“A coger higos iba…” y me perdí en el Pinar…

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Despuntando la mañana… es a eso de las seis, si no es antes, previa ingesta de un agua de cebada que a modo de café, pues ni chicos ni grandes acostumbran a tomarlo, quizás por el mito de los nervios…, que te despertaba con su aroma entre el grano tostado recién molido y el de la bruma que bajaba de las cumbres acompañado del olor que expedía el rosal de rosas blancas y apretadas… más grandes que mis dos puños y que no sólo eran blancas, sino hermosas y aperladas (decían que traído de La Habana) te brindaba sus olores en la mañana y placer visual cuando regresabas; si antes no te pinchabas con “la espina de señor” que estaba a su lado, repleta de mínimas flores rojas y que más tarde hizo de referencia mental cuando leí y escuché la famosa frase de “como gotas de agua en el océano”… pequeñitas flores rojas pero igual de tiernas y hermosas… y que como es sabido, ambas rosas y las otras se defienden con púas del posible agresor…

Las rosas blancas del patio de los abuelos, cerca del brocal del aljibe, lindando con la pariente “justicto” al lado. Donde divisabas una gran piedra, que pérfidas y místicas historias te hacían volar la imaginación… a pesar de los “ajundios” que en ocasiones escuchaba…

La pequeña cocina que en una ocasión casi quemo al virar la lámpara de aceite para encenderla en el fuego y la que armé con los vecinos que acudieron al ver las llamas… la prima Nena, la de María José y de Pancho; y es también con ellos, con quién compartía las tardes, bien echando de comer a los animales, y más tarde “echando la mañana” o en el atardecer con un inolvidable café que María José siempre tenía y que a mi se me entremezclaba con los olores de la arepas; que sin querer nos traía la presencia de los seres queridos allende los mares… allí… junticto al telar de sonido monótono, que junto al “trompo” del hilado, que más tarde lo vino a sustituir; como a tantas cosas por estas tierras, una especie de rueca o rueda, dicen que de la Europa del Norte… eso dicen…

Pancho, su enorme burra, sus lecheras, su perro, cuando regresaba del campo…con su sombrero marrón virado, y ese balango o espiga en la boca… Cuanto recuerdo su “arrechera”, la vez que partimos en guagua, desde el casino, camino a una manifestación en Valverde…y al parar en “la cuesta” y en la propia Isora… no subió nadie para ir a la protesta…”esta azofa siempre igual”… con cuanto cariño retuve su frase tan sencilla, pero preñada de un contenido y que de vez en cuando se me escapa… Recuerdas igual cuando caminando solo o con algún otro cuasi peregrino a la nada, siguiendo la ruta que comienza en las casas, donde está el gran Eucaliptos blanco (para mí tan místico, cuan tótem y sagrado…) caminábamos hasta Isora, en la comarca de Azofa… y la vista se nos perdía entre el miedo y los sueños de tan imponentes riscos, en las playas, y que donde mueren, levantaron un parador… de los más hermosos… pero como todo lo hermoso, siempre tan peligroso…

Y a vueltas…El postigo de la habitación, que permanecía entre abierto dejaba en la noche entrar una enorme luna que iluminaba todo el salón/estar/granero/almacén/dormitorio… y que mientras del colchón de baza… alguna se empinaba y clavaba, inmediatamente imaginaba que era la araña que andaba correteando por tus sueños.

Lo peor era esas tardes escuchando la novela radiada “simplemente” que tantas cosas, sentimientos y poses cambió en este país… y de la que recuerdo sobre todo el ruido simulado de los caballos al galopar que luego supe que se hacían estrujando por parte de los que radiaban papel celofán en unas ocasiones y con cáscaras de nueces contra la mesas en otras… Otra cosa era ver novelas o lo que fuere en las primeras televisiones del pueblo; como especie de cine forum particular, en Casa de María José, que fue de las primeras teles que por allí aterrizaron… La imagen te ahorraba imaginar (te castraba el ingenio), aunque lo mejor era la reunión… yo creo que la televisión era más bien la Excusa…

Apenas superada la primera década de permanencia en este mundo y ya habías transitado desde el norte sudamericano hasta el extremo más alejado de España o el más al sur de Europa según se mire. Que jodido eso del indiano. Y para colmo, el Municipio en ciernes más alejado…

Pero es que me pierdo cuando retornan los recuerdos y me olvido de la salida al campo… a lo de los higos… y que a gritos me recuerdan que tarde se nos hace y que si sale el sol perdemos la mañana, pues nos mata el calor… antes de salir, ella va por delante… yo vuelvo para atrás… es sólo para comprobar que en el palomar que reformó mi hermano Toño se encontraba la kíkara … gallina pequeñita que siempre andaba fajada “empollando” huevos o pastoreando pollos… por más que intentaba que no se escapara, siempre, siempre lo lograba. Llegué a pensar que era “maga” (por mágica) y que la tela metálica o las paredes traspasaba … Más bien sería mi abuelo, que camino del pajero o del baño –quién sabe- le concedía la libertad deseada… pues eso de estar “preso” como que por casa no se daba…

“Espintado” tras las huellas de Eusebia… mujer “pequeñicta” pero de paso ligero donde las haya… casi trasponía del Gusano y yo la venía a alcanzar poco antes de la plaza de Taibique; donde está la iglesia y el campanario…

Es que como ya me había avisado del destino: “el cercadicto”… ya el camino estaba dado. Pero yo por el trayecto me entretenía mirando cada piedra y cada pared, hasta el musgo… observando, por si encontraba, ya los tenía medio ojeados, los nidos de los “jabubos” entre las piedras o si me encontraba entre tanto “tránsito” con algún pariente o amigo que siempre algo preguntaban y a mi eso como que me gustaba… hoy dicen los expertos que son caricias psicológicas o unidades de reconocimiento… faltaba más oye…

Cuando echábamos por la derecha, que era lo más frecuente, si era muy temprano, en ocasiones nos tropezábamos con ese pequeño gran hombre que antes de limar moral para hacer chácaras… ordeñaba o yo que sé ni cuantas labores del campo hacía. Yo y sus hijos nos intercambiamos miradas… Luciano y hermanos… que siempre manteníamos distancias por lo del recién llegado.

Algún lobito te olisqueaba o algún podenco con el rabo entre las piernas… cuanta vida, cuantas movidas y casi no se había escondido la luna.

Al pasar el cementerio, no parábamos en la hoya… pues de regreso si era temprano nos acercábamos a la viña.

Ahora yo me situaba delante y rápidamente me sobrepasaba por el paso firme y raudo de ella que al mismo ritmo me demostró como con la misma intensidad el camino se hace más corto.

Pero si te entretienes por el camino, te pierdes, como que te cuesta más llegar. Pero es que yo en el fondo no quería llegar… porque a mí lo que me hacía feliz era el camino más que la llegada… por eso lo alargaba y lo alargaba… Ahora, cada vez que veo, escucho o me cuentan de algún gurú de la autoestima y el desarrollo personal entiendo muy bien lo que pregonan.

Eso del camino, unido a las vistas privilegiadas a la llegada a casa de los abuelos y que desde la curiosa batea, por encima del moral que mi amigo Andrés, con el que fui las primeras veces a la costa o ordeñar, el de las casas, y que le “porfié” que en el pueblo vendieran Pepsi… lo que decía: él acababa de podar el moral, me sentaba a mirar el barranco de la vieja, observando el sitio de mis padres en las Paredejas, con su majestuoso pino; compartiendo pared con Celia y Juan José… Aunque a mi lo que me interesaba más era descubrir si alguno de mis “compinches” andaba por la zona… para que rápidamente, después de “echar la mañana” con queso rallado en el gofio… unos tunos o uvas… salía de nuevo a los caminos para descubrir eso que en todas partes estaba…

NOTA: La primera vez que estuve en La Habana; magnífica como las rosas blancas, cuando aterrizábamos en el Aeropuerto José Martí, lo primero que vino a mi mente fueron las hermosas rosas aperladas, grandes como dos puños del rosal de los abuelos.

No es pasión, es simplemente ternura…

Foto por M. Martin Vicente: Ver original.

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Categoría: Canarias, Cultura Popular, Literatura, Opinión, Ramón González

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