El poeta de la música

| 03/02/2013 | 0 Comentarios

Primer plano de Feliz Francisco Casanova«Eres un buen momento para morirme». Félix Francisco Casanova cerraba con ese verso el último poema que escribió. Un mes después, murió a los 19 años por un escape de gas mientras se duchaba.

Este joven poeta palmero tendría hoy 55 años. Cuesta creerlo. Cuesta imaginarle envejecido, con arrugas alrededor de sus ojos, que quedaron fotografiados con la profundidad de una fosa abisal.

«Fue como una estrella de rock», me comentó un día Daniel María, también escritor. Y la frase me hizo reflexionar. Pocas veces en la historia reciente un chaval atrajo tanto la atención por su labor literaria. Eso, por un lado. Por el otro, la música: su verdadera pasión. Hizo del rock, del blues, de la música clásica, algo suyo. Intentó y consiguió llevar a cabo un proyecto musical, junto a su amigo Ángel Mollá, pero a su estilo. Para empezar, ese proyecto, tenía nombre checo: Hovno. Y esa palabra en checo significa mierda. Además, crearon el Manifiesto Hovno, un juego literario dispuesto a romper todas las normas. Félix Francisco tenía entonces 15 años.

En varias ocasiones declaró lo que de verdad quería ser. En 1974, Casanova, con una naturalidad sorprendente, dijo en una entrevista: «Yo sueño con la  música. En realidad, yo quisiera ser músico, pero como no sé cantar ni nada, por eso me dedico a esto». Tenía claro lo que podía y lo que no podía hacer. Eso sí, lo que podía hacer, lo realizaba de forma inalcanzable para casi todo el mundo.  De todas formas, siempre se mantuvo cerca de la música. Entre sus gustos, grupazos de aquella brillante época, como los Rolling Stones o Los Beatles. O Jim Morrison, cuya poesía influyó en él. Eso, además de que es imposible no relacionarles físicamente. O con Nick Drake, al que ha sido comparado también.

En su vertiente más literaria, hay que imaginarse una curiosa escena: un niño apenas entrado en la pubertad, leyendo con interés a Tagore, Breton o Joyce. Ni en una película de fantasía cabría algo como eso. Pero es que así era Félix Francisco, y sólo así se entiende su genialidad. Su padre, el también poeta Félix Casanova Ayala, dijo sobre él: «desde temprana edad –ya a los siete u ocho años– solía sorprenderme con frases insólitas que yo me preguntaba dónde podría haber leído». Puede que lo hubiera hecho de los libros del propio Casanova Ayala. Y es que la poesía del joven Félix Francisco se emparenta con la de su padre, cómo no.

Ambos escriben versos juguetones, frescos, desarraigados de la tradición literaria española. De hecho, Félix Casanova Ayala perteneció al movimiento postista, que pretendía agrupar la tradición surrealista y vanguardista para formar una nueva poesía. De nuevo, otra escena: los dos Casanovas grabando unas cintas musicales con diversas composiciones. Él, hombre maduro, divirtiéndose con su hijo creando, compartiendo. Ésta es otra de las claves del progreso de Félix Francisco. Sin el carácter creativo de su padre, muy dudosamente hubiera llegado hasta la cima.

Las montañas se suben trepando poco a poco, ¿no? Ésa es la manera tradicional. La manera Casanova fue otra. En el 73 ganó el más prestigioso premio de poesía otorgado en Canarias, el Julio Tovar, por su poemario El invernadero. Con 17 añitos. De un día para otro a la cima, ése fue el estilo de Félix Francisco.

Y al año siguiente se llevó el Benito Pérez Armas de novela por El don de Vorace. Fernando Aramburu, la describió como «diabólica». ¿Su argumento? Un hombre que no puede morir por más que intente suicidarse, lo que le lleva a creerse un dios. Brutal punto de partida. Brutal y cinematográfica es la forma en que escribió el libro. Otra escena más para la imaginación: Félix Francisco dicta las frases de la novela a su padre, que le ayuda a pasarla a máquina, contra reloj, para presentarla al concurso Pérez Armas. Mientras dicta, va corrigiendo y añadiendo elementos a su novela con la fluidez de un poseso. De fondo, casi se pueden oír los truenos y la lluvia cayendo a cántaros. Aunque esto último tal vez es ir demasiado lejos.

En ese mismo 1974, escribió un diario íntimo titulado Yo hubiera o hubiese amado. Contiene frases de adulto. Otras de adolescente. Otras de una riqueza inabarcable, que deja entrever el rico mundo interior de su autor. En él, Félix Francisco menciona sus pasiones, la música, la música, y la música. Luego a sus amigos y literatura. De pasada, menciona a las chicas. Estaba claro lo que tenía prioridad. En este diario, incluso, deja caer que el verdadero valor de los premios literarios que recibía era el económico. El reconocimiento le daba igual, al menos según cuenta. Lo importante era el dinero que recibía, destinado a comprar más música.

En Yo hubiera o hubiese amado, no ignora la envidia que algunos autores le tenían. No es para menos, acaparó los premios importantes durante tres años. Así, un año después, en 1975, Casanova ganó el Matías Real de poesía, otorgado por el diario La Tarde. Debía de ser frustrante ser un poeta con aspiraciones en aquella época en Tenerife, con un adolescente eclipsándolo todo.

Su evolución poética fue la habitual. Su estilo, con catorce años, era barroco, repleto de adjetivos. A esa edad, ya superaba en potencia y ocurrencias a muchos poetas consagrados. Luego desnudó su estilo: «Pequeños hombres dan / vueltas a sus cabezas, / las miran fijamente / y se echan a llorar». Hizo del verbo el centro del poema.

El centro de la vida de Félix Francisco, más allá de la música, puede adivinarse. Su familia, su padre y su hermano menor. También la música: «La música / es lo único que me importa». Y sus amigos. Según contó su padre tiempo después de su muerte, era infrecuente encontrarse a Félix Francisco en soledad. Siempre estaba rodeado de amigos, con quien compartía sus poemas, a quien se los recitaba. Ruido siempre a su alrededor. Aquellos jóvenes aspiraban, tal vez, a crear un movimiento tinerfeño de creación. Última escena que evoco: Félix Francisco comandando una nueva Gaceta de Arte. Es una visión irresistible.

Lo imperdonable de todo esto es que Félix Francisco Casanova pasara años ignorado en Canarias. Tuvieron que redescubrirle el ya mencionado Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki. Luego vinieron las reediciones de su novela, su diario y sus poemas. Es irónico, cuanto menos, que una de sus obras se llame La memoria olvidada. Tal vez Félix Francisco ya intuía ese olvido. Pero dejó algunas huellas inmortales, como la del protagonista de El don de Vorace, como la de su poesía, o como la de esas fotografías que le reflejaban como una estrella de rock.

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Categoría: La Palma, Literatura, Luis Machín, Música, Noticias, Opinión

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