Los placeres textuales de Ángel Hernández Suárez – 2/3

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Ángel Hernández Suárez: Placeres textuales  (Mercurio Editorial, 2013)

Prólogo y epílogo: Salvador Rodríguez Álamo.

Ilustraciones de Elena Alfaro Cambres.

Edición y preliminar de Victoriano Santana Sanjurjo.

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Parte 1. Visiones

· Caribeñizados

· Cuando Juani encontró a Fani

· Carta al rey de un elefante de Valleseco

· Incómodo

· Reencuentros

· La Navidad del yonqui (versión Gáldar)

· Compás de espera

· The o-day

· Megadosis de desesperanza al abrigo de un café

· Cuando éramos hombres

· Una princesa en el barranco

Parte 2. Ficciones

· La nevera

· La matraquillosis

· El largo regreso

· Bajo las aguas del farallón

· Indocencia

· La patrulla

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[ir a la primera parte del preliminar]

Este libro nació a partir de algunos textos sueltos que en su momento me remitió Rafael Sánchez Araña. Recuerdo que el primero que leí fue La nevera, un texto que hubiese alumbrado el propio Tarantino o interpretado un Eastwood en el papel de Harry el Sucio; el caso es que el «Sayonara, baby» con el que termina el relato nos produce la misma catarsis que cualquiera de las escenas cinematográficas referenciadas. La virtud de este texto con respecto a la edición que nos ocupa es que con él empezó lo que cabría identificar, en terminología callejera (que no de la calle) como el “principio del mosqueo”: «Vaya —debí decirme—. Buen relato: bien estructurado, excelente prosa, ajustada tensión, personajes bien trazados… Hum… ¿Y este autor…?», y ahí dejé la pregunta hasta que me llegó el siguiente relato, que no fue otro que el felicísimo The o-day, el cual terminó por convencerme de que no podía quedarme impasible ante el talento narrativo de nuestro autor, pues no recordaba haber leído que una situación tan cotidiana como ir al urólogo se pudiese convertir en una pieza que firmaría sin dudarlo ni un instante cualquier monologuista de pro de “El club de la comedia”:

[…] Después de abrirte en canal, se te despoja de tu ropa y se te invita a ponerte sobre una camilla en posición fetal. Hablar aquí de vulnerabilidad sería quedarse corto: vulnerable es una tortuga en la carretera, vulnerable es un pez fuera del agua, vulnerable es Falete sin chocolate; allí, sobre esa camilla y con las rodillas tocándote la barbilla, tú estás literalmente vendido. El frío de la vaselina avisa; y el esfínter, por acto reflejo, se cierra cual ostra al tacto. El profesional no se amilana y busca su momento: extiende la vaselina, mira la pantalla del ecógrafo, te comenta b-analidades… hasta que encuentra una falla, un mínimo de laxitud que permita la intrusión. Y entonces boqueas, y te falta momentáneamente el aire, y sabes que te ha cogido el fallo […].

Más adelante, fue el propio autor quien compartió conmigo, sin tenerlas todavía todas consigo sobre la enorme calidad literaria que no dejaba un servidor de encarecer, otros escritos que, a su entender, podían llegar a hacerme desistir de la empresa que yo estaba dispuesto a llevar a cabo con esta edición. Mas nunca nadie pudo estar convencido de un error tan grande, pues al fuego que ya ardía en mi ánimo por sus escritos, no se le ocurrió otra cosa que añadir el combustible en forma de joyas como: Carta al rey de un elefante de Valleseco, una deliciosa e hilarante fábula narrada por un elefante llamado Casimiro que escribe una carta al rey a propósito de la muerte de su primo Manolín en Bostwana:

[…] Como he visto que además te dedicas a coleccionar otros animalitos, y como me niego a aceptar que seas un cazador tan chaflameja, quería hacerte una oferta que puede que se te apetezca: me he dado cuenta que entre todos los bichos que mataste te falta uno, el burro. Así, a toque pito, igual no parece gran cosa, pero aquí en la finca tenemos un burro cubano que se llama Emilio y que sería un verdadero trofeo. De hecho, lo llamamos Emilio el Sotroso porque tiene una bondiola de metro y medio, negra, venosa y brillante. Estamos hablando de una cosa de envergadura, un cacho cable pelao que cada vez que se le empalma al animalito le da fatiga por la falta de riego en la cabeza. Hasta a mí me da respeto, y mira que yo no la tengo chica. Encima, el pobre Emilio anda siempre más salido que una tacha, y a poco que lo soltemos se espicha hasta las gallinas. Las cosas de su sangre caribeña […];

Repito, desternillante relato que todavía me hace llorar de la risa. O este otro: Cuando Juani encontró a Fani, un prodigio narrativo que logra, con una pandilla de chulos de barrio, lo que Sánchez Ferlosio consiguió con El Jarama. Todavía resuena en mi ánimo el antológico final del relato: «[…] A ver, tú, pundonó, por eso me metieron pa’dentro, por pegarle una jalá a la sunormal esta». Por no hablar de una situación tan embarazosa como la que describe en Incómodo y que todos, absolutamente todos, hemos llegado a padecer. Repito, todos…

Consciente Hernández Suárez de que su «pero, ¿estás seguro de que esto merece ser publicado?» no lograba hacerme desistir de mi propósito de editar sus relatos (estoy “literaturizando” el entrañable proceso de gestación de estos Placeres…), decidió contraatacar con otros escritos más crudos, más inclementes, más intensos en la amargura subyacente (a pesar del citado tono amable de su escritura). Hablo de relatos que, como cuchillos afilados, se clavan sin obstáculos en el lugar del corazón donde reside la anestesia y el olvido, y logran que de los cortes supure la conciencia de que la manzana ha sido mordida, que no existe el Edén a pesar de que vivamos en una sociedad empeñada en hacer de la felicidad de cartón piedra los fundamentos de su razón de ser. Con sorpresa, con gratísima sorpresa, me encontré con estos escritos a un autor que se situaba sin complejos a la altura del grandísimo Pérez Reverte de Patente de corso, Con ánimo de ofender, No me cogeréis vivo o Cuando éramos honrados mercenarios.

En unos, la droga tomaba como protagonistas a dos pobres diablos (La Navidad del yonqui y Una princesa en el barranco) que lograron, gracias a la extraordinaria habilidad de nuestro autor a la hora de reproducir situaciones incómodas…

[…] Como esperaba, no tarda en darme un último alto: —Oye, ¿no tendrás 50 céntimos para dejarte, verdad? Casi me alegro de que me pida dinero y terminar con esto, no puedo soportar seguir viendo la agonía abstinente contenida bajo la carne decrépita y seca de su cara. Saco cinco euros de mi cartera […]

o escenas brutales

[…] Guaci la Yegua no sentía dolor alguno mientras el yonqui seco y frío la empalaba salvajemente por detrás. Es una de las pocas cosas buenas de la heroína: nunca pierde su poder analgésico. Como un saco de huesos, su cuerpo menudo y mustio, casi ectoplásmico, se sacudía al ritmo de las brutales embestidas del drogata, en una colosal sinfonía carnal con tempo de crack. Lástima que el jaco no suprimiese también el gusto o el olfato, pues sabía que en breve tendría que paladear el sabor dulzón de su propia mierda mientras aquel animal le desparramaba su simiente podrida garganta abajo […]

que los ánimos felices de los escritos anteriores sucumbiesen en la dureza de los detalles narrados.

En otros ejemplos, se mostraba la certera expresión de quien se siente testigo (el narrador y yo con él, lo declaro) del deambular a su alrededor de lo que podría percibirse como las marcas de un probable futuro perdido (Megadosis de desesperanza al abrigo de un café):

[…] Tienen derechos, como tú y como yo; pero las obligaciones no venían incluidas en el traspaso. Intentamos educarlos, pero tienen derecho a ignorarnos, en el mejor de los casos. El ladrillo entró un día por la ventana del aula y todavía sigue rebotando. ¿Peones y albañiles en la ESO? No, no estás delirando… La formación ya no se lleva, proscrito el universitario. Curro en el sur, y sueldazo. La cultura para esos babiecas, que yo me quedo con el bemeta. Y así se ganan la vida, entre pelotazo y pelotazo. Eso sí, poca nómina y mucha precariedad; el dinero, oscurito como el cubata; todo menos perder la ayuda del Ayuntamiento, o el pisito que da el Cabildo, o la subvención gubernamental que me merezco, porque yo lo valgo. Todo es poco para esta clase obrera con depresión crónica y mueca infinita de hartazgo […];

de un pasado irrecuperable (Caribeñizados):

[…] Y lo que más me seca: la falta de modales, el embrutecimiento… Que toda una dependienta de El Corte Inglés te llame «mi amor» o «cariño» a las primeras de cambio no es algo bonito, ni tierno, ni cercano. Es un confianzudeo impropio de una operación comercial ya no seria, sino digna. Pocos son ya los que se acuerdan de dar las buenas horas, o los que se molestan en usar las mínimas formas de cortesía ante cualquier trámite público. ¿Canarios afables, acogedores, amables? Cada vez menos. Me lo decía el otro día un buen amigo taxista: aquí, la gente «se alimenta de nervios». No quiero sonar clasista, ni racista, ni culturalista —de verdad que no doy ninguno de esos perfiles—; solo reconozco mi indignación ante la pérdida de unos referentes culturales que nos han traído, con todas sus miserias, el poco de desarrollo (no solo económico, sino también sociocultural) que hemos acumulado hasta el momento. Pienso en el viejito trajeado y altivo que pasea por Vegueta con aire inglés, en la socarronería portuguesa de los cumbreros, en el espíritu comercial holandés de los ya escasos tenderos, en la escandinava tolerancia que nos trajo el turismo. Y me pregunto si alguien más ahí fuera, en la eterna primavera, comparte mi nostalgia por los canarios que éramos […];

o de un presente incómodo (Compás de espera):

[…] La mano del padre encuentra el viejo y remendado compás sin mirar a los ojos del profesor, que perdona la descortesía. Desenfocado, entre la V que forma el compás abierto, el padre sonríe […],

cuando no patético (Reencuentros):

[…] Vaya por delante que servidor no se considera un hombre miseriento ni “jediondo” a la hora de surtir una mesa, y más cuando se trata de agasajar a los demás. Sin embargo, hubo en toda aquella compra cierto halo extraño que desvirtuaba el objeto primero de la misma, como si para mi amigo importase más que se supiera que podía comprar algo que el hecho de comprarlo propiamente dicho. Lo cierto es que después de una hora de puro desparrame consumista, y de una factura obscena pagada con una de esas tarjetas áureas que nunca tendré, nos encontramos cargando todo el matalotaje en el Land Cruiser más grande que he visto en mi vida […],

absurdo (Cuando éramos hombres):

[…] Lo que sí que resulta innegable es el hastío que estos superhombres —mis perdones a Nietzsche— empiezan a generar en un número creciente de mujeres, una de las cuales me dejó hace poco este impagable relato de una jornada de playa en la dudosa compañía: —A la playa una se lleva la cesta de paja, dentro de la cual introduce la toalla, el protector, el peine, la mascarilla para el pelo (solo si te acuerdas); la Coca-Cola Light, si tienes en casa y, si no, la que pilles; y, cómo no, el tradicional sándwich de atún, millo y mayonesa. Pero él, ese hombre, se lleva una mochila de un tamaño considerable que contiene: toalla, protector, aceite acelerador de bronceado, aceite de coco con brillo añadido, cera para el pelo, pinzas de cejas (muy fuerte), protector labial y la comida. Y la comida: tupper de kilo y medio de pechuga y 800 gramos de arroz, ni uno más; son 800, los pesó la noche antes, no hay margen para el error, deben ser 800. Se completa el menú con un paquete de tortitas de arroz, no le vaya a dar un antojo, y una Coca-Cola Zero. Y ya se le está yendo de las manos, que eso tiene gas y, por lo tanto, ¡infla! […]

o abiertamente irritable (Indocencia):

[…] Inconscientemente, pasó a modo-policía, ese comportamiento que todo profesor con tablas sabe que debe asumir antes de poder dar en condiciones una clase de ESO. Ordenó, recolocó, apremió y cuasi pastoreó a la masa caótica de alumnos, una ratio pornográfica de treinta y tres adolescentes de entre 14 y 16 años que ya saturaba el ambiente en la clase. Estrógenos y testosterona en cantidades no asimilables derramándose por los pupitres, irreverencia, acné pustuloso y alientos a snack barato con sabor a queso, con esos retales se cosía el patchwork lisérgico de cuarto B a primera hora de un martes. […] Apenas da la espalda a la clase, se oye caer una silla, a lo que siguen unas risas demasiado estridentes, abiertamente irritantes. Se da la vuelta y dirige su mirada al tío que está de pie, al fondo, descojonándose en medio de un follón de libros y material vario desperdigado por el suelo. Es el de siempre; el “ínclito Echedey”, en palabras de Pepe, el de filosofía; “el puto Echedey de los cojones”, en la jerga personal de Jonathan: un galletón que pasa de largo el metro ochenta, de complexión atlética, morenote y con facciones toscas, el clásico guayre del noroeste. Lleva puestos cerca de cuatrocientos euros en ropa y zapatillas de marca —o de firma, como dicen ahora— y en la mochila esconde un móvil que cuesta más que el viejo Golf que conduce Jonathan. Un niñato de libro, único bastardo de una pareja —de profesores, manda huevos— que se echó la siesta hasta los catorce años del churumbel y ahora culpa al mundo por la montaña de partes de incidencias que cada día salen del centro con su nombre por cabecera. Un machango malcarado que conoce el sistema y lo explota en su beneficio, tensando lo justo la cuerda para no sobrepasar la delgada línea roja que separa la reprimenda verbal de la expulsión u otras consecuencias administrativas de peso. Un cabrón, en definitiva, que disfruta reventando clases bajo el paraguas del “garantismo educativo” y la protección gremial de sus padres […].

[ ir a la tercera parte del preliminar]

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