Vida sin tregua – 3/3

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…Vida sin tregua (1ªparte)

…Vida sin tregua (2ªparte)

Vida sin tregua (3ªparte) – Un relato de Sergiodoshaches

Y, súbitamente, experimentó una oleada de euforia desbordante. Empezó a bracear y a gritar como un demente. Cumpliría su sueño, o moriría en el intento. Nadó con ansia y, mientras lo hacía, pensó que llegar a esa playa era la culminación de una ilusión, pero también una obligación. Por él mismo, Samuel Diop, porque lo merecía, sin más. Para honrar a los que no lo consiguieron. Como tributo a su querida madre, con su cara surcada de arrugas, cada una de ellas testigo de una lucha en un país sin suerte, casi siempre sin victorias. Nadó por su segunda madre, su amada patria, Senegal. Y nadaba y rezaba a la vez por regresar algún día, para verlas a ambas, de nuevo. Nadó por sus amigos muertos en sus odiseas personales; por su abuelo, maestro de la vida, y su inseparable pipa de fumar, que desprendía aquel olor a tabaco que llenaba las noches de su infancia en Dakar, en la mísera choza familiar. Por su carismático e histriónico profesor de español, que le inculcó el gusto y la curiosidad por la lectura y las historias fantásticas, que le enseño a soñar despierto. Por su fiel perro Diouf… y por su dulce María, por su sonrisa… oh Dios, su sonrisa… María N’Diaye, su amiga, amante, compañera y musa, a la que el océano Atlántico se llevó para siempre, reclamándola para sí. Samuel lloraba mientras avanzaba. En su rostro, las lágrimas, diminutas mensajeras de la tristeza, se fundían con el agua del mar.

Y fue así como Samuel empezó a sentir que en su consciencia se abría paso una oscuridad sin nombre. A medida que se acercaba a aquella tierra blanca, una suerte de pensamientos cada vez más lúcidos rivalizaba con los recuerdos de sus seres queridos. Le gritaban, con la fuerza de un coro de plañideras enfebrecidas que ese lugar soñado, Europa, no le iba a proporcionar consuelo, tregua, ni paz.

Samuel abrió los ojos. Frente a él, la noche. Llovía a cántaros, y hacía frío. Las noches de París son gélidas y Samuel pensó que todas sus luces, que dan a la ciudad un aspecto de cuento de hadas para enamorados, no dan calor al alma y mucho menos a los huesos. Descansaba acurrucado y derrotado bajo uno de los arcos de la fachada del teatro Châtelet. Se sobresaltó al ver una pareja de gendarmes cruzar la calle. Entraron a un pequeño bistró, sin duda para tomar alguna bebida caliente. Una vez que consiguió relajarse, pensó en su llegada a Europa, hacía un año ya, y su odisea hasta llegar a su destino. Desde Tenerife, en las Canarias, hasta Francia, para ganarse una vida y mantener vivo el recuerdo de su esposa. Con un esfuerzo titánico, se puso en pie, aterido de frío y comenzó a caminar, sin consuelo, tregua, ni paz.

 

Vida sin tregua 3_interior

Ilustración: Víctor Jaubert

 

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