El “Ciudadano Yago” de Nacho Cabrera (1/3)

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Nacho Cabrera Gvedes: Ciudadano Yago (Mercurio Editorial, 2014)

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Versiones inglesa e italiana: Angela De Siena

Composición, recopilación y edición musical: Rubén Sánchez Araña

Fotografías (versión española): Víctor M. Muñoz Arocha

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo


PRELIMINAR

Escena 1ª

Pongámonos en situación. Tienes en tus manos un libro impreso en soporte papel. ¿Por qué no digital?, quizás te preguntes. Ya te responderé a esto en breve. Sigo: la cubierta te ha informado de que el conjunto de hojas impresas y encuadernadas por el lomo que contemplas contiene una obra titulada Ciudadano Yago. El nombre de Yago, por tus lecturas, te suena. Piensas en el Otelo de Shakespeare. Bien. No vas mal encaminado. Lo de “ciudadano” es más ambiguo de concretar, aunque los amantes del cine pensemos automáticamente en la grandiosa obra de Orson Welles Ciudadano Kane (1941) y los republicanos tengamos en mente el necesario y magnífico documental Ciudadano Negrín (2010) de Sigfrid Monleón, Carlos Álvarez e Imanol Uribe. Tal y como sitúes el prisma, verás que la luz del Kane o Negrín, proyectadas adecuadamente a través de sus cristales, no te alejan del camino que marcan estas páginas que ahora lees.

El autor del libro que en tus manos tienes es Nacho Cabrera, mi admirado y admirable Nacho Cabrera, cuya mención equivale a decir Teatro La República. Vaya, surge de nuevo el significante cuyo significado queremos que impregne el aire que respiramos: “república”… De manera instantánea, aparece el grato vocablo y los rayos matutinos de este libro iluminan la silueta de tres palabras clave para entender la obra que nos convoca: justicia, igualdad y, más que progreso, evolución, en el sentido de acceso a una situación mejor que la anterior.

Desde el proscenio, donde se hallan los aventajados, Nacho, un ejemplar ciudadano-ejemplar, nos traza una primera línea sobre lo que representa su función social: «Nuestro logo está compuesto por un hombre y un mono. Cada uno mira a un lado distinto: uno, hacia el conocimiento; el otro, hacia la sinrazón».

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La suya es, pues, una noble labor; una tarea indispensable para la sociedad porque se basa en mostrar de la mejor manera posible y al mayor número posible de ciudadanos cuál es la máxima que debe estar presente en las acciones y pensamientos de quienes aspiramos a contribuir con la edificación del mejor futuro posible para las generaciones venideras: morder la manzana; siempre y para siempre, morder la manzana…

Escena 2ª

Hace un tiempo, no sabría decirte cuánto, aunque deduzco que por las fechas de la publicación de mi Lecturas civiles, puesto que lo que deseo contarte está relacionado con un decálogo que aparecía en esta obra, al final, a favor de los libros impresos, alguien (sé quién, pero no debo desvelar su identidad) me preguntó sobre las razones por las que seguía haciendo uso del soporte papel para que viesen la luz mis publicaciones y, por extensión, aquellas otras que me tenían como editor o mediador editorial. Cómo es posible —me preguntaba mi interlocutor— que, no siendo lego en cuitas digitales, continúes defendiendo como lo haces la impresión de libros sobre papel. ¿Romanticismo?, preguntó con relativa sorna; amable sorna, sí, pero sorna al fin y al cabo. Yo, sin pretender ser cínico, le espeté un rotundo: «Es la economía…». Le expliqué a continuación que un libro impreso, mi dilecto lector, da de comer a muchas bocas. Quizás no tantas como puedas imaginarte, pero sí muchas más que un archivo digital. No niego la existencia de un cierto aroma romántico en el papel; pero, en estos tiempos tan verdaderamente poco proclives para la lírica, mi balanza tiende a ir, con más frecuencia de la deseada, hacia el lado de la supervivencia física.

En los agradecimientos de mi ‘Quijote’ tuneado, me acordé de todos o, mejor dicho, de buena parte de los poseedores de bocas que son alimentadas por los libros con lomo…

«Para que un libro llegue a las manos de un lector es necesario que muchas personas cumplan con la tarea empresarial que se les ha asignado: alguien tiene que hacer la revisión editorial y rellenar la hoja de créditos que ves en la segunda página, alguien tiene que negociar con la imprenta el coste de los ejemplares, alguien debe hacer las gestiones administrativas oportunas para que el libro quede registrado de manera adecuada, alguien debe configurar la maquinaria de impresión para que los ficheros del texto y de la cubierta se impriman, alguien debe hacer el trabajo de encuadernación del texto impreso y la cubierta, alguien debe supervisar que todos los libros se han impreso y encuadernado sin errores, alguien debe llenar las cajas con los ejemplares, alguien debe cargar las cajas de libros en el vehículo de transporte, alguien debe gestionar la documentación de la mercancía para que llegue a su destino, alguien efectúa el transporte desde la imprenta (lugar de origen) hasta el destino (la editorial), alguien debe descargar las cajas en el almacén de la editorial y de la distribuidora, alguien de la distribuidora llevará los libros a la librería, alguien de la librería los recibirá y los registrará para su venta, alguien en la librería lo vende… Quiero dar las gracias a todos esos “álguienes” que he enumerado y a los que, por despiste u economía de la enumeración, no he citado, a quienes pido perdón por la omisión. Si lees esto que te escribo es porque, desde que el fichero informático del libro se entregó en la editorial el 17 de febrero de 2013 hasta ahora, todas estas personas han cumplido a la perfección con su trabajo. De ahí mi agradecimiento».

… Frente a una economía que elimina puestos de trabajos, ¿qué tal una que traiga pan para los trabajadores y sus familias? Así se lo recordé a mi oculto interlocutor cuando volvimos sobre el tema tras la lectura de la señalada tabla gratulatoria; y así lo sigo defendiendo a día de hoy desde mi humilde posición de editor.

Ya tienes en este arranque una primera razón para que exista este objeto depositado en tus manos y, por extensión, en una colección como la Biblioteca Canaria de Lecturas.

Escena 3ª

La reflexión debe ir un poco más allá, debe ser aún más consecuente con la realidad. Vivimos en un mundo saturado de información. La facilidad para que una noticia llegue al mayor número posible de usuarios es tal que el número de emisores poco a poco va superando al de receptores. Ahora mismo es imposible asimilar la cantidad de datos que circulan por nuestros canales comunicativos, entendiendo por tales aquellos que se sostienen sobre los elementos de la comunicación aprendidos desde temprana edad: emisor, receptor, canal, mensaje, código y contexto/situación.

Esta imposibilidad, sin ser criticable (hasta ahí podíamos llegar), conlleva la necesidad de seleccionar lo que estamos dispuestos a adquirir teniendo en cuenta que nuestras horas de vigilia nos conceden un tiempo limitado para esta absorción de datos.

Hay que elegir, sí, vale, pero qué… Todo es efímero. El hecho de que sea fácil ser emisor, gracias fundamentalmente a un instrumento como Internet, conlleva que no sea difícil que nuestro mensaje se quede en el olvido: por cada paletada de arena que sacamos del hoyo nos echan diez más para cubrirlo. Te pongo un ejemplo: según las estadísticas de YouTube (no necesita presentación, ¿verdad?), más de mil millones de usuarios únicos visitan este portal cada mes, un periodo de tiempo en el que se reproducen más de 6.000 millones de horas de vídeo. Impresionante, ¿verdad? Pues esto no es nada, fíjate en este último dato escalofriante: cada minuto se suben 100 horas de vídeo a YouTube. Con estas cifras en la mano, las posibilidades de difusión de un mensaje multimedia quedan siempre supeditadas a un círculo cercano (saturado, por otra parte, de otras propuestas de visionado) y al azar (el que uno descubra no sabe muy bien cómo la existencia de un mensaje interesante).

Pero esto no es en sí el problema. La disposición de medios técnicos para llegar al mayor número de usuarios —aunque luego no se acceda a tantos como uno se imagina— no tiene nada de preocupante: si se llega bien; si no, pues a otra cosa. Lo que me inquieta como ser humano “tanatónico” (por tanto, individuo consciente de que el tiempo es una magnitud “muy” finita) es el consumo de horas y energías invertidos en un mensaje (texto, vídeo, sonido…) para que, por la naturaleza rápida, instantánea, inmediata del canal, termine pasando al olvido más pronto que tarde.

Otro ejemplo: he invertido cerca de una hora, aproximadamente, en redactar lo que has leído hasta este momento. Esta hora componiendo un mensaje incompleto se traduce, en los números de YouTube, en seis mil horas de vídeo; o lo que es lo mismo, en el equivalente a 250 días (el 68% de los días que tiene un año). Si la duración de este preliminar (hecho en varios días) se fijase en veinticuatro horas de trabajo, mi mensaje, mi único mensaje, mi sencillo mensaje, si se digitalizase y se ubicase en alguna plataforma de gran difusión como YouTube, tendría que enfrentarse en la captación de las atenciones de un usuario frente a lo que serían ciento cuarenta y cuatro mil horas de vídeos del célebre portal, que son las horas de vídeo diarias que, según las señaladas estadísticas, se suben.

 ¿Adónde quiero ir a parar? A que es buena la difusión de masas, pero es necesario, ante el infinito del cosmos digital, que haya una conciencia terrenal de permanencia en el tiempo para los productos culturales y artísticos que merecen la pena ser conservados. Los creadores se deben a su tiempo, sí, pero, tal y como yo lo veo, más a los tiempos, así, en general: toman del pasado sus instrumentos en forma de conocimientos; moldean en el presente sus enseres sobre el torno de sus reflexiones, su creatividad, su instinto estético…; y dejan para el futuro la utilidad de su obra, o sea, la capacidad de que estas impacten en nuestra conciencia para depositarse en nuestras singulares estética, creatividad y pensamiento.

Desde el punto de vista que ofrezco, las obras culturales no tienen sentido si no sirven para el futuro, que nunca es remoto, sino que surge como el segundo siguiente al que ahora es presente. Nuestro futuro ahora mismo, en estas páginas, lo determina la siguiente palabra o, por hilar más fino, la siguiente letra leída e identificada.

Es aquí donde, frente a la vorágine tecnológica, se hace necesaria la adopción de cierto sosiego en forma de perspectiva sobre los productos culturales para que puedan perdurar más allá del periodo comprendido entre dos simples clics. En este paso de la inmensa mayoría de usuarios a la inmensa mayoría de años, surge, para nuestro proyecto, la figura de ese editor que obra en nuestras intenciones.

El interés de un editor por la publicación de un libro debe sostenerse (insisto, es importante: “debe…”) sobre la confluencia de varias circunstancias: por un lado, la voluntad de cumplir con el código deontológico que asumen todos los que declaran su deseo de proteger y difundir la cultura, así, en general, entendiendo en todo momento que hablamos de una cultura alejada de exclusivismos ideológicos, políticos o estéticos. Esta voluntad debe traducirse en hacer lo posible y, si fuera necesario, lo imposible por la promoción de toda creación que considere digna de ser publicada. Para ello, debe partir, como no puede ser de otro modo, de su bagaje formativo: cuanta más preparación intelectual, académica, estética, creativa, etc., posea el supuesto editor, más posibilidades tendrá de acertar a la hora de realizar los ajustes pertinentes de su defensa cultural.

Por otro lado, debe tener presente este editor que su labor difusora, para desgracia de la cultura universal, depende en la actualidad de factores económicos. Esto significa que hay muchas bocas en el camino de su defensa; bocas a las que les parece muy bien eso de la difusión cultural, y tal, y cual, pero que no trabajan por amor al arte (nunca mejor dicho) porque tienen una hipoteca que pagar, y la luz no es gratis, como tampoco lo es el agua, el teléfono, la comida… Es todo muy prosaico, lo sé, pero este es el mundo que tenemos y que, para bien o para mal, nos condiciona. En consecuencia, este editor debe tener en cuenta que el producto por el que apuesta no debe generar pérdidas económicas: si se invierte un duro, que se recupere un duro. No más.

Fíjate: desde la posición en la que te escribo, no hablo de beneficios pecuniarios, pues entiendo que el cumplimiento del citado código deontológico debe verse en sí mismo como una suerte de impagable beneficio.

Por supuesto que de algo tiene que vivir este editor. Si su dedicación exclusiva fuesen los libros, que gane lo justo para la supervivencia será suficiente, ¿no te parece? («¡Comunista!», siento que algunos gritan tras leer esto. Sonrío…). En este sentido, reconozco que huyo de los editores estrellas: aquellos que, atentos más a la mercadotecnia que a la defensa del mentado código, manipulan los productos librescos de manera que puedan generar pingües plusvalías.

Si tiene otras fuentes de ingresos para la supervivencia, qué mejor beneficio puede esperar este editor diferente a la satisfacción de ver hecha realidad su voluntad de defensa cultural. Este propósito debe ser vocacional y, como tal, debe huir de cualquier interés que conlleve trocar el tiempo y los esfuerzos invertidos por monedas que solo sirvan para abultar la buchaca.

Dos razones más se suman a la génesis de este libro: por un lado, que representa el cumplimiento deontológico del editor a la hora de fijar, proteger y difundir para el patrimonio cultural de nuestra comunidad una creación que, desde su modesto bagaje formativo, merece la pena que reciba todas las atenciones de la sociedad a la que pertenece; por el otro, que da de comer a un porcentaje del gremio libresco y que, al igual que con los otros títulos de la colección, permite el trazado de una convicción empresarial: hay muchas probabilidades de que se recupere la inversión realizada para que este libro vea la luz; si es así, será posible financiar otra iniciativa vinculada con nuestra biblioteca. Otro autor y otra obra podrán beneficiarse de lo que hayan aportado sus bibliográficos hermanos mayores.

Escena 4ª

La cuarta razón que justifica el nacimiento en soporte papel (1ª razón) de la extraordinaria obra (2ª razón) que tienes en tus manos y que forma parte de una más que sobresaliente familia bibliográfica que poco a poco va creciendo (3ª razón) comienzo a desgranarla para ti a partir de una imagen como la que te pido ahora que tengas en mente: piensa en una enorme catedral, en esa edificación religiosa imponente en la que muchas generaciones de obreros han trabajado para que se muestre, concluida, con esa majestuosidad que se espera de ella. Imagínate a los albañiles y a los peones, a los que ponen esto o aquello, a los que transportan materiales, a los canteros, a los que interpretan los planos y a quienes los realizan; imagínate a los artistas, a los escultores tallando, a los músicos probando acústicas, a los pintores llenando sacros óleos; imagínate a sus familias, a quienes esperan la siempre insuficiente soldada para comprar pan, a los hijos que siguen el trabajo de sus padres, a los nietos que terminarán haciendo lo mismo que sus abuelos. Pasarán años, lustros, décadas, siglos… y, un buen día, la catedral del pueblo, la que se edificó, parafraseando a Churchill, con la sangre, el sudor y las lágrimas de generaciones y generaciones, se termina. Desde ese instante, cualquier evento que se realice en el templo quedará bajo la supervisión exclusiva de un reducido y selecto plantel de religiosos, quienes, como viene sucediendo desde hace siglos, no admitirán directriz alguna que provenga de los civiles.

Ya tienes la imagen, ahora viene la solución a la metáfora: los grandes escenarios de nuestra tierra (auditorios, teatros…), sobre todo en estos tiempos, se han convertido en catedrales donde se requiere de cierta púrpura para acceder a sus altares, a pesar de que se han sufragado y se sostienen con dinero público.

No es este un absurdo canto que busque un “ábranse las puertas” sin más, al más puro estilo del Moisés bíblico, que separó las aguas del Mar Rojo, pero sí es una llamada de atención para que cese o, como mal menor, se suavice de alguna manera el exclusivismo catedralicio con el que los gestores políticos (insisto, es importante: “…políticos”) deciden utilizar los templos culturales y que trae consigo el que la corriente fresca de iniciativas no fluya con la pujanza que demanda el concepto de “evolución” cuando se une a expresiones como “regeneración”, “progreso”, “cambio a mejor”, etc. Al contrario, la savia nueva suele atascarse entre los estertores de un descorazonador cansancio como es el que produce el sentimiento de que se va siempre a contracorriente y que se invierte más tiempo y energía en sortear obstáculos que en dar forma a lo que anida en su ánimo e intelecto creativo.

Si es triste por estúpido que se reclame a los jóvenes experiencia laboral cuando no se les posibilita que trabajen y, en consecuencia, que adquieran la demandada experiencia; más triste, por vil, es exigir a los artistas locales que tengan la calidad de los consagrados cuando no se les permite que desarrollen su trabajo, su duro y, por los acomplejados, vilipendiado trabajo, con las mínimas condiciones que cabe ofrecer a un profesional.

Si existe una ley de paridad que busca el equilibrio entre mujeres y hombres a la hora de acceder a determinados desempeños laborales, ¿por qué no se hace lo posible por que haya una, aunque no sea escrita, que favorezca el equilibrio entre los de fuera y los de acá en aquellos programas artístico-culturales de mucho peso por su difusión y consecuente coste? ¿Por qué no se busca la manera de que los artistas locales también tengan una presencia que vaya más allá de la mera presencia residual que se zanja en los expedientes administrativos con un humillante “por cumplir con los paisanos”?

Ah, cuidado, que te veo venir: no es la mía una suerte de sermón de la montaña donde se me ocurra decir eso de bienaventurados los desprotegidos por la casta que gestiona la cultura oficial porque, aunque sean mediocres, de ellos será el reino de la memoria imperecedera… No, no y no. Eso sería, lo digo ya, una injustificable falta de respeto hacia el sentido común: pondérense los buenos, minimícense los malos o menos malos; pero que no se condene con el desprecio a quienes no se les da oportunidad alguna de probar su valía por mor de su origen.

Los templos son del pueblo; luego, facilítese al pueblo su uso más allá del paso por taquillas, impagables en muchas ocasiones para el vulgo (todo hay que decirlo, aunque no deba pasar ahora de este simple apunte). Permítase a los creadores el acceso a las catedrales, pero no desde la concesión de una dádiva que proviene de un ánimo clemente, sino desde la justa competencia, en igualdad de condiciones, con otros homólogos; y que, entre dos, escojamos al mejor, no al “amigo de”, “al contacto”, “al… de”. Me entiendes, ¿no?

Mi queja tiene un fundamento: me indigna comprobar que muchos artistas y creadores culturales de nuestra tierra, con una calidad más que sobresaliente en sus quehaceres, reciben la desconsideración más lacerante por parte de quienes moran en destacadas tribunas del servicio público simplemente por haber nacido, vivir aquí o no formar parte de la oficialidad.

La cuarta razón señalada, pues, es la que se sostiene sobre la necesidad de crear un cauce que, aunque circule en paralelo a la vía adecuada, permita que no se ensombrezcan con el desdén aquellas obras que merecen la pena conservarse y difundirse. Es aquí donde entra este Ciudadano Yago que nos ocupa…


[ir a la segunda parte]

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Categoría: Artes Escénicas, Biblioteca canaria de lecturas, Especiales, Geográfico, Gran Canaria, Humanidades, Literatura, Opinión, Victoriano Santana Sanjurjo

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