Amor, arte y sociedad

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“La filosofía de los gobiernos es una filosofía de la necesidad:
todo es necesario, todo es obligatorio y los sueños de los hombres son imposibles”
A. Badiou.

Todo ocurrió en un cruce de caminos, bajo el sol de mediodía. El destino trágico del héroe se cumplió en una encrucijada polvorienta, cuando su espíritu se encontraba dominado por el irritante juego de los elementos, calor y sequedad. Esa es nuestra herencia, la necesidad. Pero ese camino de una sola vía llega a su fin y retornamos a un lugar donde la cultura de lo imposible ya no es posible. Iniciamos, por ello, una investigación sobre el porvenir, sobre lo no escrito y sobre lo posible, con la cita de un pensador revalorizado dentro de una actualidad sedienta de esperanza. Nuestro tiempo está condenado, una vez más, por imperativo existencial, a la lucha contra la maldición impuesta por el destino. Hoy, más que nunca, doblegarse no es posible. El cinismo y el conformismo postmoderno es un lujo que ya no podemos permitirnos sin correr el riego de sucumbir a una indolente autodestrucción.

¿Somos incapaces de pensar por encima de la lógica de la dominación?. Todo parece, o al menos, parecía indicar que sí, que era una posición inamovible. Pero esta trayectoria unidimensional tendrá que ser superada si queremos encontrar una alternativa al devenir de una sociedad enquistada en el intercambio compulsivo de mercancías, una obsesión que ha atrofiado nuestra capacidad crítica. Es preciso, por tanto, avivar la inteligencia y sensibilidad de los hombres para que pueda cuajar una decisión libre y comprometida con el desarrollo sostenible de la sociedad. La atrofia es tal que hemos interiorizado los mecanismos de dominación; una represión explícita no es necesaria para que nos comportemos conforme a lo que el sistema requiere para su reproducción. La publicidad invade cada rincón de lo cotidiano y estimula nuestro apetito insaciable de consumo con falsas necesidades cuya satisfacción no sólo no nos proporciona felicidad, sino que además este mecanismo garantiza la perpetuación de la dominación. Aparentemente, la razón, en tanto que razón instrumental, se encuentra hiperdesarrollada en “nuestro beneficio”. Entonces, ¿qué es lo que falla?, ¿por qué vemos crisis en lugar de cambio?.

Guy Debord nos despertaba del sueño complaciente de la sociedad del bienestar: “La sociedad está cada vez más enferma pero también se hace cada vez más fuerte, ha convertido el mundo en el entorno y decorado de su enfermedad”. El mundo está enfermo y nosotros perpetuamos esta enfermedad en la medida en que creemos en ella como un momento de la verdad. Creer que el mundo es así porque no puede ser de otra forma, es perpetuar su enfermedad. En consecuencia, en cuanto a seres humanos con capacidad de amar y crear, estamos en peligro de extinción. Esta crisis abarca todos los planos de la realidad humana: guerra, hambre, desigualdad de género, explotación, alienación… El cambio, por tanto, será global o no será porque mientras viva una persona bajo esta condición, que desprecia la dignidad humana más elemental, el resto no podrá ser feliz ni mucho menos libre. Esta tarea individual y colectiva nos pertenece si queremos ser dueños de nuestro porvenir. El capitalismo se está muriendo solo, sí, pero no acaba de morir. No podemos desesperar sino vislumbrar con claridad nuestras posibilidades para que, una vez aniquilado lo viejo, lo nuevo se oriente hacia la construcción del bien común. Es una oportunidad.

Corresponde a nuestra creatividad reinventar el mundo, de tal modo que despleguemos una alternativa vital proyectada sobre otros ejes cardinales. Podríamos, nada nos lo impide, concebir el arte y el amor como potencias transformadoras del espíritu y extraer todos sus componentes despreciados en la praxis social dominante. En un dinámica nueva el arte, lo ajeno a la razón instrumental, podría catalizar la apertura hacía una vivencia más sólida del gran anhelo, común a toda nuestra especie, de la única experiencia que puede mitigar nuestra conciencia de ser mortal y reconciliarnos con la existencia: el amor.

¿Qué pasaría si alimentamos nuestra inteligencia con un poco más de amor?. Amor en su sentido más profundo y complejo, ese que persigue lo bello y lo bueno en palabras de Platón, pero también ese que transforma y nos hace más capaces para enfrentarnos al mundo -más empáticos, más libres y más felices- porque construye un punto de vista común sobre la realidad a partir de la diferencia, como expone Badiou en su Elogio del amor. Ese amor nos permite superar la visión “única” y ampliarla mediante la alianza emocional con el otro, desde la que sería posible “construir una experiencia colectiva del mundo”.

En nuestra cultura el desarrollo desorbitado de la razón y la represión de lo femenino -otro componente oculto en el discurso oficial, reducido a un planteamiento numérico que rechaza la cuestión de los valores- han provocado una desconexión con nuestra esencia sensible, condenándonos a vivir desfiguraciones en un mundo de sombras que se comercializan. Esta represión de lo femenino es una construcción, creada y aceptada socialmente, nada inocente.

El egotismo tan representativo de nuestra época, tanto en su forma individual -la función del yo- como “a dos” -amplía el “yo” al “tú y yo”-, con todas los peligros que de él se derivan al no proponer un amor maduro basado en la diferencia porque la fusión en uno, propia del amor romántico, es el único vínculo que permite, organiza nuestra forma de comprender y proyectar la realidad condicionando nuestras relaciones. Ninguna de las formas de egotismo permite aunar un “nosotros” con el resto del mundo porque motiva el aislamiento. De ahí que no sea una forma de amor, como la que apunta Badiou, que permita construir una red colectiva desde la que se pueda catapultar un cambio social. Este encerramiento egótico en el yo impide la asimilación profunda de la experiencia, por eso nada penetra en nosotros, ni siquiera el resentimiento como potencia artística creadora, y nos quedamos en simple indignación. La vida no nos nutre y anhelamos un sentimiento hondo que nos transforme para elevarla a algo más que una sucesión de experiencias interesantes, pero en el fondo insuficientes. ¿Sólo podemos aspirar, en el mejor de los casos, a un “yo, tú y ellos”?”. ¿Somos incapaces de construir el ”nosotros”?.

Amor, Arte y sociedad

Imagen cedida “Desde las entrañas del volcán”

Existe un exceso de cultura y facilidad de creación, pero este entramado artístico, lejos de calar en nosotros, siembra una semilla que no termina de germinar. Lo mismo ocurre con el amor, del que estamos acostumbrados a ver múltiples desfiguraciones de un amor idiotizado que el sistema vende como saludable y la sociedad acepta. Pero entendidos desde una perspectiva ajena a los esquemas establecidos, el arte y el amor se convierten en elementos activos para luchar contra la cosificación del individuo y pueden proponernos conexiones nuevas a través de las cuales experimentar formas de conciencia con las que construir una relación alternativa con el mundo. Hoy el grueso del arte y del amor está embrutecido y su potencial revolucionario ha sido reducido al mínimo exponente. Sólo recuperando esa capacidad puede contribuir a la superación de las nociones que de ellos mismos tenemos, y sus conexiones, y que hemos adquirido en este sistema que nos constriñe.

El artista es para el arte igual que el amante para el amor, creador. El creador es capaz de ver con claridad una realidad que pasa desapercibida a los ojos del resto y liberarlos del peso de la necesidad. En ese sentido, arte y amor pueden romper con lo impuesto porque hablan en un lenguaje misterioso y salvaje que pone freno al aplastante dominio del mundo-mercado.

Amar para transformar y transformar para amar es un par que se retroalimenta y en cuyo centro se encuentra el arte. Pero si el par amor-arte puede emerger como elemento revolucionario, ¿por qué no ejerce tal poder en la sociedad?. Algo no encaja, tanto en el mundo -y sus relaciones de poder y debilidad-, como en el arte -y su función liberadora que conecta con el espíritu y se eleva sobre lo consciente-. Tal vez la concepción errónea y superficial del amor, del arte, de la felicidad y de todas las cosas, su esencia y sus conexiones, es la que nos condena a ser menos conscientes de sus posibilidades, que son nuestras, y por ello más susceptibles de ser dominados. Contrariamente a lo que pensamos, en un mundo ilustrado, coherente, racional y -hay que decirlo- realista, el amor y el arte se harían cargo de su función social y alumbrarían el camino de una sociedad construida por seres capaces de amar, de crear, de desarrollar su potencial, de autogobernarse y de alcanzar la soñada Arcadia, tierra prometida jamás labrada. Todo ocurrirá en un cruce de caminos, bajo el sol de mediodía. El destino trágico del héroe se tornará afortunado, cuando su espíritu se encuentre liberado
por el amor y el arte, convirtiéndole en creador de su porvenir.

 

*Imagen 1: retocada. Cedida por ‘Desde las entrañas del volcán‘. Ver Original.

 

Alejandra García López, más conocida como Arcadia en el reciente campeonato de improvisación literaria Luchalibro Canarias, es comunicadora audiovisual, guionista y escritora tinerfeña. Su vocación es la escritura y su interés la cultura, una vía que cree fértil para levantar la tan ansiada utopía en proceso de construcción a la que nos dirigimos. Comparte sus intereses sobre mitología, nuevas filosofías críticas, arte y lo femenino en su experimento-blog “Desde las entrañas del volcán”.

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Categoría: Alejandra García López, Opinión

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