupa este artículo, El Jardín de las Hespérides, que autores como el poeta griego Estesícoro de Hímera (s. VI a.C.), el gran historiador Plinio el Viejo (año 23 al año 79 d.C) o el escritor Giovanni Boccaccio (1313 a 1375 d.C) sitúan en unas islas del Océano Atlántico situadas frente a la costa occidental de África.

Y una vez geolocalizado, centrémonos en el mito. Según la mitología griega, el Jardín de las Hespérides era un huerto mágico propiedad de la diosa Hera, donde los árboles daban manzanas doradas que otorgaban la inmortalidad a quienes las comían. Estos manzanos habían sido plantados de las semillas de la fruta que Gea había entregado como regalo por la boda de Hera con Zeus.

A las Hespérides, ninfas hijas de Atlas (gigante hijo de un Titán a quien condenó Zeus a sostener el cielo sobre sus hombros), se les encargó el cuidado de los árboles, pero Hera, desconfiando de ellas, también dejó en el jardín a un dragón de cien cabezas llamado Ladón, que nunca dormía.

Heracles, al que conocemos como Hércules, héroe griego hijo del dios Zeus y la mortal Alcmena, había ya ejecutado los famosos diez trabajos encargados por su primo, el Rey Euristeo. Realizarlos le había costado ocho largos años, pero Euristeo, influenciado por la malvada Hera, declaró nula la labor número dos -matar a la hiedra de Lerna (por haber recibido ayuda)- y la número cinco -limpiar los establos de Augías en un solo día (porque en realidad la limpieza la habían hecho los ríos que Hércules había desviado)-. Y en consecuencia, encargó al héroe dos nuevos trabajos: capturar a Cerbero y sacarlo de los infiernos y robar las manzanas del Jardín de las Hespérides, que los griegos situaban en los confines del mundo.

Hércules emprendió el viaje sin un destino exacto a través de Grecia. En Macedonia mató a Cicno, el hijo de Ares, para librar a los viajeros. Capturó y dio muerte a Halios Geron, el anciano dios marino que cambiaba de forma y apresó a Anteo, quien era invencible siempre que estuviese en contacto con su madre Gea, levantándolo del suelo y aplastándolo con un abrazo.

Pasó por Egipto, donde esquivó la muerte que le tenía preparada el rey Busiris y finalmente, encontró a Atlas, quién le reveló el paradero del mágico vergel.

Allí, una certera flecha lanzada con su prodigiosa fuerza desde la distancia, acabó con la vida del dragón. Sin embargo, decidió que no tenía motivos para acabar con la belleza de las Hespérides y optó por solicitar ayuda al padre de las ninfas. Le pidió al gigante Atlas que le trajera las doradas manzanas como presente para el rey, a cambio de lo cual él sujetaría la bóveda celestial en su ausencia.

El gigante cumplió el encargo de Hércules, pero no quiso volver a soportar su pesado castigo y se ofreció él mismo a regresar a Micenas y llevárselas a Euristeo.

Pero Hércules, más listo que el poderoso Atlas, volvió a engañarlo aceptando la petición del gigante, a cambio sólo de que le dejara colocarse un cojín sobre los hombros para evitar el daño. Atlas accedió a su deseo y sujetó la bóveda, momento que aprovechó Hércules para coger las manzanas y despedirse del gigante iniciando el camino de regreso a Micenas.

Según la leyenda, al morir el dragón Ladón, en el lugar en que cada gota de su sangre cayó a la tierra, creció un árbol de ramas retorcidas a imitación de sus cien cabezas. Estos árboles fueron llamados Dragos en honor al dragón y la resina roja que se desprende de su tronco es conocida como Sangre de Drago.

Daniel Romero Armas

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Categoría: Daniel Romero Armas, Opinión, Tenerife

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