El mentidero del tiempo

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El verano ha pasado y ahora leo “Vivir para contarla”, la autobiografía de Gabriel García Márquez donde cuenta el genial Gabo que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

No es el inmortal escritor colombiano el único que así piensa. Solemos los seres humanos vivir de nuestros vagos recuerdos y de la interpretación que hacemos de ellos y, cuanto más vivimos, más razones tenemos para fabular sobre ellos entre la neblina del pasado.

Hace algún tiempo, por razones que no vienen al caso, tuve oportunidad de visitar la sacristía de la vieja iglesia del siglo XVII en San Lorenzo. El cura nos estaba enseñando las reliquias que guarda el templo y me llamaron la atención unos curiosos escalones o asientos de piedra bajo una ventana situada en la esquina. Cuando le pregunté al sacerdote por aquello me dijo: “Ah, sí; eso es el mentidero, donde se sentaban las comadres o el sacerdote a ver pasar la gente por la calle”. Y siguió enseñándonos cálices, pinturas y esculturas que formaban parte del tesoro de la parroquia.

Algún tiempo más tarde pude ver otros “mentideros” similares: en casas de solera en Vegueta, Teror o Tunte e, incluso, observé uno en una casa solariega de la ciudad portuguesa de Sintra. Es decir, una de las ocupaciones de las familias acomodadas consistía en observar desde la semipenumbra los pasos de los vecinos por la calle, discretamente, para después ser criticados a modo. Los que no disponían de asientos apropiados bajo las ventanas de sus casas sacaban una silla a la calle, sobre todo en los días de calor, para observar al vecindario y enhebrar alguna que otra charla.

Hoy día casi nadie se sienta a ver pasar a la gente desde las puertas de la casas y, mucho menos, desde los mentideros de cantería. Nuestra curiosidad por la vida de los demás queda saciada por otro elemento de la novelería de masas: la televisión, esa ventana abierta por la que se nos cuelan todo tipo de acontecimientos y personajes.

Y allí se concentran los esfuerzos contemplativos de los mirones y comadres actuales. No faltan programas de todo tipo que alimentan las ansias por saber de la vida, milagros y miserias de nuestros conciudadanos. Es curioso comprobar cómo muchas personas saben más de la vida de personas extravagantes y de dudoso valor social, ético o moral que las de su propia familia.

Confieso que no tengo aparato de televisión desde hace casi cinco años y eso me convierte en un ser de otra galaxia o, al menos, de otro siglo. Empecé a resistirme a cambiar mi antediluviano aparato que todavía funcionaba con un haz de rayos catódicos por uno de esos de cristal líquido y pantalla plana a finales del siglo pasado. Ahora que los hay, no sólo planos sino también en Alta Definición, 3D, plasma, sonido envolvente con mil altavoces y no sé qué más maravillas, pienso que me he quedado atrás del todo y aquí prefiero quedarme.

Reconozco que tengo cuenta en varias redes sociales de Internet pero mi participación en ellas se reduce cada vez más, probablemente porque la euforia inicial se me ha ido disipando.

Mientras tanto, he seguido adoptando o comprando libros de segunda mano por doquiera que los puedo encontrar: a particulares, rastros, tiendas de libros usados o asociaciones de vecinos donde me conocen como cliente habitual.

El problema es que me temo que me estoy acercando a los límites de almacenamiento de libros en mi casa, por no hablar de mi capacidad de poder leerlos todos antes de que la parca me alcance. Aunque suelo ser selectivo, mucho me temo que debo racionalizar mi afición antes de sucumbir por ella. He leído recientemente que el sociólogo Amando de Miguel está vendiendo su biblioteca porque no puede afrontar los gastos de la hipoteca de su casa, la cual construyó a su medida (la de los libros, supongo).

De todas formas, sigo prefiriendo asomarme a las vidas de los demás a través de la literatura, sea como lector o como escritor, porque ni estoy dispuesto a comprarme una televisión ni a abrir una nueva ventana con asiento incorporado en la esquina de casa, aunque el único lunar que empaña este escrito es que todavía dispongo de cuentas en las citadas redes sociales. ¿Por cuánto tiempo todavía?

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Categoría: Antonio Cabrera Cruz, Opinión

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