En el “Caleidoscopio” de Julio Pérez Tejera – 4/7

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Julio Pérez Tejera: Caleidoscopio (Mercurio Editorial, 2013)
Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo.


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Relato 2: Juan Caballero

Narración breve: dos páginas (81-82).

Juan Caballero forma parte de esa estirpe de hombres grandes en dimensiones, grandes en fortaleza y grandes en el pragmatismo con el que se destilan los quehaceres del día a día. En la Canarias de mi infancia conocí a muchos de ellos, pues formaban parte del sustrato popular que componían las llamadas gentes del campo.

Este personaje literario me recuerda a mi abuelo paterno, José Santana Santana, conocido como Navarro, uno de los tantos cosecheros-exportadores que hubo en Telde entre la década de los sesenta y setenta del siglo XX. De él siempre oí anécdotas, a caballo entre el relato veraz y la leyenda, relacionadas con su proverbial fuerza: algunos me cuentan que desplazó a un burro que no quería moverse de un sitio a otro levantándolo del suelo; otros, que acoquinó a un toro que había embestido un coche amarrándole los testículos con una soga y tirando hasta que se rindió el animal; y no faltan quienes trabajaron con él y cuentan cómo era capaz de cargar sobre sus espaldas lo que dos hombres fornidos podían transportar.

Con cuatro retazos, Julio logra construir a ese “Juan Caballero” que, como mi abuelo y como tantos coetáneos suyos, eran hombres de pocas palabras (solo dice las justas y necesarias) y que hacían uso de la lógica en su manera de resolver los conflictos:

[…] -¿Cuántas espuertas de tierra harían falta para rellenar la montaña de Las Palmas si se derritiera?

Y Juan Caballero, sin que se le mueva en la cara otra cosa que la boca, responde:

-¡Hombre…, siendo la espuerta tan grande como la montaña, con una basta! […]

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Relato 3 (83-87): Isla intestina

Tras la primera lectura, uno no puede evitar dejar de tener presente que Julio es un profesor de Formación Vial.

Estamos ante una magnífica metáfora de las carreteras y los coches que circulan por ella. Pero no cabe aquí una visión tan simple del relato. A la metáfora inicial (carreteras versus intestinos) cabe una más profunda: carretera versus vida… La célebre metáfora manriqueña de la vida como río cabe reescribirse con esta nueva imagen.

Hay que destacar la encomiable capacidad del autor a la hora de trasladar su observación sobre las múltiples intrahistorias que confluyen en un lugar concreto del tiempo y del espacio, y que nos envuelven.

[…] De pronto comprendo que soy material de desecho. He abandonado ese interminable intestino de la carretera. No sé por qué recuerdo aquella frase: “Donde está el cuerpo, está la muerte” y a la vez pienso: “Donde está el cuerpo, está la vida. Soy todo lo que preciso para ser feliz o desgraciado y, cuando digo nosotros, abro las puertas de un amplificador sobre el infinito, para bien o para mal.” ¿A dónde me lleva entonces la carretera? ¿A qué tanto ir y venir? Camino alumbrándome con el reflejo de una luna tímida que asoma entre nubarrones y me embarga la alegría de sentir cómo los músculos de mis piernas se mueven. Y me desplazo, a una velocidad deliberadamente lenta, disfrutando de cada movimiento, como en una danza o en un ritual, sabiéndome parte del universo. ¡Estoy vivo!

 A medida que se avanza en la lectura, la carga de profundidad conceptual del texto aumenta, convirtiéndolo en toda una declaración de principios sobre lo que somos y la posición que mantenemos con nuestra realidad y el mundo al que pertenecemos. Se es uno entre un montón, sí, pero uno siempre en su singularidad.

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Relato 4 (89-90): La ciudad de la bruma

Es este un texto muy descriptivo en el que destaco la identificación entre el beduino y el visitante en el marco de un espacio como el del desierto. Una identificación que me ayuda a consolidar el mensaje de “Isla intestina”: «Todos somos todos en el tiempo y el espacio».

Me gusta mucho la idea de la bruma como elemento de confusión, como gran mezclador de condiciones y situaciones. En la bruma, como en la noche, como ante la misma muerte, todos somos iguales o todos podemos ser identificados con todos. La realidad del beduino, la jaima, el desierto…, tomando como referencia “La ciudad de la bruma”, se muestra como un sueño, un espejismo o un simple pensamiento transportador sobre la base de esta analogía de igualdad.

[…] El último león del desierto rugió con todas sus fuerzas y derrumbó la ciudad que quedó convertida en estas montañas que vemos. Por eso los beduinos vivimos en tiendas, preparados siempre para salir huyendo cuando aparece la bruma que, en los días de sol, trata de atraparnos con reflejos de ciudades y oasis inexistentes para adueñarse de nuestra sangre. […] El camino de regreso se pierde delante en la arena. En el espejo retrovisor, el beduino y su jaima también han desaparecido. El sol cae envuelto en una nube roja […]

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Relato 5 (91-95): La cámara

Narración muy bien trazada (engancha su lectura), con final sorprendente y con referencias topográficas (Carrizal, El Burrero…) muy concretas que permiten a los lectores de la zona que podamos identificarnos con la trayectoria de un relato muy verosímil; tanto, que la frontera entre literatura y reportaje periodístico o crónica de un suceso a veces se confunde.

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Relato 6 (99-104): La voz del espantapájaros

Sin duda alguna, es uno de los grandes relatos de este libro (para mí, todo un “primus inter pares”) y un ejemplo claro de la presentación de una realidad mágica en la narrativa de Pérez Tejera. No hablo de la expresión “realismo mágico”, que no es ajena, por otro lado, a determinadas escrituras de Julio, sino de “realidad mágica”; o sea, aquella que logra captar en la cotidianeidad, en el runrún del día a día, la excepcionalidad, la melodía, y le concede a lo percibido una entidad propia: un objeto, una situación, un pensamiento…

Al más puro estilo del unamuniano San Manuel Bueno, mártir, un espantapájaros dialoga con el lector (aunque parezca que el suyo es un soliloquio) sobre su condición, su razón de ser y lo que observa a su alrededor; y lo hace a partir de una cosmovisión basada en cierta congoja existencialista que se sustenta en la palabra, la capacidad para gestarla y expresarla; y la conciencia (realidad mágica) de su imposibilidad para hablar, aunque sepa quién es el receptor de su mensaje:

[…] Es cierto que ya no soy el de ayer y, por tanto, tampoco el de mañana, pero no es menos cierto que éste de hoy no sería posible sin el que fui. Y, creo que a los humanos debe ocurrirles lo mismo, aunque no parecen darse cuenta, porque, a veces, se les ha escapado algún suspiro y hasta una lágrima, hablando de algo que sucedió. ¡Ah, las lágrimas! No acierto a entenderlas muy bien. Yo sólo he sentido resbalar por mi cara la tarosada y, en las mañanas frías, no siempre resulta agradable. A ellos también parecen molestarles porque, tan pronto surgen, se apresuran a secarlas y a esconder la cara entre las manos. Si pudiera hablar me gustaría preguntarles cuál es el origen de las lágrimas. Bueno, ¡me gustaría preguntarles tantas cosas…! Pero esto no pasa de ser una ilusión. […]

Me gusta muchísimo el dualismo que en el desarrollo de la historia ofrece la lucha entre lo tecnológico, lo actual, y el uso de artilugios tradicionales. La conclusión es que el hombre, en su propósito de ayudar, empeora las cosas, pues no cesan sus actos (voluntarios o involuntarios) de ataque a la naturaleza. En un determinado momento de la lectura, se puede leer esta aplastante deducción:

[…] Comenzaron a esparcir, aquí y allá, unos polvos azules y, con una máquina que llevaban colgada a la espalda, metían no sé qué en los agujeros del majano y las paredes. Sólo un par de días más tarde entendí a qué se dedicaban: ¡Mataban bichos! ¡Y eran Especialistas en Biosistemas! Yo los habría llamado Especialistas en Necrosistemas. […] Las moscas y los mosquitos habían desaparecido, pero las alpispas morían frente a mí, sin razón aparente. Un cernícalo bajó en picado para atrapar un ratoncillo que andaba, medio atontado, entre los surcos. La presa era fácil y el cazador la inmovilizó con sus garras, miró en todas direcciones hasta sentirse seguro y comenzó a comer. Todavía no había acabado cuando cayó de modo extraño hacia delante, desplegó una de las alas y abrió desmesuradamente el pico como si quisiera lanzar un grito que no se escuchó. Se incorporó de nuevo y se arrastró dando tumbos hasta que llegó a mis pies, donde quedó inmóvil. Estaba muerto. Ahora lo comprendía. ¡Aquello que habían sembrado en toda la finca era veneno! […]

La primera frase que escuchó fue reconocida por el personaje como “la voz de mis sueños”, lo que viene a situar la capacidad lingüística como una circunstancia nacida de lo onírico; como un deseo más que como una realidad, como algo involuntario…

[…] ¡La voz de mis sueños! Esta fue la primera frase que escuché en medio de la noche. Iba a decir –ahora sí– que sentí un estremecimiento, pero tampoco tengo corazón, ni nervios y no sabría cómo expresarlo. Bastaba con dejar escapar los pensamientos para que el aire los llevara hasta la boca, donde las hojas se encargaban de darles cuerpo sonoro […]

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Relato 7 (107-110): Domingo Cabrera

Un texto con un perceptible aroma a los de Rulfo y García Márquez, y a los del Víctor Ramírez de Nos dejaron el muerto. Dentro de la obra que nos ocupa, se sitúa en el mismo universo narrativo que “Tú no te acordarás” y “Juan Caballero”. La presencia de un nombre propio en el título determina una marca de identidad de la persona con sus hechos.

Extraordinario manejo del tiempo narrativo: sobre la base de un entierro real, se cuenta la ficticia muerte del que ahora es el propio difunto, un tal Domingo Cabrera que llega un día a casa de los padres del narrador.

El final debe servir de aperitivo para ti, mi dilecto lector:

[…] Esta tarde, el cielo está encapotado y, mientras parece que el mundo se va a hundir en agua, nosotros acompañamos a Domingo Cabrera, que esta vez se murió de verdad, al cementerio de San Gregorio. El cortejo avanza entre el resplandor de los relámpagos y el retumbar de los truenos, y mi padre, renqueando a mi lado por los años ya, me dice por lo bajo: «¡Vaya fiesta le están haciendo allá arriba!» […]

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Relato 8 (111-114): Cheo

Dentro del género de las églogas renacentistas, centradas en su mayor parte en lo pastoril, hubo una línea de composición cuyo entorno inspirador no era el campo, sino el mar, y que se conoció como égloga piscatoria. Los pastores predominaban en las primeras; en las segundas, los pescadores.[2]  Pues bien, dentro del marco labriego de corte autóctono, folclórico… que se puede hallar en la obra que nos convoca, “Cheo” representa la concesión de Pérez Tejera al mundo del mar y de los pescadores.

Aunque el narrador sea un niño, no es este “Cheo” un relato infantil, si por tal hemos de entender aquel que se adecúa por su temática y desarrollo a los niños. Al poco de empezar, esta circunstancia ya queda clara:

[…] Yo sé que a ella no le gusta que la llamen así, porque, cuando alguna vez se me escapa, me grita: «¡Hijo de puta! ¡Encima que te mantengo mientras tu madre anda en casas de tapadillo! ¡Te voy a partir la boca!» […]

Este es un relato-crónica de cualquier presente que, más que duro, es inquietante, pues da en la clave de todas las angustias que noche tras noche azotan en los corazones de quienes ven salir a la mar a los suyos; una preocupación esta que, por otro lado, suele ser ajena a las de los labradores de tierras. De ahí la excepcionalidad de este muy recomendable texto.

Por otra parte, y dejando al margen el contenido, esta narración me ofreció un punto extra en la valoración de Julio como contador de cuentos, pues me expuso la enorme capacidad que atesora para acercarse al mundo infantil de manera madura y sin concesiones a la ñoñería. Sabe cómo darle a la narración ese matiz de humor[3]  que, según Roal Dahl en su célebre “Racha de suerte”, es esencial cuando se escribe para los niños. En este “Cheo” para adultos se percibe el don del narrador para acercar una historia a un no-adulto creando una atmósfera de lectura confortable por entrañable. El comienzo es una buena muestra de lo que señalo:

El otro día, Ramiro, el guardia, me dijo que yo me llamo José y yo estoy por creer que no sabe lo que dice porque todo el mundo me llama Cheo. También es verdad que algunos me llaman Pepe, otros Sene, pero el único que me llama José es Ramiro. Yo creo que Cheo está bien. Sobre todo, porque Bernabé me llama de ese modo. Bueno, me llamaba, porque hace unos días que salió a pescar con el barquillo y La Guapa anda desesperada diciéndole a todo el mundo que a Bernabé debe habérselo tragado la mar. La Guapa es la mujer de Bernabé y yo no entiendo muy bien por qué le dicen La Guapa. Si les digo la verdad, a mí me parece más bien fea, pero la gente, con eso de los nombres, anda siempre jugando […]

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Relato 9 (117-122): El huerto de las higueras

Este es uno de los textos ambiguos que señalé al principio de estas anotaciones, pues fluctúa entre la consideración de texto anecdótico y de texto metafísico.

Relata un encuentro del narrador con un hombre y cómo la conversación que mantienen, sobre el telón de un huerto de higueras, gira en torno a cuestiones familiares entroncadas en el universo narrativo ya señalado para “Tú no te acordarás”, “Juan Caballero” y “Domingo Cabrera”. Para el texto que nos ocupa, esto se verifica en la presencia de un entorno geográfico enclavado en el sureste grancanario[4]; en la concepción familiar del protagonista:

[…] Yo quería un hombre que me ayudara en la tierra. Cuando le nació la más chica estuve una semana de farra en casa de las mujeres que fuman y el último día vine a rondarla con un par de ellas, como desagravio, pero calculé mal, porque a consecuencia de eso no quiso saber más de músicas […];

o, entre otros nexos, en el tratamiento de situaciones risibles:

[…] En una ocasión, se amuló con la mujer y se colgó por el pescuezo de una de las higueras del huerto y me le partió un gajo. Cuando le dije que por qué no se había guindado de otro árbol más fuerte me contestó: «¡Ah, sí! ¡Tú lo que quieres es que yo me ahorque!». La suerte de él fue que me cogió ya viejo porque, si no, no me hubiera quedado con las ganas de darle un jigo […]

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Relato 10 (123-124): Obcecado

Lo primero que me llama la atención es la dedicatoria del relato a Fernando Ojeda Pérez, a quien también se le dedica la primera composición de la Antología poética de nuestro autor que contiene este libro, la titulada “Cuaderna vía”. Me llama la atención porque me reconforta la idea de que Julio aprecie como yo a este gran hijo de Telde, una excelente persona y un sobresaliente intelectual.

Este es un relato adscrito a lo que ya apunté sobre realidad mágica: algo tan cotidiano como una gota de agua adquiere en las palabras taumatúrgicas de nuestro autor un rumbo trascendental en el que se logra la proyección del hombre hacia los elementos que, en apariencia, son irrelevantes:

[…] Trato de verla con más detalle y mi rostro deformado aparece también regado por el suelo, repetido tantas veces como lo ha hecho su diminuto cuerpo. La división de lo simple produce lo simple, lo que no simplifica las cosas. Pero ella vuelve una vez y otra, no sé si para provocar mi desasosiego, porque le divierte lanzarse al vacío de aquella manera o porque su destino es precisamente ese: dividirse hasta la saciedad (curiosa coincidencia) […]

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Relato 11 (125-126): Carta a don Augusto

En esta epístola a Monterroso (se presupone que es este autor porque se reproduce al principio de la narración un texto suyo, el microrrelato más célebre de la literatura en lengua española: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), nuestro autor traza un magistral juego de vínculos entre lo que somos y nuestros orígenes biológicos. En él se concluye que no podemos librarnos del principio que nos constituyó, pues formamos parte una misma cadena.

[…] Cuando descubrió aquellas descamaciones en su piel, recordó las cacerías de lagartos de su infancia y, cuando los médicos le dijeron que se trataba de una psoriasis, de un desorden en el crecimiento de su epidermis, creyó que su cuerpo estaba trabajando para devolverlo al estado de reptil primitivo que, posiblemente, había sido en otro tiempo. […] Recordó haber leído que la especie humana conservaba en su estructura encefálica una cierta similitud con la de los lagartos, más desarrollada en el varón, lo que explicaba, según el texto, una mayor agresividad del hombre frente a la mayor dulzura del carácter de la mujer. Vértebras abajo, se le hizo presente la cola del coxis, inútil y escondida, como una vergüenza de los tiempos oscuros. […] Pensó en el líquido amniótico y en ese mar de donde fueron saliendo extraños seres escamosos que se arrastraban zigzagueantes o avanzaban, impulsados por rudimentarias aletas, sobre la tierra todavía húmeda […]

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