Fito 2º

Foto portada del libroEran los años en que nos abandonaban algunos famosos de rock. Diego Talavera –hoy director del diario La Provincia- recuerda los artículos escritos en su página Música de Plástico, cuando murieron Bob Marley y Bill Halley –el creador oficial del rock & roll-.  La muerte de Fito pasó desapercibida casi por completo para los medios. Tan sólo, secciones como la citada anteriormente o alguna nota de conciertos en los mini suplementos de los fines de semana, en la línea del De Belingo o Evadirse que se publican hoy día. Diego recuerda que escribió un artículo titulado Pavana para un guitarrista de rock, dedicado a Fito. Recuerda también algunos conciertos en los que Fito se subía al escenario a tocar algunos temas con United, como uno muy aplaudido en Telde. “Encima de un escenario era algo fuera de serie. Luego te lo encontrabas en la puerta de los pubs con su guitarra, esperando para que le dejaran entrar. Al principio de los setenta tenía su propia banda, luego iba por libre, colaborando con casi todos los grupos”, recuerda Diego.

Un batería como Ernesto, de Prana, le recuerda muy bien: “Era un personaje que se cuidada muy poco. Se había quedado un poco colgado con todo el rollo del hippismo. En su banda había un batería muy bueno, Jorge Brito –un batería que recuerda a otro del momento-. Hacía temas muy psicodélicos, dejaba una nota en la guitarra y empezaba a distorsionar un buen rato”. (Jimy Hendrix debió de estar más en sus pensamiento que Eric Clapton). “Era uno de esos personajes –sigue Ernesto- que daban que hablar, incluso dentro del mundillo tenía un cierto halo especial. Fue de los primeros de los que se empezó a hablar dentro del mundillo como alguien especial, de culto. Vivía el rock y los mundos marginales que se asociaban con esta música. Entre los iniciados a veces se oían cosas como: `Oye, es que Fito tiene la nariz de plata’… Se hizo un Festival en el López Socas para recaudar dinero para su mujer –Fito no estaba casado (?)-y allí estuvo Prana”.

Fito no tenía guitarra propia, nunca tuvo una guitarra que fuese realmente suya, según la opinión de algunos que le conocieron (?). Se hizo famoso sobre todo con una Fender Stratocaster de los sesenta. Una joya. Y esa joya pertenecía a Jorge Brito, un batería de reconocido prestigio y con un alma muy grande. Es la guitarra que durante muchos años persiguió Enrique Mateu, según él mismo nos confiesa. Era un objeto sentimental para Enrique. Recuerda cuando en la paralela a León y Castillo por arriba, entre los Royal y San Telmo, teniendo 15 ó 16 años, solía pasear por aquella zona y siempre quedaba absorto por la música que salía de un local, del bajo de una casa terrera. Sentía una atracción por aquellos sonidos que empezaban a despertar en él su afición rockera.

Deambulaba y esperaba a que alguien entrara o saliera para compartir algo más que ese sonido que llegaba hasta la calle. Eso no sucedió el primer día, ni el segundo, pero sí más tarde, y entonces descubrió un local lleno de pañuelos de colores con un ambiente de incienso y unos músicos con los pelos muy largos y unas pintas que no eran muy habituales en la ciudad, a pesar de la apertura de la capital debida al turismo europeo. Allí descubrió por primera vez a Fito con su Stratocaster, la de Jorge Brito en realidad. Un mundo nuevo se abrió para él, que todavía estaba en el Instituto, y muy pronto montaría junto a sus compañeros de estudios, Tomohiro y Yohichi, su primera banda: Santana Internacional. Les encantaba Santana, y dos japoneses y un nacido en Londres eran algo muy internacional. Luego se les uniría Luis Lozano y aquello se convertiría en Key. Luis tenía todo un equipo de música y multitud de instrumentos y amplis –su padre estaba en eso de la música y el chico lo tenía todo, así que había que meterlo en el grupo como fuese-. En aquellos días le compondrían una canción homenaje a un músico que tras un accidente de coche se quedo inválido y acabó suicidándose, escuchando su música preferida con unos cascos. Su legado fue, entre otros, dejar la batería Pearl a los dos japoneses, y ellos, en un concierto en Lomo Blanco, le dedicaron ese tema titulado Respirando Gas. Se trataba de un escocés llamado Lee McGuiness.

Foto de Key actuando en Los Salesianos

Key actuando en Los Salesianos

Pero sigamos con la guitarra. Antes de que Fito muriese llegó de nuevo a las manos de Jorge Brito, y cuando Enrique se enteró quiso comprarla. Así lo hizo. Estaba en mal estado y la llevó a un luthier a repararla. Quedó casi como nueva, de tal forma que andando los meses Enrique se la enseñó a Jorge y éste dijo que había sido un error vendérsela. Enrique, ante el cariño y lo buena persona que era Jorge, se la tuvo que devolver. Eso sí, con la condición de que algún día la guitarra volviera a sus manos. Los años pasaron y siguieron caminos distintos, se alejaron Enrique y Jorge. Diez años más tarde coincidieron en la pizzería Arlequín y Enrique le interrogó sobre la Fender. La guitarra estaba disponible y Enrique quiso comprarla. A la hora de ponerle precio, entre amigos que no se veían en mucho tiempo, Enrique hizo una oferta muy elevada para que no hubiese discusión posible –era mucho el valor sentimental que tenía para él-. Ahí quedó la cosa. Enrique le envió un cheque por la cantidad acordada y Jorge se comprometió a mandarla a casa de la madre de Enrique al día siguiente. Jorge llamó para pedirle a Enrique que hablara con el director de su banco de modo que en vez de transferencia a su cuenta pudiera cobrar el cheque en efectivo, pues no trabajaban con la misma entidad. Así lo hizo y el cheque fue cobrado, pero Enrique le dijo que la guitarra no había llegado y Jorge quedó, de nuevo, en enviarla. Sin embargo, desapareció y Enrique no supo más de él. El tiempo volvió a correr y la investigación de Enrique sobre la guitarra siguió su curso. Al fin se enteró de que la Fender estaba en manos de Agustín, el bajista de Origen, que se dedicaba a restaurar instrumentos. Al ponerse en contacto con él se enteró de que a Agustín se le había inundado el local y la guitarra se había hecho trozos. Empieza entonces su nueva batalla sentimental: quiere hacerle ver a Agustín que moral y económicamente la guitarra le pertenece. Pero los restos tampoco estaban en manos de de Agustín que se los había entregado a otro músico. Después de una discusión entre amiguetes, los restos de la Fender vuelven a Enrique: sólo queda el cuerpo y las pastillas, pero éstas son lo más importantes para Enrique.

Con posterioridad, Kaelo del Río se interesa por la guitarra, pues es coleccionista y se dedica a comprar guitarras Fender a través de Internet. La quiere porque tiene una Stratocaster de la época pero con el cuerpo en mal estado. Y está en mal estado precisamente porque fue el propio Enrique Mateu el que instaló en la guitarra de Kaelo un compresor y un equalizador MXR a petición de otro gran guitarrista, Antonio Santos. Fuera por amistad o por sentimiento de culpabilidad, Mateu regaló el cuerpo de la famosa Strato a Kaelo. Las pastillas, al final, también se las regaló a otro gran compañero suyo, Luis Lozano.

Era un trozo de su vida que ahora está dividido, de su iniciación al mundo del rock y de la guitarra y de unión con Fito, un personaje al que todos los que tuvieron contacto con él han quedado de alguna manera marcados por su presencia y su música.

VICENTE MARTÍN ABREU 

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