Visión particular sobre el estado de la cultura y de su gestión en Canarias

Comparecencia de Lothar Siemens ante la comisión de estudio del Parlamento de Canarias sobre la cultura y su contribución al desarrollo económico y social

Lothar SiemensAgradezco la invitación que se me ha hecho para comparecer ante esta comisión con el objeto de expresar mis opiniones sobre la política cultural, que espero sirvan para algo. No comparezco en nombre de un grupo, asociación o corporación, sino como individuo involucrado voluntariamente en la cultura desde que fui por primera vez vocal de una asociación cultural a los 16 años de edad. Había tenido desde que nací un ambiente familiar en el que la cultura era moneda corriente, rodeado de libros de todo tipo, en el que se valoraba el arte y en el que fui incitado a practicar la música clásica desde que tuve uso de razón. Y aunque educado para el mundo de la empresa privada, que es también otra cultura de carácter más crematístico, aquella alta cultura de mi casa y de las amistades de mi casa tuvo siempre para mí y mis hermanos una influencia continua a lo largo de la vida.

Como resultado, todo ese alimento espiritual fue asumido por mí como una riqueza generadora de una actividad complementaria y voluntaria, tendente siempre a la cooperación con los organismos culturales de mi entorno, tanto privados como públicos. Desde los 16 años, como he dicho, comencé a formar parte de una asociación cultural como vocal, más tarde desempeñé cargos como tesorero, secretario, vicepresidente, y he sido presidente de asociaciones privadas venerables, como El Museo Canario y la Fundación Universitaria de Las Palmas en mi isla, y a nivel nacional ostenté también diversos cargos hasta llegar a la presidencia durante ocho años de la Sociedad Española de Musicología, a la que logramos situar como la primera de Europa en número de asociados y editora de una prestigiosa revista de investigación científica, de la cual fui también director durante dos cuatrienios, la cual, en virtud de una inteligente gestión, se ha convertido en un referente al cumplir todos los requisitos de excelencia que exigen los organismos internacionales.

Es evidente, en resumen, que la música erudita, las artes y la literatura en todas sus vertientes fueron los campos que más he atendido fuera de mi actividad empresarial a lo largo del tiempo, y de los que, consecuentemente, puedo hablar con mayor autoridad. Me avalan para ello no sólo esas experiencias, sino mis estudios privados y públicos de los grandes temas a los que soy aficionado, en las universidades de Madrid, La Laguna y Hamburgo, culminados finalmente con un doctorado sobre un tema de antropología musical de Gran Canaria en el departamento de Historia del Arte de nuestra Universidad de La Laguna.

Mi larga trayectoria vital, que a mis 75 años de edad va apuntando ya hacia su extremo final, ha consolidado el conocimiento que tengo sobre el patrimonio y el funcionamiento de la cultura en mi tierra, que es España frente a su contexto internacional más inmediato, y muy particularmente, dentro de todo ese mundo que conozco bien, Canarias, donde nací y he vivido y actuado casi toda mi vida. Me siento español de Canarias, y por eso he tratado de defender y promocionar la cultura de mis islas en el contexto de la nación que nos ampara y en el del mundo occidental que determina nuestra sensibilidad cultural. Bien saben muchos de ustedes que mi humilde labor por la cultura y el patrimonio ha sido reconocida con las más altas distinciones que otorga nuestra tierra a sus ciudadanos, de lo que me siento orgulloso y agradecido.

Dicho esto, les hablaré de cómo veo yo el funcionamiento en Canarias de la cultura, en tanto que herramienta de mejora personal, de oferta interna, de propaganda hacia afuera, y en particular como un objeto de gestión privada y pública dirigido a que nuestras singularidades patrimoniales luzcan en su más alto nivel.

La cultura propia de un territorio no se crea artificialmente. Es el cúmulo de aportaciones excelentes realizadas por muchos individuos y que en ese territorio se ha ido decantando a lo largo del tiempo, y tiene muchas facetas. Hay que considerar que, junto con factores naturales como el clima y el paisaje (que debemos saber cuidar), la cultura es el elemento que marca la personalidad de cada territorio. Cuando viajamos a otras naciones lo hacemos no sólo para disfrutar de lo que se ve, sino especialmente para degustar su arte, asistir a sus eventos, y a disfrutar de su gastronomía, que es un aspecto cultural importantísimo. Pregúntese cada uno qué es lo que persigue cuando hace un viaje a París, o a Roma, por ejemplo. Pues eso mismo debemos preguntarnos, para empezar, sobre qué es lo que esperan de Canarias los turistas que nos visitan. ¿Sólo sol y playa? ¿El paisaje y el clima? Estos son factores importantes y determinantes, desde luego, y nos han sido regalados por la naturaleza. Pero ¿y nuestra cultura? ¿Qué es lo que aporta al mundo la gente de estas islas? Vamos a reflexionar sobre determinados aspectos de nuestra cultura humana.

Para empezar, nuestra gastronomía interesa, y nuestros municipios se esfuerzan por promocionarla con más o menos acierto. Tenemos dentro de ella una cultura del queso que es por su variedad y originalidad, a mi entender, la más interesante de España y, por extensión, del resto de Europa, porque Francia, por ejemplo, tiene la fama, pero ésta no es tan unívoca como los franceses pretenden. ¿Se es consciente de eso aquí? ¿Vende Canarias hacia afuera la excelencia de nuestros quesos, la bondad de nuestros interesantes vinos, la singularidad de algunos de nuestros platos? Algunos turistas curiosos conocen esa realidad nuestra, pero nosotros no nos esforzamos lo suficiente como para que nuestra gastronomía sea una meta de prestigio, un acicate más de cara a las masas que nos visitan para que éstas disfruten más y nos conozcan mejor. Y ahí está el mundo de la restauración, donde nuestra gastronomía es ofertada con cierto desorden y sin protocolos que establezcan sus cánones de elaboración y sus niveles de calidad, pendiente todo ello de una honda reflexión que la encamine a lo que bien se merece, esto es: que sus excelencias sean difundidas y que se consoliden como una oferta más de primer orden.

El turismo es en nuestro tiempo una clientela importantísima que debemos saber explotar con inteligencia, cobrándoles el enriquecimiento que seamos capaces de proporcionales. Pero ni siquiera sabemos moverlo para sacarle provecho. Siendo yo presidente del Museo Canario, me esforcé porque se establecieran no más de cinco rutas turísticas en Gran Canaria en las que los turistas pudieran adquirir una visión de nuestra importancia geológica, paisajística, arquitectónica, artística y de la dinámica humana insular. El patronato de turismo del Cabildo de mi isla no entendió nada. Y las agencias de viajes locales se declararon impotentes para reconducir el disparate de una dinámica de más de sesenta excursiones turísticas distintas, donde el objetivo era llevar los guías a los turistas a los chiringuitos de sus parientes para darles una copa de vino con unas aceitunas, empujarlos a un mediocre comercio de artesanía y presentarles un grupo aficionada que cantara unas cuantas canciones canarias con timple y guitarra. La poca calidad y la gran diversificación de esta oferta simplista y desmedida, queriendo cada empresa unipersonal llevarse con su autobús su gato al agua, era y es un lastre muy gordo para dar a conocer aquí lo que de verdad merece la pena conocerse.

Tropezamos con la incultura básica de quienes manipulan a los turistas y su convencimiento de que la cultura de calidad los asustaría, y todo lo reducen a la inanidad y al menor esfuerzo. Porque, señores, tratándose de cosas de más sustancia, fácil es proyectar y producir, pero muy difícil es realizar y vender. Y ese segundo tramo, la realización de una idea y la colocación de un producto, requiere conocerlo bien para hacer que su venta sea racional, que tenga la calidad precisa, y que a la postre se asuma como cosa de prestigio y sea por tanto deseado y asumido o consumido, y el desconocimiento cabal de nuestros valores es una de las causas del fracaso de la gestión cultural en nuestra tierra. Tenemos un grave problema de gestión. Veamos:

Los que hemos estudiado nuestra historia sabemos que, sin ser nuestro archipiélago una tierra generadora de grandes fastos ni genios (aunque alguno hemos tenido), ateniéndonos sólo a lo que se puede ver, en Canarias se ha generado a lo largo de cinco siglos, por ejemplo, un patrimonio artístico de tipo arquitectónico y plástico (pinturas y esculturas) bastante estimable. Conocemos los nombres de nuestros artistas desde el siglo XVI hasta hoy, los que en principio obraron para la Iglesia Católica y excepcionalmente para algunas casas nobles y, en los dos últimos siglos, para la burguesía y para competir en el mercado de las artes. La Iglesia y muchas familias particulares han preservado gran parte de aquella producción, que nuestros historiadores del arte tienen localizada, estudiada y catalogada. La conocen bien los historiadores y estudiantes del Arte, pero muy poco el común de nuestro pueblo, y menos nuestros visitantes, a quienes la mayoría de los guías turísticos ya aludidos nada pueden decir, pues tampoco saben.

Canarias carece, por lo menos en las islas capitalinas, de sendos museos históricos donde se recoja el quehacer de nuestros artistas a lo largo de la historia. Ese tipo de museo, que no debe confundirse con centros de exposiciones temporales del arte actual, los cuales son también muy necesarios, ese tipo de museo ‘histórico’, repito, cuando está inteligentemente armado y documentado interesa muchísimo a los visitantes, y más ahora que nuestras capitales reciben la masiva visita de grandes cruceros. Si existieran esos museos, ¿se le ocurriría a alguien encaminar hacia ellos a los visitantes a los que les apetezca conocer nuestro particular arte? Lo dudo. Aquí se piensa que tal oferte los asustaría. Pero ¿sabemos cuántos visitantes apetecerían del arte? Hago un paréntesis para responder a esta pregunta.

Lothar Siemens

En los años 90, desde El Museo Canario, realicé varias encuestas entre el turismo de Gran Canaria para ver cuántos visitantes consumirían cultura, al margen del consabido paquete de ‘sol y playa’ que apetece a la mayoría. Los resultados fueron constantes: un 6% de los turistas respondían que estarían muy interesados en conocer los aspectos culturales de nuestra tierra. Si calculamos una ocupación actual de cien mil camas diarias en aquella isla, cuyos ocupantes rotan cada ocho días, lo cual es un cálculo algo más bajo de la realidad actual, tenemos que cada semana dispondríamos de una clientela de seis mil potenciales consumidores de cultura que no están siendo atendidos, pues se vuelven a sus países con el convencimiento de que aquí no existe alta cultura. Hablamos de movilizar cada mes unos veinticinco mil turistas con interés cultural sólo en Gran Canaria. En Tenerife hablaríamos de más de treinta mil. Y ahora se acrecienta esa clientela cultural con el porcentaje añadido que se deriva de los cruceros que atracan en nuestras capitales, portadores de visitantes ávidos de ver lo que hay por estos lares. Así que ya tienen ustedes unas cifras del estudio de mercado de ese sector, que con las variaciones que ustedes quieran representa una realidad sobre la que habría que empezar a trabajar.

Pero rectifico: Santa Cruz de Tenerife sí dispone de un magnífico Museo de Bellas Artes adscrito a su ayuntamiento, aunque muy mal gestionado desde hace algunas décadas. Este centro, por varias iniciativas de personas inteligentes, entre otras las de los miembros de nuestra Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel, fue objeto en los dos pasados años de un debate y reflexión en el que intervinieron con suma inteligencia el alcalde y varios concejales culturales del Ayuntamiento de Santa Cruz, decidiendo intervenir en su recuperación y puesta al día. Proyecto que, como todas las iniciativas públicas, camina a la velocidad de un carro de ruedas cuadradas. Pero camina, y hay quien sigue empujando, y no se pierde la esperanza de que funcione como tiene que funcionar, tras realizarse las inversiones pertinentes y contratar al personal adecuado que requiere. Allí se puede ver parte de nuestra pintura antigua, también la importada desde Flandes, Italia o España por los próceres exportadores del azúcar y del vino, y luego la producción decimonónica que surgió en torno a la Real Academia Canaria de Bellas Artes desde que ésta se estableció en Santa Cruz en 1849: una espléndida escuela de paisajistas y retratistas canarios, que llama mucho la atención. Y también bastante arte nuestro del siglo XX, de gran calidad. Algo que bien explicado despertaría curiosidad y deleitaría la sensibilidad de los visitantes, no sólo la de los extraños, sino también la de los propios, y mostraría que aquí sí ha habido en el terreno de las artes plásticas una alta cultura digna de conocerse.

Una desventaja de nuestro sistema oficial de cultura en la actualidad, y me refiero a cualquier institución pública de las que nos administran, es la dificultad para enriquecer estos fondos dignos de exhibirse adquiriendo las obras que se ofrezcan y que valga la pena recuperar. No sólo de nuestros antiguos artistas, sino también de los actuales, seleccionándolas siempre con cuidadoso criterio, para ir formando también los fondos del futuro (es lo que hacen a nivel estatal el Museo del Prado y el Reina Sofía). Tal dinámica requiere un presupuesto anual calculado, pero piénsese que los museos no son gratuitos, que pueden generar retorno dinerario si se sabe administrarlos bien. Y que la incorporación de nuevas obras y espacios a un Museo, constituyen un acicate para que el público repita, deleitándose en lo que ya conoce y conociendo lo nuevo.

El sector público eventualmente ayuda a los artistas vivos adquiriendo las obras que adornan nuestras instituciones, que configuran ya un notable patrimonio público semioculto. Piénsese en visualizar parte de este arte, acrecentando la oferta de nuestros hipotéticos Museos de referencia contribuyendo a su exhibición, incluso de manera rotativa. Y cuídese de que todo ese patrimonio disperso se controle y se respete. Aquí mismo, en el Parlamento, hay mucho arte adornando salas, despachos y corredores. Entre todo ello, las grandes pinturas del palmero González Méndez, cuya temática ha generado en estos tiempos repulsión por motivos ideológicos mal entendidos entre algunos parlamentarios, que piden su erradicación. Sé que la Real Academia se ha pronunciado sobre este tema a requerimiento de la Presidenta del Parlamento. Solo digo que ese sentimiento de repulsa es una gran falta de cultura: la misma que movió a los talibanes a volar los grandes budas esculpidos en una montaña o a los islamistas a destruir la ciudad de Palmira por ser un arte anterior al Islam. Se empieza por poco y se acaba en el disparate más atroz. La obra de González Méndez, magnífico artista canario que fue uno de los más prestigiosos pintores emanados de la Real Academia Canaria de Bellas Artes en el siglo XIX, merece el máximo respeto. Sepamos de qué estamos hablando. Un gesto contracultural en esta casa acarrearía un enorme ridículo y un gran daño al patrimonio de Canarias.

Cuidemos a nuestros buenos artistas. Arroparlos y prestigiarlos es nuestra obligación, pues son ellos los que generan los bienes culturales que poco a poco van enriqueciendo a estas islas e imprimiéndoles una impronta cultural propia. Y lo mismo que digo de los plásticos digo de los literatos y de los músicos. Y por ser la música el arte en el que con mayor comodidad me he movido a lo largo de mi vida, merece la pena que les transmita mis impresiones sobre la cultura musical de nuestra tierra.

Sorprende en el Ministerio de Cultura de nuestra nación que el consumo de música clásica de Canarias, en proporción al número de habitantes, es casi un 30% superior al de los grandes centros culturales de España, como Madrid y Barcelona, concretamente. ¿Cómo es esto posible? En mi opinión se debe a que se cultiva la alta cultura musical en las islas desde principios del siglo XVI, cuando la catedral de Santa Ana armó su capilla de música en la que se involucraron, a lo largo de los siglos, cientos de mozos de coro y cantores extraídos del pueblo que aprendieron la polifonía, un personal popular no sólo de Gran Canaria, sino también de Tenerife y La Palma, principalmente. Eran personas de extracción humilde que, cuando terminaban su vinculación a la catedral, aportaban a su entorno un conocimiento y un gusto por el arte musical que se hizo genético entre nosotros. Cuando en el siglo XIX se arman los teatros y comienzan a llegar compañías de ópera, la ciudadanía llana (y no solo la burguesía pudiente) participó involucrándose en la nueva oferta no sólo como espectadores, sino también como actores: en los coros, asumiendo algunos de los papeles de comprimarios y reforzando la orquesta como instrumentistas. La Sociedad Filarmónica de Las Palmas, fundada por un grupo de músicos en 1845 y vigente hasta hoy, hunde sus raíces en la orquesta de aficionados configurada en Las Palmas por el maestro de capilla don José Palomino en 1809, y que ya en 1818 importó a través del comerciante don Francisco Gourié tres sinfonías de Beethoven, todavía en vida del gran genio de Bonn, para ofrecerla a los asistentes a sus conciertos. No digo más, pues bien conocido es el auge musical de la ópera y el concierto en Gran Canaria, Tenerife y La Palma a través de la prensa, y resalto la labor de figuras tan emblemáticas como el músico don Juan Padrón, alma mater en Santa Cruz de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia, con el dinero de cuyos socios se construyó este edificio en el que hoy se ubica el Parlamento de Canarias, el techo de cuya sala está jalonado todavía por las cartelas con los nombres de grandes genios de la música foráneos e insulares.

¿Cuál es la situación actual de la cultura musical entre nosotros? Hay dos corrientes: por un lado, la tradicional de rango superior, articulada por asociaciones privadas cuyo empuje popular ha logrado en nuestras capitales que las instituciones organicen y mejoren los conservatorios para la enseñanza musical. El reflejo y éxito de este empuje es la creación de escuelas municipales de música en las localidades no capitalinas, que están generando una subida del nivel músico-cultural muy notable y un enriquecimiento y mejora de las viejas bandas de música. Por otro lado, existe una importante corriente más populista, decantada también desde las bandas de música de los pueblos (que han desempeñado en éstos desde mediados del siglo XIX un papel importantísimo como vehículos de cultura musical), y de la tradición folklórica heredada. Se trata de una corriente en la que personas menos informadas, con el apoyo de los municipios y cabildos, fomentan una cultura musical basada en dicha tradición folklórica y que yo definiría como “cultura de timple, parranda y ron”, porque todo esto va incluido en ella. También es importante, pero la ignorancia de los gestores ha magnificado este sector popular focalizándolo como la verdadera cultura representativa nuestra, en la que se vierte incluso mucho esfuerzo y dinero, siendo así que de este empeño no nos va a quedar gran cosa en el futuro, y sí un páramo desolador si no se atiende también debidamente a la alta cultura.

Las enseñanzas musicales regladas han generado en las últimas décadas, en crecimiento exponencial, una serie de músicos profesionales de inmensa valía y que ya compiten con autoridad fuera de Canarias: grandes pianistas, como Guillermo González, el recordado Pedro Espinosa, y actualmente Jorge Robaina, Gustavo Díaz Jerez, José Luis Castillo, Iván Martín y muchos otros, todos mayormente formados entre nosotros, siendo esto algo por lo que se luchaba sin descanso y que se veía venir hace ya cincuenta o sesenta años. Pero lo más interesante es cómo ha crecido también a la par la creación musical autóctona de tipo culto. Desde Manuel Bonnín, Víctor Doreste, Santiago Sabina y sus discípulos alcanzamos un final de siglo en el que los profesores Juan José Falcón, Armando Alfonso, Xavier Zoghbi, Miguel Ángel Linares y Daniel Roca, entre otros, han conseguido que eclosione una generación de creadores del siglo XXI que es importantísima y que llama ya la atención a nivel nacional e internacional, entre la que se encuentra Emilio Coello, Laura Vega, Manuel Bonino, Cecilia Díaz Pestano, Ernesto Mateo Cabrera, Nino Díaz, Juan Manuel Marrero, Víctor Landeira, Juan Manuel Ruiz, Dori Díaz Jerez y su hermano el pianista Gustavo Díaz Jerez… Son estos, actualmente, nombres destacados entre otros muchos cultivadores canarios de la música creativa, de los que los musicólogos tenemos censados en estos momentos no menos de setenta nombres que configuran un principio de siglo y de milenio esplendoroso y sin precedentes desde el punto de vista de nuestra creación musical. Los acogen asociaciones privadas como Cosimte en Tenerife y Promuscán en Gran Canaria, que promueven los conciertos en que estrenan sus obras, y vemos con satisfacción cómo los magníficos intérpretes que emanan de nuestros conservatorios y de otros centros colaboran asumiéndolas y difundiéndolas, y cómo estos creadores ven programadas sus obras fuera de Canarias y son llamados a presentar sus obras en otros lugares. Ambas asociaciones, que operan sin subvenciones públicas, han estrenado en lo que va del nuevo siglo más de 350 obras de compositores canarios, algo sin precedentes en toda nuestra historia cultural de 500 años anterior al 2000, y de ese cúmulo podemos decir con orgullo que cerca de un 20% generado en nuestras islas son aportaciones consolidadas, dignas de codearse con las que se generan en el resto de España y presentables sin complejo alguno a nivel internacional.

En el campo de la Musicología, la doctora Rosario Álvarez y yo iniciamos en 1995 la grabación en CDs de lo más representativo de la música culta, tanto civil como religiosa, generada en Canarias desde el siglo XVI hasta hoy mismo, el llamado “Proyecto RALS”. Pedimos colaboración a la Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias, liderado por el partido más nacionalista canario, y nos dijeron (tengo todavía la carta que se nos escribió) que ese proyecto no se ajustaba a su planificación cultural, que no interesaba. Sin comentarios. Con la ayuda de numerosas empresas privadas hemos llevado el proyecto adelante, habiendo grabado y editado ya 58 CDs de los 65 de que consta el proyecto total. En este empeño se recogen todas las facetas de la música clásica generada en Canarias a lo largo de 500 años, lo que ha conllevado una labor de investigación muy novedosa. Cada CD contiene un libreto de más de 20 páginas repleto de datos inéditos, y en la producción han colaborado muchas personas, estudiosos y músicos canarios y no canarios. Pero vean la paradoja: nuestras orquestas no han querido colaborar ni se han prestado a interpretar y grabar (y mucho menos a difundir) las obras sinfónicas de los compositores canarios de nuestro pasado. Por suerte sí lo han hecho otras agrupaciones de menor rango, o incluso de superior rango, que han entendido nuestro proyecto desde otras naciones, como la Sinfónica de San Petersburgo, por ejemplo, que nos grabó por un módico precio las magníficas obras orquestales del maestro Bernardino Valle, asombrándose de que este compositor español de tanta calidad fuera absolutamente desconocido.

A lo que voy es a que nuestra iniciativa personal y privada, abordada sin medios pero con entusiasmo y buena gestión, ha realizado (pues está culminando ya) un proyecto que no existe en ninguna otra región de España, ni de Europa ni de cualquier otra parte, algo insólito que singulariza a Canarias y que representa un regalo cultural impagable, del que por lo menos los promotores nos sentimos muy orgullosos, porque hemos abierto la posibilidad de que se pueda escuchar ya la historia musical de Canarias en su integridad. Difunden y comentan nuestras grabaciones, Radio Nacional de España, Radio París, Radio Colonia y otras. Pero el casi desconocimiento local del proyecto, así como el ninguneo de que son víctimas las asociaciones Promuscán y Cosimte a la hora de pedir colaboración para difundir aquí obras de gran formato de nuestros compositores, nos debe llevar a una reflexión cultural de conclusiones bastante dramáticas: nuestras orquestas capitalinas, por ejemplo, pagadas por el pueblo a través de sus respectivos cabildos insulares, están al servicio de la difusión muy mayoritaria de música foránea, la misma que se puede escuchar en cualquier capital europea, y cualquier obra local, aparte de ser asumida muy raramente, recibe un tratamiento marginal y como de cosa secundaria, sin que se le preste el cuidado debido en su preparación. ¿Tiene lógica esto? ¿El dinero de la cultura musical es para consumir sólo lo de fuera, sin dar cancha a promocionar lo propio? ¿Creen ustedes que los turistas que aman la cultura van a venir a nuestros conciertos a escuchar sólo las mismas obras que escuchan en sus países?

El Festival de Música de Canarias fue en sus mejores tiempos un cauce que sirvió para estrenos mundiales de obras poco trilladas de grandes compositores internacionales, algunas de grandes compositores españoles y también la de algunos compositores canarios, ¡gloriosos tiempos aquellos! Hoy, el panorama es de encefalograma plano. Que el Festival hay que replantearlo y repensarlo es evidente, y ahí se ha echado mano para ello, y de momento, del estupendo compositor y gestor lanzaroteño Nino Díaz, miembro también de Promuscán. En mi opinión, que no pretendo sea vinculante, resumo brevemente lo que pienso que debería ser este festival en el futuro:

En primer lugar, debería ser un festival con una programación que evite repetir la de nuestras orquestas, y en el que, junto a obras infrecuentes de prestigio internacional consolidado, se recuperen estrenos internacionales, españoles y canarios. Pero también que incorpore en alguna medida música clásica de las Américas, cosa que no se ofrece en Europa, y ello le conferiría singularidad a nuestro festival, el marchamo de una oferta especial y diferente. Esto despertaría mucho interés. Pero mover a la gran masa de turistas de ambición cultural a los conciertos del festival, que sería lo deseable, no es fácil si éstos se alojan, como ocurre, muy lejos de las capitales y comenzando los conciertos a las 20:30 de la noche para acabar a la 23:00 horas: una barbaridad que nunca he comprendido. ¿Quiénes cenan antes de ir a un concierto ni después de las once de la noche? ¿Y qué restaurante los acogería? Solo dejo sobre el tapete, por ahora, aquellas breves sugerencias y estos interrogantes.

Porque lo cierto es que nuestro público sí es capaz de llenar los conciertos y las óperas, espectáculos éstos que merecen una colaboración entre lo privado y lo público. Porque en lo privado está el capital humano (es decir, el público de las asociaciones que las organizan) y también parte de la financiación, pero en lo público estaría su más eficaz fomento, más dinero y la mejora de la oferta.

La ópera es el género más prestigioso y querido por nuestro público, y se ha cultivado poco entre nuestros creadores. Concretamente, en el siglo XX sólo contabilizo cuatro óperas compuestas por canarios. Pero en el siglo XXI, asómbrense ustedes, desde que han eclosionado los nuevos creadores musicales canarios, ya se han compuesto por nuestros compositores cerca de veinte óperas, muchas de ellas estrenadas. Ha sido más fácil para los compositores de Gran Canaria estrenar sus óperas que para los de Tenerife: aquí están, por ejemplo, Francisco González Afonso, de Güímar, con cuatro óperas compuestas, de las que sólo una, la más cortita, se ha estrenado en Las Palmas, y Arístides Pérez Fariña, también de Güímar, con dos óperas de corte nacionalista sin estrenar…

A la vista de esto, yo me pregunto: ¿desde qué atalaya operan los gestores culturales de las instituciones políticas y corporaciones que no detectan la realidad que tienen a su alrededor? Y por otra parte, ¿qué sensibilidad hay en la prensa para que lo que ocurre tenga el eco mediático que merece? En Tenerife, donde existe una actividad cultural subterránea de mucha importancia, el eco mediático es nulo. La historia cultural de esta isla no se podrá escribir nunca por falta de información. En Gran Canaria tenemos la suerte de que mi amigo Guillermo García Alcalde, en sus luengos años al frente de La Provincia, creó una corriente periodística receptora de cultura que hace que todo lo que allí se hace tenga noticia y reseña, lo que es un lujo en estos tiempos a nivel no sólo de las Islas, sino de toda España, donde la cultura tiene cada vez menos reflejo en los medios impresos.

Lo más interesante de nuestra cultura lo generan sin duda las asociaciones privadas, con poco dinero y con poca o a veces con alguna ayuda oficial. Y es tanta su vocación y fuerza, que han sobrevivido a las épocas de mayor penuria. Se debe tener muy especial respeto y consideración por las asociaciones culturales generadas en el siglo XIX y que aún perviven, y aún por muchas de las posteriores, pues en ellas se transmite la cultura del asociacionismo mismo, de la cooperación voluntarista, de la gestión. Sin estas asociaciones, los pueblos no serían nada, carecerían de alma. Y este convencimiento me conduce a la siguiente pregunta: ¿se trata bien a las asociaciones culturales desde la política? El mejor trato sería, a mi entender, la cooperación: que la política cultural de iniciativa privada fuera delegada y protegida desde lo público, confiriéndosele libertad programadora y gestora a lo privado, y facilitándole sin mayor costo los espacios públicos para darles la posibilidad de que puedan ensayar y también ofrecer al público sus actos, cosa que no ocurre. Mi experiencia es que esto es algo muy difícil, pero es muy necesario si queremos generar un progreso cultural importante en las artes, en la música y en el teatro. El teatro Cuyás de Las Palmas, por ejemplo, propiedad del Cabildo Insular de Gran Canaria, tiene una gestión profesional que lo ha situado en un lugar puntero del mundo teatral español y donde se da cancha a las compañías locales, que ahora triunfan también gracias a este apoyo en la Península. En Tenerife, por el contrario, duerme el Guimerá el sueño del abandono, y no es lo que debería ser: un centro dinamizador de las corrientes teatrales de nuestra población, a la par que escaparate de lo foráneo.

He dicho que la cooperación entre lo público y lo privado no es fácil en nuestra comunidad autónoma. Y es que los acuerdos de cooperación y los encargos políticos a las asociaciones o a las personas privadas se cancelan muchísimas veces y sin la menor consideración cuando las entidades comitentes han trabajado ya cierto tiempo en ellos. He vivido muchos casos que podría ejemplificar aquí para ilustrar lo que acabo de afirmar, aunque no deseo cansarles con quejas penosas. Sólo aludiré al tratamiento que recibe nuestra Real Academia Canaria de Bellas Artes. Como ustedes saben, se trata de una corporación de derecho público, sin socios cotizantes y gestionada voluntariamente por sus académicos, cuyo presupuesto, antiguamente adscrito al Ministerio de Educación español, fue transferido a Canarias con la llamada LOTRACA. El Gobierno Autónomo se tragó en aquel entonces la asignación y la Academia vivió muchos años del aire, sin local ni asignación y, así y todo, desarrolló una labor mínima pero necesaria, y sobrevivió de esta manera viviendo de limosnas inciertas, hasta que este Parlamento aprobó en 2012 la ley de Reales Academias Canarias en la que consta que el Gobierno Autónomo tiene a su cargo la financiación de las mismas. Para cumplir la nueva ley, el Gobierno le asignó desde entonces a la Academia diez mil euros anuales, cantidad ridícula que no da ni para pagar a la administrativa ni mucho menos a la limpieza. Pues bien, en este año aprobó este parlamento un aumento de un tercio en la asignación de la Academia, y el Gobierno dispuso de ese aumento para otra cosa y dejó a la corporación académica y a la resolución del Parlamento con tres palmos de narices. Me pregunto si es que lo dictado por este Parlamento no es vinculante ni merece el respeto del Gobierno…

Creo que el Parlamento merece otro respeto. Para ello me parece también necesario que, en esta casa de la Palabra, el lugar para acuerdos y entendimientos, se genere asimismo una cultura diferente a la que se ve, que es la de desprecios y hasta odios de unos partidos frente a los otros, una costumbre de negar lo razonable porque lo dice uno del partido contrario. Esto el pueblo lo ve, y no le gusta. Esa mayoría silenciosa, que unas veces vota a unos y otras a otros, porque no se casa con ninguno de por vida, siente repugnancia por las maneras parlamentarias no sólo canarias, sino de toda España, y demanda otro comportamiento ético para tributarles a nuestras instituciones el respeto que debieran merecer, no les quepa duda. Nuestra casa de la Palabra merece, en mi sentir, la adopción de otra cultura parlamentaria más aceptable por nuestros ciudadanos de a pie. ¡Ojalá fueran ustedes capaces de generar una cultura de entendimiento que sirviera de modelo al resto de la nación, donde la grandeza y generosidad del pacto en beneficio de todos brilla por su ausencia, porque nadie quiere ceder para llegar a consensos!

*     *     *

Resumo ya, para acabar, transmitiéndoles las siguientes consideraciones en base a la importancia y prestigio que los bienes patrimoniales generados en Canarias por la cultura tienen de cara a nuestro prestigio interno y externo:

En primer lugar, la cultura entre nosotros no se debe disociar del Patrimonio, de la Educación ni del Turismo con el que convivimos. Al fin y al cabo, la Cultura es consecuencia de un programa de Educación eficaz y conlleva el respeto y valoración del Patrimonio heredado y del que estamos generando. Los concejales y consejeros de Educación, Patrimonio, Cultura y Turismo de nuestras instituciones, lejos de actuar cada uno desde un compartimento estanco, deben trabajar cooperando, codo con codo, para que cada idea propuesta por uno sea enriquecida y aprovechada por los otros.

Conviene asimismo generar acciones de cooperación para interactuar con las iniciativas ciudadanas, ser justos y lógicos en las dotaciones, fomentar la creatividad, prestigiar lo que vale y evitar el despilfarro en costosos fastos importados de los que no nos queda sino un rastro improductivo y un escandaloso cúmulo de gastos.

En tercer lugar, es preciso dar facilidades para quitarle obstáculos a quienes generan cultura, que los creadores y difusores culturales encuentren todos los apoyos y espacios necesarios para desarrollar sus ideas y para realizar sus obras. En relación con esto, una obra cultural no debe ser flor de un día. En materia de música y teatro es conveniente que se facilite que la cultura corra y hasta se exporte. Un estreno debe producirse no sólo una vez en las islas capitalinas, sino darse a conocer en todas las islas y en las principales poblaciones de las mayores, lo que implica que desde la administración exista una red de difusión cultural operativa.

Por último, el fomento de la cultura y el aprovechamiento y atención a nuestro turismo requiere disponer también de equipos de marketing que ayuden a programar una oferta inteligente de nuestros valores, una realización eficaz de lo que se ofrece y saber venderlo con éxito.

Si estas ideas les sirven a ustedes para una reflexión que se traduzca en acciones efectivas y exitosas, me daría por satisfecho.

Canarias, 4 de julio de 2016

Etiqueta: , , ,

Categoría: Canarias, Lothar Siemens, Políticas Culturales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 
banner ad
banner ad

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Cookies info

ACEPTAR
Aviso de cookies