El Museo Canario

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En este agosto raro, de calores caribeños, tormentas perdidas y lunas brillantes, echo de menos las medusas en la playa y la habitual panza de burro que cubre la ciudad. Entre margulladas lentas y sesiones de Tai Chi intento ponerme en la forma física que tolere mi cuerpo pesado, bien cumplido ya el medio siglo, mientras llega la inspiración que me permita concluir la novela que me quita el sueño.

Agoniza este “ferragosto” a la orilla del río Tíber Guiniguada, cubierto de asfalto y hormigón, y me acerco una mañana de éstas a lo que fue el palmeral donde se fundó la ciudad del Real de Las Palmas. Tengo nostalgias que recordar y calles que recorrer, esquinas de besos furtivos y pasiones vitales que son memorables.

Me camuflo entre los turistas que transitan por las calles de la Vegueta, vestido de pantalón corto con bolsillos de explorador urbano, camiseta sin marca, chancletas de paseo y cámara de fotos en ristre, vagando junto a mi esposa, mirándolo todo con ojos ajenos, prestados, queriendo ver mi ciudad casi como un extranjero, como forastero, lustrando recuerdos, restaurando la memoria, reconstruyéndome al paso lento, medio guiri, medio isletero.

Hace calor y el cielo muestra un azul profundo, limpio de la turbidez del alisio. Parece que estuviéramos en el tardío verano de octubre y no en agosto. Cae la sombra huidiza de los balcones sobre los empedrados ardientes, bajando la sensación de calor a los caminantes según se aproxima el mediodía, mientras una brisa suave sube desde la mar que se intuye al final de las calles abiertas al naciente.

Vemos grupos pequeños de turistas que vagan entre las calles con mayor o menor tino, unos provistos de guías de papel, otros armados de artilugios electrónicos, algunos buscando asiento en locales de caña y tapa, unos pocos acertando con un magnífico restaurante francés de la plaza de Santa Ana.

Entre el tráfico de turistas alguna amable señora nos brinda ayuda -al vernos perdidos buscando una casa que ya no existe- como si no supiéramos que el antiguo colegio Viera y Clavijo cayó víctima de la ignorancia para que hicieran un “no-sé-qué”  de hormigón sin ventanas en su solar o que la casa de la ventana medieval en la esquina de la calle de la Pelota está vacía como el alma que la limpió.

La mirada en un patio colonial con frutos de aguacate pendientes de las ramas y un estanque con nenúfares y el ruido del agua, me reconcilia con los habitantes de un barrio que ha ido languideciendo entre propietarios que han descuidado sus tesoros y unas autoridades municipales permisivas para ignorar cómo se abrían techos y ventanas para que los elementos, las palomas y la carcoma erosionaran nuestro patrimonio.

Este turista sensible paseaba con ánimo agridulce por el corazón histórico de su ciudad natal, maravillado por fachadas y balcones, por la cantería de basalto, las gárgolas de algunos vierteaguas,  la sobriedad de iglesias y palacetes, dormidos desde hace tiempo, esperando algún amanecer donde la mayoría abra los ojos antes de que sigan cayendo vigas y teas.

Entramos en el Museo Canario sabiendo que hordas de bárbaros sin alma habían volado horas antes el templo de Baal en Palmira, después de decapitar a su conservador, héroe en su tragedia. Me recordé imberbe a los veinte años cuando conocí a Jesús Cantero Sarmiento, coordinador entonces de la Comisión de Arqueología, dándome la bienvenida en los locales de la calle Santa Bárbara y al mundo de los aborígenes canarios, a la amistad, las investigaciones de campo; pero también a las intrigas y traiciones -aunque ello sea parte de otra historia que alguna vez contaré.

Le hice de guía a mi mujer, explicando lo que la centenaria institución no explica. Después de años de ausencia el Museo parece detenido en el tiempo. Casi nada ha cambiado desde los años noventa del pasado siglo: las maquetas, los textos escritos a máquina de escribir, cortados y pegados, mostrando signos de despegarse, todo sigue igual, incluyendo la macabra colección de cráneos del doctor Vernau, los restos de las momias, profanados sus sudarios, expuestas con el descuido y la desidia que nadie osaría en otro país civilizado, lejos de su descanso funerario.

A pesar de haber identificado alguna pieza de molino naviforme que mis manos limpiaron a los veintidos años y una vasija pintada con almagre que transporté en mi mochila desde Arguineguín a los veintitrés, salvándola de un tractor con insignias del ayuntamiento de Tunte, ya nos íbamos de allí con la tristeza en los ojos, cuando vimos en el mostrador a unos turistas alemanes que buscaban explicaciones en su idioma o en inglés, en vano. Para su decepción todo está escrito en español y nadie chapurrea otro idioma. Los displicentes trabajadores se limitan a entregar un tríptico introductorio en tres idiomas, a cambio de los 4 Euros de la entrada y eso es todo. No hay una sola palabra escrita que no esté en castellano.

Durante las casi dos horas de nuestra visita sólo entraron otras seis personas, dos peninsulares y cuatro extranjeros. Su visita duró muy poco tiempo y creo que se fueron decepcionados con la falta de información, tanto escrita como hablada, para interpretar todo la información que los objetos representan.

El Museo sigue con su diseño decimonónico, donde los “trofeos” son los que explican el todo, fuera del contexto del que alguna vez formaron parte, casi tanto como cierta consejera del Gobierno de Canarias, de incultura cierta, que pretendió estar en contacto con el mismísimo doctor Chil -supongo que en espíritu- para preparar un futuro falso.

El Museo preserva en sus fondos-tanto los expuestos como los que no- muchos tesoros que probablemente no se hubieran conservado de otra manera, pero hoy día hay medios tecnológicos que podrían ayudar a explicar su significado mucho mejor, más allá de una colección de objetos preciosos.

Hemos visto muchos turistas transitando la parte antigua de la ciudad, pero dudo que muchos aprecien algo más que bonitas fachadas y alguna cerveza refrescante. Se han peatonalizado algunas calles y hay algunos nuevos negocios, sobre todo de restauración, pero sigue habiendo muchas casas en estado de abandono, esperando alguna casualidad o lotería urbanística que les permita ser vaciadas para edificar adefesios de hormigón en su lugar.

Echamos de  menos, no sólo la disposición institucional del Ayuntamiento, el Cabildo y el Gobierno de Canarias, sino la voluntad ciudadana de cuidar nuestro patrimonio como lo hacen los pueblos civilizados, contando con la ayuda de técnicos comprometidos con su trabajo y su trascendencia; si no, mucho me temo que el futuro será la decadencia y la pérdida, igual de horribles que las voladuras de los fanáticos de Siria e Irak, que busca eliminar la memoria.

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Categoría: Antonio Cabrera Cruz, Gran Canaria, Opinión

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