Cuentas y cuentos

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Cuentas y cuentos, de replicantes y realidades

Les cuento: hace un par de días volví a ver “Blade Runner, The director’s cut”, o sea la versión que Ridley Scott hubiese querido que fuera la buena, la última y personal; la obra maestra.

Confieso que quería volver a verla una vez más porque ya me había impresionado en 1983 y su recuerdo se había difuminado con el paso del tiempo. La vi en uno de los viejos cines de Las Palmas de Gran Canaria, ahora convertidos en oficinas, pisos y otros objetos de la especulación urbanística. Aquel había sido un fin de semana de escapada desde Fuerteventura donde estaba como maestro destinado en Tesejerague.

Cuando volví de nuevo a la vieja Maxorata me acompañaron una sensación amarga y  tres cintas de la  hipnótica música de Vangelis que pude encontrar en una vieja tienda de discos de la calle de La Peregrina: Albedo 0.39, L’Apocalipse des animaux y Odes con Irene Papas.

Recuerdo la experiencia mística, inigualable, de recorrer las carreteras desiertas de la madre de todos los vientos rumbo al poniente entre Pájara y La Pared, con la Península de Jandía en lontananza, sonando la música futurística de Vangelis cantando a las hazañas guerreras de los héroes aqueménidas, las pasiones por amor y a la vida entre el Mar Egeo y la costa de Barlovento de Jandía.

Las cintas se quemaron de tanto hacerlas sonar en el cassette de mi Seat Panda, que volaba entre Alfa Eridani y el cinturón de Orión, entre la pista polvorienta a Cofete y el Malpaís Grande, entre la caldera de Gairía y la montaña de Tirba, siguiendo las huellas de mahos bajo las estrellas, siempre con los acordes del mago griego, Evangelos Odysseas Papathanassiou.

Han pasado más de treinta años y mi barba se ha vuelto gris, los ojos nostálgicos y la memoria de más de medio siglo me hace contar historias con la fruición de un “griot” africano. El diálogo entre el replicante Roy Batty, agonizante, y el policía Rick Dekkard, a quien le perdona la vida, resuena con toda su poesía en este futuro de aquel tiempo remoto:

-“Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais:
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir.”

-“No sé por qué me salvó la vida.
Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca. No sólo su vida, la vida de todos, mi vida.
Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que buscamos todos: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿cuánto tiempo me queda?
Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí y verle morir.”

Me miro al espejo y veo los años, la música y la poesía que he vivido. Escucho de nuevo las odas en la voz de Irene Papas y me siento joven, aunque ya no juegue al baloncesto ni persiga cetáceos en la Baja de Amanay, junto a mi amor mirando al poniente de la playa de Las Canteras.

En algunos aspectos el presente actual supera a las premoniciones de 1982 y a las del original de 1968 (Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Aunque no viajamos al Mundo Exterior para huir del paisaje apocalíptico del Los Angeles de la película, disponemos de una enredada madeja virtual que nos comunica (y nos aísla al mismo tiempo), de artilugios de todo tipo que nos permiten hacer vídeollamadas al otro lado de planeta y estar al tanto de la última novedad mediática.

Eso ha permitido que las empresas y los “entes” que suministran y controlan los servicios nos tengan controlados hasta extremos impensables por Orwell y otros profetas del siglo XX.

Sé que cada paso que doy queda registrado en la memoria de computadoras gigantescas y que distintas agencias gubernamentales (o no) a ambos lados del Atlántico pueden trazar mis movimientos, mis opiniones y no sé si, incluso, mis pensamientos o mis sueños.

Conozco a un buen amigo que ha borrado (o eso cree él) su perfil en las redes sociales, ha dado de baja su teléfono móvil y se ha retirado a una vida ermitaña, sin más gadgets que un viejo reloj de pulsera ruso Poljot y una vieja máquina de escribir portátil Royal Arrow de 1945, como la de Hemingway, para evitar ser seguido por hombres de negro que quieran embargarle el alma.

Lo que él quisiera ignorar es que su historial ya ha quedado para siempre grabado y a disposición de oscuras agencias que busquen especialistas en estratos triásicos para la industria petrolífera o a expertos en numismática fenicia para inspirarse en la fabricación de replicantes avaros. Mi amigo, desde su recóndita cueva de la Cumbre, quiere olvidarse de que los coleccionistas de historias personales que escrutan la vida de los ciudadanos, buscando enemigos donde no los hay, localizando compradores de cosas inútiles, repetidores de ideas sin sentido o delatores de cualquier tipo, están archivando los episodios graciosos, ridículos o comprometedores de todos para usarlos a su antojo cuando crean oportuno.

No sé si yo algún día intentaré borrar mis pasos; pero no será porque reniegue o me arrepienta de mis actos, sino porque este modesto escribidor especializado en cuentos de hadas o en cuentas de habas para historias infantiles, que ya no recuerdo bien a que me dedico, se habrá hecho a la mar en un velero rumbo al poniente o se habrá ido de eremita a Altair  (Alfa Aquilae).

Quizás yo sólo sea un replicante infiltrado y alguien ande buscando reacciones coherentes mías en esta realidad actual antes de retirarme definitivamente.

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Categoría: Antonio Cabrera Cruz, Opinión

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